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Experiencia oral
por Bily López González
la oralidad tiene, al menos y por fortuna, dos significados posibles
en nuestra cultura, uno lingüístico y otro fisiológico. Felizmente, en la
experiencia cotidiana ambos significados danzan y coquetean para darle
forma y sentido a nuestra retorcida existencia.
egún mi experiencia, Bogotá es una ciudad ese país y la que había ingerido durante una semana antes en
del putas -como dirían los manes de allá. Esto Venezuela matizaron, supongo, también mi percepción.
significa -traducido al buen chilango de los Te quiero como un putas -me solía decir mi sudamericana ami-
compas- que está bien chingona. Mi juicio, sin ga. Lo que significa, insisto, que me quería un chingo. En mi expe-
embargo, es parcial y tendencioso, pues su- riencia bogotana, entre el putas y el chingo aprendí a tender sólidos
pongo que hasta el culo del mundo me pare- puentes semánticos, semióticos y somáticos que comunicaban a
cería hermoso si lo recorriera en comparsa de Bogotá con el D.F., a García Márquez con Paz, y a su lengua con
S esa colombiana con la que recorrí una parte mis amígdalas -este último era el puente menos académico, pero
de Bogotá; además, la cantidad infame de alcohol que ingerí en quizá el más entretenido. Los mexicanos, me dijo Alejandra en
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