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Ni siquiera se le ocurrió salir del cuarto para buscar una explicación
                                                               en el resto de la casa. […] Tras el ágape, empezó a escribir en el
                                                               cuaderno rojo […] Cuando estaba oscuro Quinn dormía, y cuan-
                                                               do había luz se comía lo que le dejaban y escribía en el cuaderno
                                                               rojo. “Escribía sobre las estrellas, la Tierra, sus esperanzas para la
                                                               humanidad”. […] Ahora lo único que importaba era toda esa be-
                                                               lleza. Quería seguir escribiendo sobre ella y le molestaba saber que
                                                               no sería posible. A pesar de todo, intentaba enfrentarse al final del
                                                               cuaderno rojo con valor.

                                                               En esta parte podemos ver cuán fácil puede resultar, al estar
                                                            solo con un cuaderno, escribir cualquier cosa, inclusive la luz de
                                                            las estrellas como aparecen en el poema de Mallarmé. Para fina-
                                                            lizar, el autor escribe:
                                                               No tuvimos mayores problemas a la hora de entrar al edificio; nos
                                                               bastó con aprovechar la entrada de un vecino. Subimos las escaleras
                                                               y nos encontramos la puerta del otro apartamento de los Stillman.
                                                               No estaba cerrada. Entramos con cautela y descubrimos una serie de
                                                               habitaciones vacías. En un cuarto al fondo, tan limpio e impecable
                                                               como las demás habitaciones, vimos el cuaderno rojo en el suelo.

                                                               Como en el poema de Mallarmé, la habitación queda vacía,
                                                            en silencio. El cuaderno de notas es el único testigo. No creo que
                                                            sea curioso o dado por el azar que la última novela de esta trilogía
                                                            se llame La habitación cerrada.
                                                               Esta desaparición de quien escribe en un cuarto, dejándolo
                                                            vacío, sucede, con sus variantes, en La noche del oráculo. Recién
                                                            comenzada la novela, después de estar escribiendo en un cuader-
                                                            no, en este caso azul, y en su habitación propia, por varias horas,
                                                            el personaje de la novela que intenta comenzar una nueva novela
       arte, sino aquello que hace pensar y sentir. El estado de la poesía  escribe:
       es un gran continente de abstracciones, un éxtasis cuya traduc-  Al salir del cuarto, fui pasillo adelante y entré en la cocina.
       ción a la palabra escrita debe enquistar ese éxtasis. Provocarlo en   Inesperadamente Grace estaba delante del fogón, haciendo té.
       cierto lector, que comparta la posibilidad de evocar y revelar ese   —No sabía que estabas en casa —observó ella.
       estado, que no será el mismo que el autor del poema intenta crear,   —Ya hace rato que he vuelto —expliqué. Estaba en mi cuarto.
       y que al formarse en el lector se vuelve a producir un estado igual   Grace pareció sorprendida.
       aunque de otra suerte. Esto es lo que me dice este poema de un   —¿No me has oído llamar?
       cuarto vacío.                                           —No, lo siento. Debía estar absorto en lo que estaba haciendo.
          En los dos textos, el de Virginia Woolf y el de Stéphane Ma-  —Como no contestabas, he abierto la puerta y he mirado.
       llarmé, lo que subyace es esto: los silencios que, algunas veces,   Pero no estabas.
       están plenos de recuerdos y de culpas. El que calla otorga, afirma   —Claro que estaba. Sentado en la mesa.
       el dicho popular. En los dos textos lo que se dice es que no hay   —Pues no te he visto. Estarías en otra parte. En el cuarto del
       nada. Aun cuando, al escribir esto, el cuarto aparece en el caso de   baño, a lo mejor.
       Woolf y se habita en lo que respecta al de Mallarmé. La escritura   —No me acuerdo haber ido al baño. Que yo sepa, he estado
       es, al mismo tiempo, el cuarto y su habitante. Esto lo permite la   sentado a la mesa todo el tiempo.
       distancia que nos da el silencio.                       Grace se encogió de hombros.
                                                               —Como tú digas, Sydney —concluyó.
       III                                                     En este caso, el escritor desaparece del cuarto como en el an-
       Este cuarto vacío o la habitación propia llevada al extremo pue-  terior fragmento (en otras novelas se mencionan los cuartos que
       den ser una trampa, como les sucede a los personajes de algunas  se vuelven especies de tumbas o donde desaparecen personajes,
       novelas de Paul Auster. En la primera obra de su libro Trilogía de  como en el excelente El libro de las ilusiones, o en La invención de
       Nueva York se lee:                                   la soledad, El palacio de la luna y Viaje por el Scriptorium). Por eso,
                                                                                                    PAlAbRIjes 02 otoño 2008
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