Tomé algo para quitarme esta tristeza, esta angus- tia, —dice Vjollça con un tono de voz diferente, seguimos en el autobús, yo con mis dos hijos y mi hermana con sus cuatro hijos, fuimos hasta Prizren. Ahí tomamos otro autobús que llevaba gente a la frontera con Albania. El plan de los serbios era que la gente abandonara Kosovo para quedarse con el territorio; si llegabas a la frontera con vida te po- días salir, ellos te rompían toda la documentación para no tener cómo testificar que fuiste ciudadano de Kosovo. Los autobuses no llegaban hasta la frontera, no tenían el coraje. Bajamos del autobús y caminamos un kilómetro; cuando llegamos nos rompieron todos los documentos, nos quitaron dinero. En la frontera del lado de Albania algún internacional podría recogernos, ellos nos daban de comer, nosotros nos refugiamos en una casa abandonada con otros ciudadanos kosovares, esa noche llovió tanto que creo que todo el cielo se cayó sobre nosotros, la casa se inundó, no dormimos, no hablábamos, todo era desolador. A la mañana siguiente tomamos un autobús de soldados, mi intención era llegar a Tirana, capital de Albania donde teníamos un amigo, Martín, él era la única conexión que podríamos tener con Xhevdet. Antes de salir le dije que si llegaba con vida me buscara con Martín, si estoy viva él te va a dar información, y si nos matan, te enterarás por algún otro medio. Había estaciones de radio donde la gente avisaba a sus familiares sobre cualquier cosa, yo decía: Vjollça, estoy en Tirana con los niños, si alguien me busca, aquí me encontrará. Sólo así la gente podía saber algo de sus familiares desaparecidos durante la guerra, todo el día se escuchaban esos mensajes. Nosotros no sabíamos de Xhevdet, él no sabía de nosotros. Cuando venía gente de Kosovo o de Ra- hovec, yo les preguntaba por él, nadie sabía nada, no había comunicación entre ellos, todos estaban encerrados, los teléfonos estaban interrumpidos, no había luz. Yo siempre tuve la esperanza de que él estuviera con vida. Un día los soldados serbios llevaron a Xhevdet a una habitación parecida a una cárcel. Me contó que eran como 100 personas encerradas ahí, él y toda su familia pensaron que lo iban a matar, se quedó 24 horas, al día siguiente llegó una orden y lo soltaron. Xhevdet regresó con su mamá a la casa de su tío. En nuestra casa teníamos un perro que se llamaba Rex, Xhevdet o su mamá iban cada 2 días a darle de comer porque sólo se alimentaba de manzanas y peras de nuestro jardín. Un día Xhevdet y su primo fueron a nuestra casa 50a darle de comer a Rex, se iban por los viñedos a escondidas. A la casa llegaron dos serbios con una lista y le preguntaron ¿Tú eres Xhevdet Bajraj? Sí. Tenemos orden de matarte. A Xhevdet se le cortó la respiración. Rex les ladró a los serbios, los atacó y uno de ellos le disparó, todos se paralizaron, la bala no la mató, uno de los serbios dijo, Deja que sufra, mira lo que te va a pasar. El otro serbio ve algo en los ojos del poeta, algo que le toca el corazón de manera suave como hace mucho no se lo habían tocado y le dice: Tienes que dejar la ciudad, si en 24 horas te encontramos, estás muerto. Xhevdet ve morir a Rex. Xhevdet deja las puertas de su casa abiertas y sale con su primo. Xhevdet va por su madre a su casa. Xhevdet y su familia salen de Rahovec, caminan todo el día entre tanques, entre balas, se refugian en Xërxë, la gente les da de comer, la solidaridad de la gente albanesa era muy fuerte durante la guerra. Al día siguiente continuaron su huida a Prizren, 40 kilómetros, nadie los recoge, la gente tiene miedo de pararse, no de ayudar. Xhevdet, al cruzar la frontera, pide un teléfono PA L A B R I J E S 30 • J U L I O - D I C I E M B R E 2023