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además de ser un instrumento para paladear los sabores de la vida,
la lengua también es un instrumento maravilloso para deleitarse
con el sabor de las historias, las ideas y la poesía.
Por Jezreel Salazar
I. La lectura y la felicidad cuanto nos convencemos de que en efecto el milagro ocurre
asi todos hemos experimentado en algún mo- indefinidamente, el asombro ante el lenguaje es sustituido por
mento de nuestra vida cierto terror a las pa- la confianza en éste. Poco a poco nos parece de lo más normal,
labras. No me refiero aquí al miedo que las y de ahí a volverlo un objeto de uso cotidiano que no tiene
malversaciones educativas provocan ante la sentido ni valor, no hay más que un paso. Así como dejamos
C escritura o la lectura. Me refiero a un temor de preguntar por todas las cosas cuando nuestros “por qué”
anterior, acaso más primario. Cuando a uno le imponían el se topan con una muralla que frustra nuestra curiosidad con
reto de decir “tres tristes tigres tragaban trigo en un trigal…”, frases conformistas y autoritarias (“porque sí”, “porque lo digo
uno comenzaba a percatarse de las dificultades que podía traer yo”), así también nuestra conciencia sobre el lenguaje se vuel-
consigo el simple hecho de repetir ciertas palabras sin titubear ve distante, absurda, cada vez más sin sentido.
o trabarse. Una ansiedad similar podía ser percibida cuando, a Y sin embargo, la puerta del asombro siempre está ahí.
través de otro juego infantil, repetíamos una palabra hasta que Hay libros que nos esperan como si fuesen oráculos o amigos:
de pronto dejaba de tener su significado habitual. Bastaba que nos dicen cosas que necesitábamos escuchar justo en ese pre-
uno repitiera cualquier vocablo una y otra vez, para que de un ciso momento de nuestra vida. Recuerdo cuando en un libro
momento a otro nos preguntáramos por qué las cosas tienen de poemas de Emily Dickinson hallé este verso: “multiplicar
tal nombre y no otro. El lenguaje entonces nos descubría su los muelles no disminuye el mar”. Esas palabras cifradas me
momentánea falta de sentido, su arbitrariedad, esa condición revelaron algo de mí que no había visto y entonces me sen-
de cosa hueca que, sin embargo, por razones inaccesibles, nos tí impulsado a actuar en consecuencia. A veces en los libros
permitía hablar, escuchar y entender lo poco que uno alcanza podemos encontrar consejos o consuelo, que son formas del
a hablar, escuchar y entender, en medio de ese maravilloso y conocimiento. Y es que si el lenguaje contenido en los libros
fructífero ocio que es la infancia. tiene relevancia, es porque es depositario de cierta verdad. Por
El terror del que hablo, más que con el miedo, tiene eso los libros, si son leídos con cierto apego y cariño, con la
que ver con el asombro. Nos maravillamos ante el lenguaje y creencia de que hay algo ahí que es esencial y que es necesario
descubrimos su carga mágica. Alguien nos lee un libro y en- hallar, es decir, si los leemos no como una fuga de la reali-
tonces se vuelve posible acceder a una historia y a un mundo y dad sino como una búsqueda de puentes que nos permitan
a las aventuras que deseamos vivir. ¿Cómo es posible que todo mejorar nuestro contacto con el mundo, podremos hallar en
ese universo de personajes fantásticos y episodios seductores ellos una forma de la virtud. Jorge Luis Borges, un fervoroso
provenga de un papel con signos negros? No lo sabemos y creyente en la palabra escrita, lo formuló de esta manera: “el
no nos importa; lo que deseamos es que el milagro de escu- libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los
char un cuento salido prácticamente de la nada se repita. Y en hombres”.
Palabrijes 00 otoño 2007 9

