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                                Encontrar coincidencias entre poetas aparentemente tan lejanos entre sí se logra
cuando, a través del estudio y del conocimiento, se descubren temas e intereses
compartidos.
para Verónica Murguía
Tengo frente a mí el libro Aguas aéreas del poeta
Néstor Perlongher (1949-1992). Pienso en las po-
sibilidades metafóricas del título: acaso las aguas
aéreas son aquellas que no pudieron mantenerse en la piel
y se evaporan desde la espalda hasta una distancia invisi-
ble. Ésas son sutiles aguas aéreas. Quizás su contradicción
resulta su mayor fuente de atractivo, agua que se mantiene
en el aire, una neblina pacífica que hace cíngulo de un
cerro, una nube tímida y bajo cero centígrada en el cielo
que la permite, una razia de gotas que asalta el aire. O
no, simplemente un líquido que lleva los símbolos sobre
los edificios, un Garcilaso que fluye, un Narciso que mira
hacia el cielo.
David Huerta decía que Néstor era como un duende
vivaracho, con una encomiable elocuencia. En la dedicatoria
del ejemplar de Aguas aéreas Perlongher escribe: “Para Da-
vid Huerta, con admiración y simpatía, estas olas rizadas.
Néstor. Abril 92.” Admiración y simpatía. Olas rizadas.
Abril de 1992. A David seguramente le interesó ese rasgo
metafórico de las aguas que habían nacido de n viaje de
ayahuasca, de una alucinación visionaria que podría llamar
con sus ondas telúricas hasta los talones de las más viejas
metáforas donde el agua ha humedecido las sílabas.
Las olas rizadas. La admiración y la simpatía. David
Huerta no ocultaba su admiración por Néstor Perlongher,
por esas luminosas posibilidades del idioma del agua. El
título de ese libro suscitó en David Huerta una respetuosa
y explícita envidia. Más o menos la conversación fue así
entre ellos según me contó el propio David: “Qué envidia,
Néstor, ese título. —¿Lo querés? Te lo regalo, usalo como
quieras”. Y así fue como se inauguró una columna que Huer-
ta nombró “Aguas aéreas” en la Revista de la Universidad, en
2007, quince años después de la muerte de Perlongher. En
su primera colaboración hay un asterisco que nos remite
a una nota: “*El nombre de esta sección es un homenaje
al poeta argentino Néstor Perlongher (1949-1992): Aguas
aéreas es el título de uno de sus extraordinarios libros de
poemas, publicado por Ediciones Último Reino en 1991”.
En esa columna de David Huerta hallamos una
multiplicidad generosa de temas de poesía. En “Aguas
aéreas” también hallamos al agua. David Huerta fue un
poeta que amaba pensar el agua desde la poesía. En esa
PA L A B R I J E S 3 0 • J U L I O - D I C I E M B R E 2 0 2 3primera colaboración escribe: “Las aguas y las riberas del
Helesponto forman el escenario de los amores míticos
protagonizados por Hero y Leandro”. En esa oportunidad
indaga sobre las posibilidades del mito en distintos poetas
y se detiene a detalle en el romance burlesco de Luis de
Góngora dedicado a esos amores. El agua es un testigo
mudo de un amor fallido. De un Leandro que muere como
un huevo tibio, pasado por agua.
Las aguas oscuras, las aguas dormidas, las distintas
manifestaciones metafóricas o imaginativas del agua han
sido motivo para muchos poetas. Pienso al vuelo en Mi-
nerva Margarita Villarreal de quien tenemos su poemario
Las maneras del agua o en Maricarmen Velasco que también
escribió un libro con un motivo semejante: Declaración del
agua. El agua ha tenido líquidas manifestaciones en toda
la república poética que quizás nos llevarían hasta los
hermosos versos de la lírica antigua: “Porque duerme sola
el agua, amanece helada”, o a la resonancia magnética del
agua de las fuentes en los poemas amorosos, en el agua
riachuelo que corre y que le impide al amante contemplar
su reflejo. No sé por qué le produjo tanta fascinación a
Huerta esa metáfora de Perlongher: las aguas aéreas, que
no está en singular sino multiplicada, que es un oxímoron
ingenioso, que en realidad es sencillo, pero sirve como
chispazo para pensar posibilidades. Quizás porque sintió
en ese par de versos una afinidad que se halla también en
la tradición hispánica, en las fibras nerviosas de la poesía
que a uno y a otro, aun sin conocerse a profundidad, los
había electrizado.
Aguas aéreas, el libro de Perlongher es, efectivamente,
extraordinario, y es un libro complicado de leer, como casi
toda su poesía; sin embargo, dentro de sus libros resulta
distinto porque se escribió bajo los efectos de la ayahuasca.
La portada tiene dos peces de colores persiguiéndose en
un signo de piscis, un fragmento de una pintura de Pablo
Amaringo, ayahuasquero de Iquitos. En el libro, a decir
verdad, el agua no pasa como el tema principal, es un pre-
texto escondido en la materia profunda del poemario. Abre
con una cita del Libro de la vida de Santa Teresa de Jesús:
Es como ver un agua muy clara que corre sobre cristal
y reverbera en ello el Sol, a una muy turbia y con gran
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