Estamos aquí reunidos para conmemorar al David profesor, maestro, guía. En mi recuerdo, ese David es indisociable del David amigo. Esto es así porque desde el principio nuestra relación se estableció como una amalgama de amistad y libros. En los segundos se enseña y se aprende, con la primera se arropa lo aprendido, se le da sentido porque se comparte. Nos conocimos gracias un amigo en común: Leopoldo Lau- rido, que asistía al seminario de poesía en la UACM y también era alumno, como yo, de Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. A ellos los había vinculado la devoción por la poesía y las manifestaciones del lenguaje, el gusto (si no es que obsesión engolosinada) por los libros y una peculiar afinidad anímica. A Leopoldo y a mí, la casualidad de sentarnos juntos en un camión que nos conducía por los sitios arqueológicos de Chiapas en un viaje planeado por nuestros profesores de literatura prehispánica. En ese trayecto pronunciamos el nombre de David Huerta sin saber que con esa acción estábamos conjurando una compañía que formaríamos plena, frondosa de presencias. Leo me contó que iba al seminario de David Huerta y a mí ese nombre me “sonó” porque hacía poco otro amigo me había contado con mucha emoción que había visto al poeta caminando por la misma calle en la que vivía yo, así que lo único que pude responder a Leo en ese momento fue “creo que es mi vecino”. Confieso aquí que cuando aquel amigo me contó su descubrimiento, no pude compartir su emoción porque ésa era la primera vez que escuchaba el nombre de David. Yo tenía 18 años, estaba terminando el primer año de la carrera y desconocía casi todo de lo que había elegido estudiar Unos meses después de ese viaje, Leopoldo, que continuaba asistiendo al seminario en la UACM, me invitó a una presentación de ya no recuerdo qué en la que participaría David. El propósito era que nos conociéramos. Leo ya le había hablado a David de mí y de sus otros amigos ñoños de la facultad y en David ya se había fraguado un plan para nosotros. Recuerdo con viveza ver a lo lejos, en un pasillo abarrotado de gente en el Palacio de Minería, una figura lentuda que nos sonreía agitando el brazo en señal de saludo. Cuando nos acercamos, me abrazó efusivamente al tiempo que me reconocía: “¡la vecinita de Dakota!”. Ahí, en ese momento y con ese trato familiar caí gozosamente presa del encantamiento huertiano. Lo que David traía entonces entre manos era el proyecto de realizar una antología de poesía novohispana, que se insertaría en el catálogo de la editorial ERA entre una antología de poesía náhuatl que estaba por publicarse y la Antología del modernismo mexicano, de José Emilio Pacheco, en cuya reedición David ya había puesto a trabajar a Leopoldo. Nosotros, los amigos de Leopoldo, recién empezábamos a cursar las materias de literatura novohispana y aunque a duras penas reconocíamos los tipos de metáforas y comenzábamos a explorar las relaciones metrópoli-virreinato, David juzgó que éramos el equipo ideal para emprender esa antología. Y nosotros, encantados ya y dispuestos recibir el invaluable regalo de su com- pañía, nos esforzamos por responder. PA L A B R I J E S 3 0 • J U L I O - D I C I E M B R E 2 0 2 3Rastreando en la correspondencia electrónica, encontré que el 12 de junio de 2008 recibí el primer correo de David: era una respuesta a la minuta que le había enviado al equipo con la relatoría de nuestra primera reunión novohispana. Esa reunión se había celebrado el día anterior en la Casa del Poeta. Al leer hoy la minuta me inunda una sensación mezcla de admiración, ternura y agradecimiento por la tarea que se había impuesto David, la de coordinar a un grupo de jóvenes entusiastas, y por la manera en que la pensaba llevar a cabo, revistiéndola con su impronta de erudición jocosa. Esas reuniones se sucederían con frecuencia irregular y en locaciones distintas un año y medio más. En ellas aprendí todo lo que no encontraba en las aulas universitarias, ellas constituyeron la pieza que me faltaba para sentir y disfrutar plenamente el estudio. Para septiembre de 2009, el grupo de novofantásticos dirigido por el Lirio Agonizante, el Teórico Literario de Dakota o simplemente David Huerta, como le gustaba firmar, había avanzado considerablemente en la investigación, aunque apenas habíamos conseguido acceso al AGN y faltaba mucho por hacer. El director de la editorial se impacientaba y David también un poco, pero era cierto que otros proyectos y viajes ocupaban su atención, mientras que la nuestra empezaba a apartarse de la antología para poder cumplir con las exigencias de la carrera. En septiembre de 2009, David era un inminente sexa- genario que se regocijaba con la idea de que pronto adquiriría su credencial del INSEN para el transporte público. Lo que no sabía era que sus sesenta años le granjearían también el acceso a las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, aulas que tanto añoraba y a las que revestía de una solemnidad que, obtusa de mí, yo no alcanzaba a comprender entonces. Desde mi lugar de alumna, veía el arribo de David como un acontecimiento afortunado, incluso como una especie de reparación del daño (un daño que suponía provocado por todos los ciclos escolares que habían prescindido de David). En enero de 2010 David empezó a dictar una materia optativa dedicada, no podía ser de otra manera, a la poesía hispánica, dentro de la que contemplaba las traducciones al español de poemas de otras culturas. Sin descuidar sus clases en la UACM, David se entregó en cuerpo y alma a sus clases en la facultad. Con los casi dos años de “encuentros de trabajo” que nos precedían y la confianza que se había formado entre nosotros, nos apuntamos a esa clase. Y pusimos en pausa la antología. Una nueva etapa se abría para todos, se multiplicaron los descubrimientos poético-amistosos y la sensación de estar despiertos y entusiasmados no sólo no nos abandonaba, sino que abonaba la tierra de la amistad. Ésta era ya lo suficiente- mente real y fuerte como para soportar la suspensión de la antología y el delineamiento de nuestros intereses personales. 3