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Canto de esperanzas
Pueda mi tiempo ser como el desierto
y mis hijos granos de arena, extraviados por el mundo.
Pueda ser el encuentro
una reunión alrededor de un pequeño fuego trémulo
chispa que crece como llamarada fulminante
e inflama el corazón de alegrías contagiosas.
Puedan los litorales extenderse, los faros iluminar las cosas
para conducir la vida al descubierto.
En medio del mar, pueda yo ser golpe de remos
que exalta la espuma y hiere las olas
allá donde la esperanza descansa
entre fragmentos de huesos.
Pueda ser mi cuerpo el espacio que contiene
la voz de la carne, la sangre de mi gente.
Pueda yo ser, dentro de las sombras, fulgor
que precede a la luz y da pertenencia
a la clara virtud del don de estrellas
después del ocaso.
Pueda yo ser una madre prodigio
que tiene la cuenta de los hijos caídos en guerra.
Pueda yo exprimir cada ángulo de la tierra
que esconde los huesos de quien no ha tenido sepultura.
Pueda yo ser esa mano que cura
las pupilas heridas sin horizontes.
Pueda yo ser linfa estrechada a la sangre, aroma balsámico
que difunde la piedad de las flores
sobre tierras sombreadas.
Puedan los brazos de mi alma ser molino
que muele el egoísmo y estilla el mal
para llevar una sonrisa a quién ya no espera.
Pueda yo alejar los ruidos de lucha
y despertar todas las calles que llevan al puerto
donde los brazos estrechan los hermanos al pecho.
Pueda la sociedad tener respeto
por las horas inocentes de los búhos
que anuncian el crepúsculo del enjambre de moscas
que van y vienen de todos los cadáveres.
Puedan todos los hombres nacer en un día de paz
pueda el grito de nacimiento contestar las muertes
que pescan en la pesadilla de la guerra, fantasmas.
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