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                                nublado y corre por encima de la Tierra; no porque se
representa el Sol, ni la luz es como la del sol; parece, en
fin, luz natural y estotra cosa artificial.1
Ni con esta cita ni mucho menos con esto que digo
podría dar cuenta justa de la dimensión sacra del agua, o
de todo el simbolismo asociado con ella. El agua, primera-
mente, tiene un motivo místico en este libro de Perlongher.
En algún otro pasaje del Libro de la vida se puede observar
la relación entre el lodo y el agua en un sentido místico
metafórico: “¡Bendito seáis, Señor mío, que así hacéis
de pecina tan sucia como yo, agua tan clara que sea para
vuestra mesa!”. El agua clara en Santa Teresa es un motivo
central ya que representa el punto de llegada en la medi-
tación religiosa, es una metáfora de sí misma, pero casi
siempre turbia, lodosa, en su búsqueda de destilación por
medio de la piedad. En Perlongher este sentido del agua
tiene una cualidad cenagosa como en otros poemas suyos,
pero también un sentido místico y, si se quiere, visionario.
La tortolica de aquel viejo y conocido romance no bebía el
agua clara en señal de felicidad, sino que la bebía turbia,
en congruencia con su estado de aturdimiento amoroso,
de duelo y pena.
Mientras Santa Teresa de Jesús relata su visión de
Dios como si fuera una visión de luz más rica e intensa que
la del sol, las visiones que nos ofrece Perlongher son más
inusitadas. Una mirada caleidoscópica del mundo interior.
En el poema XII está presente el divocablo: “aguas aéreas”, y
lo acompaña otro verso: “aguas alucinadas, aguas visuales”.
El éxtasis del que habla es, ni más ni menos, el que pro-
duce el rito del consumo de la ayahuasca: una alucinación
visual que de colorida tiene mucho y vuelve al mundo una
pieza de arte kitsch. Definitivamente, Perlongher procuró
trazar un puente entre Santa Teresa y él con la idea de un
agua supraterrena, celeste y liviana. Aguas aéreas es una
exploración del misticismo por un puente construido por
las epifanías de los enervantes.
Aquel encuentro entre Perlongher y David Huerta
tiene más detalles librescos. Perlongher le dio algunos otros
libros: Alambres, Caribe Transplatino y Parque Lezama. Lo
interesante es saber qué libros le dio David Huerta a cam-
bio. El acervo de Néstor Perlongher se halla mezclado con
los libros de la biblioteca de la Universidad de São Paulo.
Entre los volúmenes se hallan los del fondo de Perlongher
que se identifican con la leyenda “Coleção Néstor Perlon-
gher”. Entre esos tomos es grato encontrarse con varios
volúmenes: Cuaderno de noviembre (1976) publicado por
Era y Alacena, Versión publicado por Era en 1978, Incurable
(1987) publicado por Era, Historia (1990) publicado por
Ediciones Toledo y un raro libro, Los objetos están más cerca
56de lo que aparentan, ilustrado por Miguel Castro Leñero y
publicado por la Galería López Quiroga en 1990.
Perlongher solía anotar y subrayar profusamente,
sin embargo, en el caso de los libros de David Huerta no
encontré anotaciones. No puedo asegurar que Perlongher
haya leído detenidamente a David Huerta o viceversa,
menos aún que se hayan influido mutuamente. En una
carta a Roberto Echevarren, cuando estaban preparando un
encuentro o antología de poetas neobarrocos, Perlongher
menciona a David Huerta de un modo casi tangencial,
dice de él: “un poeta mexicano”. Uno de los acuerdos que
toman Echevarren y Perlongher es que el primero trabajará
a David Huerta y a Coral Bracho, mientras Perlongher se
dedicaría a estudiar a los otros poetas. Una justificación
razonable en el caso de Perlongher es que los dos últimos
años de su vida estuvieron marcados por un gran sufri-
miento derivado de las complicaciones del sida. Padecía de
malestares gástricos crónicos y su tiempo estaba saturado
con visitas a hospitales y mudanzas.
Pienso en David Huerta y Néstor Perlongher como
dos poetas que confluyeron en lecturas, en sensibilidades,
en intereses, a pesar de su escasa comunicación, a pesar de
que en ese momento en que se conocieron, abril de 1992,
estábamos a unos cuantos meses de perder físicamente al
poeta argentino que falleció el 26 de noviembre. Y aunque la
lista de divergencias es larga y fructífera, prefiero dirigirme
a las coincidencias que tuvieron su auge en Aguas aéreas.
David Huerta y Perlongher tuvieron una fundamental
coincidencia: fueron profesores. Para quienes no tuvieron la
suerte de coincidir en el aula con David Huerta, la columna
“Aguas aéreas” podría ser una luminosa alternativa. En “Diez
versos de Fray Luis de León”, aparte de jugar y provocar
con hipótesis de interpretación, se ocupa de discernir la
interpretación de unos versos: si “resplandor egeo” alude a
la estrella Cabra o a la constelación Capricornio. En el texto
me llama la atención una sección donde Huerta comparte
que se acercó con anotadores de Fray Luis para consultarlos
sobre el tema. Por un lado me agrada la actitud de Huerta
para oír a quienes se han detenido a estudiar el tema, pero
por el otro, me gusta aún más la actitud de propuesta, de
ofrecimiento de su propia interpretación con el tono de
clase con que escribe sus artículos de “Aguas aéreas”. Esto
me recuerda que Lezama deseaba que su novela Paradiso
no fuera “pasto de profesores”, sino que fuera conocida y
disfrutada por los lectores, a pesar de sus exigencias y más
allá de las academias. Lo que hizo David Huerta con sus
lecturas detenidas de la poesía fue precisamente eso: una
resistencia lezamiana, un conocimiento de la poesía que no
se acartonara e invalidara en las lógicas jerarquizantes de
un tipo de academia vertical y fría, sino que la integrara y
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