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Para sofocar de antemano cualquier revuelta, uno no debe
tomarla de manera violenta; los métodos arcaicos como los
de Hitler son completamente obsoletos […] Basta con crear
un acondicionamiento reduciendo significativamente el
nivel y calidad de la “Educación”.
Günter Anders
n su amplia investigación publicada con el título de Nueva historia universal de la
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destrucción de los libros, Fernando Báez nos ilustra acerca de cómo la memoria, el
saber, la sensibilidad y la inteligencia que contienen los libros ha sido devastada
inconmensurablemente en casi todas las épocas y latitudes del mundo. Al parecer,
el ser humano de todos los tiempos ha escrito diligentemente con una mano y con
la otra ha borrado, incendiado, destruido o acallado lo escrito —con una eficiencia
destructora más que notable—, como si temiera vivir con sensatez o dejar huella
de su conocimiento, arte o reflexiones.
La revisión de Báez comienza en Mesopotamia, donde hasta hoy creemos que
se inventó la escritura. Ya ahí, los recién nacidos libros de arcilla sufrían la amenaza
de ser ahogados y convertidos nuevamente en barro. Su documentada revisión da
cuenta, además, de la quema de papiros en Egipto, la censura y quemas de libros
en la Grecia clásica, perpetradas incluso por el mismo Platón, pues le parecía
que algunos textos no estaban avalados por “la verdad”; por cierto, siguiendo a
Heráclito, consideraba que los poetas debían ser desterrados de la República ideal
porque su poderoso arte, capaz de tocar las fibras más profundas de los seres hu-
manos y transformarlos, no siempre mostraba conductas morales convenientes. Y
aquí aparece un denominador común de la destrucción bibliográfica deliberada: lo
que no nos parece “verdadero” o “bueno” a quienes nos erigimos en jueces, debe ser
destruido, para el “bien” de la humanidad que, desde este razonamiento, puede caer
en un camino “equivocado”:
¿Bastará, pues, que vigilemos a los poetas, precisándoles a que nos presenten en sus
versos un modelo de buenas costumbres, o no deberemos hacer nada de eso? [...] En cuan-
to a los que no pueden obrar de otra manera, ¿no deberemos prohibirles que trabajen
en nuestra república por temor de que los encargados de la guarda de nuestro Estado,
educados en medio de estas imágenes viciosas, como en malos pastos, y alimentándose,
por decirlo así, cada momento con la vista de tales objetos, no contraigan al fin algún
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mal vicio en el alma, sin apercibirse de ello?
Vale la pena detenerse un instante en este punto en el que Platón pone sobre
la mesa sus argumentos formativos y de control explícito en su República ideal
que, propone, debe ser opuesta a la peligrosa democracia que bien puede poner a
una persona no idónea a dirigir el barco social. Es decir, desde su punto de vista,
el Estado debe vigilar el consumo intelectual de su población puesto que ella, la
población, carece de criterio para distinguir el bien y el mal, y con ello corre el
riesgo de imitar a los reprobables dioses del Olimpo —cuyos errores difunden los
poetas—. Por lo tanto, es el Estado conocedor de lo bueno y verdadero quien debe
encargarse de filtrar lo que se puede leer de lo que no. Estrictamente hablando, en
Maya se sorprende siempre de los poderes
y límites de la escritura que la obligan a 1 Fernando Báez. Nueva historia universal de la destrucción de los libros. De las tablillas sumerias a la
crecer y metamorfosearse en cada texto era digital. México, Océano, 2013.
que escribe. 2 Platón. República. Madrid, Altaya, 1993, p. 401. Las cursivas son mías.
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