Page 62 P30_WEB.pdf Full Version
							
                                El decisivo despertar
Omar Jasso
a Rocío González,
in memoriam
Algo crecía sin fondo: era la tierra, era un urdir de cícadas y mangos,
de fresias y reptiles, o ensortijadamente alar de mariposas,
y allí no tenían causa ni sentido. No tenían en la luz su reverencia,
ni el carozo se abría a decir la muerte: el espejo no visto.
La cauda azul del aire les desenmarañaba los destinos, entrañas del futuro
por cielos recobrado al entregarse a ellos. Mutua murmuración,
porque allí daba sombra una fuente maestra, y palpaba el sonido
con el que el corazón emprendía un fuego. Era la casa humana,
donde el color se arremolina y se hace sombra, recuerdo, penitencia.
Y el futuro empezaba a tener nombre: piedra fugaz, senda del cocotero,
amapola vacía, ajedrez de relámpagos y amor contra uno mismo.
Yo no sabía mirarme, Rocío, sino hundirme la mano en las palabras
y sentía consonantes resbalosas, eles como ajolotes, aletas de vocales
respirando en las lúnulas de manos que me amaban. Yo no sabía,
Rocío, cuándo enroscar la lengua me hacía mi propio Dédalo,
como si el propio corazón me atormentara, y quisiera estar solo,
en la noche sangrienta de timbales, escuchándome dar los mismos pasos
con los que ya la muerte me buscaba.
Canté para mí mismo, es decir, no canté con amor. Y partí el pan con miedo
de no saber si el pan era mis brazos, mi corazón, mi aliento.
Tuve miedo de dar mi propia vida.
Yo quería descubrirme en los misterios
de las palabras en las que, como bestia enjaulada, daba vueltas y vueltas,
y no quería irrumpir en sus ya escritos coros, ni arruinar las pirámides del aire,
ni hacer una cosquilla a las cariátides. No quería resonar,
pero quería una cara para verme.
Me enseñaste, Rocío, que aquí sólo se da. Que se extiende la mano,
que se suelta el durazno de la rama, bermejo, y cae como la ropa cuando así debe ser.
Pero no es un deber que se haya escrito,
sino porque está vivo es que se escribe, y ahí es donde se canta la poesía:
allí, en el lugar de la Vida. Y yo, que estaba vivo, no andaba entre la Vida,
sino en los peces de los pensamientos, en el útero umbral de las vocales,
y la madre Palabra me alimentaba estelarmente
en la verdad amniótica. Me enseñaste, Rocío, a verdaderamente
abrir la boca, a sentir cómo tiemblan
las jarcias que inundaban la garganta del tiempo, cómo saben caer
las lágrimas violáceas del cruel jacarandá.
60PA L A B R I J E S 30 • J U L I O - D I C I E M B R E 2023