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                                Fundido a negro
PS Guilliem
Todo el día los pájaros / Comían de su mano
Sería una pena / Despertar a la joven / Muerta
Xhevdet Bajraj, "La joven y los pájaros"
Dos llaves que quitan dos seguros, uno arriba y uno
abajo, después giro la perilla para abrir la puerta
hacia adentro, hacia la penumbra del departamen-
to. Me agacho para quitarme los tenis, me despojo de ellos
y los pongo a hacer guardia fuera del hogar. Me levanto,
con los ojos recorro las capas de la sala. Primera capa,
percibo el comedor circular con sus tres sillas negrirrojas
custodiándolo en triángulo. Segunda capa, un sillón que
dialoga con mi entrada, me pregunta qué hago ahí, debería
estar quinientos kilómetros al sur, mirando otros sillones.
Tercera capa, detrás de todo, ocupando entero el muro del
fondo, está el librero, de ocho niveles que monté con mi
padre, repleto de doce años de acumulación.
Es de noche. Prendo la luz y la interrogante se
propaga más rápido que la audacia de no temer. Aunque
iluminada, dudo en entrar a casa, se siente la vibración
de la oscuridad que no nace por falta de luz, sino que es
una boa que repta desde el nicho que hoy fue excavado
en el fondo de mi pecho. Mis pasos hechos de calcetines
sobre piso laminado quiebran la tranquilidad, el silencio
es atravesado por el movimiento brusco de mi mochila
chocando con el cristal del comedor. Arrojo las llaves a
un lado, rodeo el sillón y continúo el cortísimo camino
hacia los libros, enciendo la otra luz, aunque no haga falta,
ahora brillan más.
Olvidé cerrar la puerta así que regreso a ella. A un
lado, sobre dos libreros enanos, está una pantalla apagada,
72me encuentro en su reflejo pero alcanzo a huir de mis ojos.
Azoto la puerta haciendo el sonido que imagino hizo tu
féretro al cerrarse.
Me revuelvo un par de horas. No logro dormir, tam-
poco escribir, menos pensar con nitidez.
Entro al baño. Bajo la regadera escucho el ventila-
dor que inhala vapor, unas gotas golpeándome la cabeza,
otras matándose contra las que agonizan en el piso. Es un
silencio extraño, afonía que se acompaña por lo cotidiano
fuera de lugar. Son casi las tres de la mañana y mi cuerpo
se quiere limpiar el olor de los eclipses.
Estoy suspendido frente al librero aún con agua
aglutinada en la piel. Las luces siguen encendidas, asumo
que cualquiera podría verme desnudo a través de la cortina
que hace de niebla, pero no quiero que llegue la negrura.
El ventilador sigue inhalando con trabajo, algún perro
del edificio ladra. Aunque me muevo con lentitud mi piel
erizada choca con el aire y se hace de agujas. Busco, te
busco. Donde los poetas estás, tomo tu libro, el último en
vida. ¡Puta madre, hermano! La sombra ya no se esconde,
me mira de frente y me acusa de blando, de narrador. Le
sonrío, sabemos, la sombra y yo, que sólo los poetas como
tú, Xhevdet, pueden hacer literatura.
PS Guilliem, escritor de línea ofensiva que nunca ha dado un palo al agua, cree que madurar
es para gente de derecha.
PA L A B R I J E S 30 • J U L I O - D I C I E M B R E 2023