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ción, un regreso a la realidad. Nuestro mundo comienza con
                                                               nuestras palabras. Gracias a un nombre es que algo somos.
                                                               Proferir es otorgar existencia.
                                                                     Vista así, la realidad humana depende del lenguaje. Mejor:
                                                               el lenguaje construye la realidad. No podemos establecer nin-
                                                               guna relación con el mundo sino a través de signos y símbolos.
                                                               Y tampoco podemos pensar o construir conocimiento sino ex-
                                                               presándonos mediante el lenguaje. Por eso, se ha dicho que el
                                                               lenguaje es una herramienta cultural y la institución social por
                                                               excelencia. Permite el contacto con los otros, define los víncu-
                                                               los sociales, condiciona la comprensión y configura cosmovi-
                                                               siones. Cada lengua carga consigo una historia, un modo de
                                                               relacionarse con la vida y con los otros, un modo de transmitir
                                                               verdades. Un ejemplo. El lingüista Carlos Lenkersdorf plantea
                                                               que ciertas palabras y nociones propias del mundo occidental,
                                                               originariamente no estaban presentes en la lengua tojolabal,
                                                               debido a que dentro de esa cultura no existían las prácticas
               II. Lenguaje y conocimiento                     y las relaciones sociales que pudiesen sustentar tales concep-
               ¿Por qué leemos? Esta sencilla pregunta se antoja difícil  tos (como la noción de poder o de derecho). Esto comprueba
            de responder, sobre todo en un país donde la lectura es una  no sólo que el lenguaje siempre está cargado de los sentidos
            práctica minoritaria y la cultura del libro le pertenece a una  otorgados por una cultura, sino que las palabras son capaces de
            élite. El crítico estadounidense Harold Bloom enumera los  transmitir por sí mismas toda una cosmovisión. Puede decirse
            motivos que el ser humano tiene para acercarse a un libro:  que cada vez que hablamos estamos haciendo un uso de la
            leemos en busca de una inteligencia superior a la nuestra,  lengua a la vez personal y social. Como afirma Diamela Eltit la
            para formarnos un criterio; leemos para fortalecer nuestra  palabra es social, “me es ajena y propia, ya heredada y siempre
            personalidad, porque deseamos prepararnos para el cambio;  ambigua, multiforme y petrificada a la vez”. En todo caso, el
            leemos para relacionarnos con la alteridad: en busca de satis-  lenguaje no es inocente y la lectura tampoco debería serlo. Su
            facciones estéticas y “porque sentimos necesidad de conocer  utilidad siempre tiene que ver con las posibilidades de recibir
            cómo somos, cómo son los demás y cómo son las cosas”.  experiencias y acercarse al conocimiento.
            Quiero detenerme en estos dos últimos motivos: la lectura
            como placer y la lectura como conocimiento. Comienzo con   III. El disfrute de las palabras
            este último aspecto.                                  El otro asunto, el placer del lenguaje, es más complicado
                  Me gusta pensar en el lenguaje como un espacio concre-  y acaso menos inteligible. La lectura como placer supone sen-
            to, como un territorio con fronteras definidas. Caminamos  tir los textos como una fuente de dicha; implica incorporar al
            por ese espacio, más allá del cual está el mutismo. Siendo así,  ámbito de lo íntimo esas experiencias y esa verdad que los li-
            el lenguaje es el hábitat de lo humano, la morada de la cual  bros encierran. La escritura y la lectura generalmente son actos
            no es posible escapar. Imposible pensar una realidad humana  íntimos, llevados a cabo en soledad. Escribimos solos, leemos
            sin palabras. Todo nuestro contacto con lo real depende del  solos. (Difícil imaginar una actividad que revele mejor nuestra
            lenguaje y sólo es posible a través de él. A tal grado es esto  condición de seres incompletos, siempre en busca de un contac-
            cierto, que entre el mundo y nosotros siempre se interpone  to que nos devuelva la unidad perdida.) Abrimos un libro y por
            el lenguaje. Nunca podemos acceder a las cosas en sí mismas.  un encantamiento gozoso que no busco explicar, se nos revela
            Su ser sólo nos es permitido en la medida en que las nom-  la intimidad de otros: del autor y su orbe moral. La lectura es un
            bramos y les otorgamos existencia. Digo “amor” y entonces  placer difícil (Bloom dixit) que implica un ejercicio de alteridad.
            toda una realidad cobra sentido. Lo que no hemos nombra-  Se trata de una búsqueda y un ejemplo de comunión. No sólo
            do o no podemos nombrar nos es ajeno, está fuera de noso-  ideas sino también valores, deseos, gestualidades, sensaciones…
            tros, nos excede. Se encuentra más allá de esas fronteras que  se incorporan a nosotros a través de la lectura, que se vuelve
            el lenguaje, en tanto territorio, delimita. El lenguaje es por  actividad ética  de  afinidad  y  autoconocimiento.  Por  eso  nos
            ello una separación: gracias a él somos distintos a la natura-  identificamos con ciertos autores, porque nos dicen algo sobre
            leza, nos diferenciamos de las cosas, de los objetos inertes.  lo que somos. Es entonces cuando el principio del placer se
            Pero también el lenguaje es un puente; implica una apropia-  impone sobre el principio de realidad: coinciden las “potencias


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