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                                Francesca Gargallo Celentani
(1956-2022)*
Estela Fernández Nadal
La amistad es un sentimiento forjado a fuego lento, alimentado de admiración y cari-
ño, que une a quienes han compartido la reflexión y el compromiso.
Francesca fue una mujer de una capacidad intelec-
tual y afectiva enorme. Totalmente interesada en
entender a les otres−les garífunas, la cultura y el
conflicto saharauis y la lucha del pueblo kurdo, etcétera− y
particularmente a las otras mujeres, y en trabajar incan-
sablemente “entre mujeres” para construir un mundo
donde ellas, todas las mujeres, pero especialmente las más
oprimidas, puedan llevar una vida buena para sí mismas
y para sus hijes.
Esa energía puesta al servicio del conocimiento y la
transformación del mundo la percibí desde la primera vez
que la vi, hace unos 20 años en México, en la presentación
de un libro al que me invitó un amigo en común. No me
acuerdo qué libro se presentaba, pero sí me acuerdo de
la impresión impactante que me produjo ella. Pregunté
quién era, me acerqué a saludarla y pensé “yo quiero ser su
amiga”. Otros encuentros hicieron posible que mi deseo se
cumpliera. Pues, dado que era una viajera incansable (nunca
como turista), nos encontramos pronto en distintos lugares.
Luego nos buscamos, organizamos reuniones, in-
ventamos ocasiones para encontrarnos. Así nació y creció
una amistad que, en lo personal, ha sido para mí comple-
tamente decisiva.
Esa energía estaba intacta a fines del 2021 y prin-
cipios de este año, cuando pude visitarla y compartir con
PA L A B R I J E S 3 0 • J U L I O - D I C I E M B R E 2 0 2 3ella hermosos días. Francesca sentía fuertes dolores, sin
embargo, su energía era tanta que lográbamos aplacarlos.
Leímos poesía, vimos películas, paseamos (el día de mi lle-
gada me dijo: “Tú sabes que lo que a mí me gusta es estar en
la calle”). Estaba en silla de ruedas, pero en la calle prefería
caminar tomada del espaldar de la silla, y recorríamos así
largos tramos por Santa María la Ribera. Hasta Tlatelolco
incluso llegamos. Siempre yo volvía más cansada que ella.
Todos en la casona−su bella y centenaria morada
verde−, sabíamos que estaba muy enferma, y, sin embargo,
la fuerza casi intacta de Francesca me hizo creer que podía
superar la enfermedad; “no va a morir” pensé.
Me despedí de ella a mediados de enero con un “hasta
pronto, volveré en unos meses”. Creía firmemente en ese
propósito. Por supuesto, tenía miedo, pero la imagen de
mi amiga llena de proyectos y de ganas de vivir, sostenía
mi esperanza.
Francesca murió el 3 de marzo. Poco después de
mi partida entró en la etapa final de la enfermedad y ya
no pude comunicarme con ella. Sólo me quedó esperar
que sonara el teléfono, y recibiera la llamada de Helena,
anunciándome que su mamá se había ido para siempre.
Ya no estaba más.
Después de su muerte he tratado de entender por
qué yo pensaba que “no iba a morir”, qué significaba esa
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