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como se han entendido, es el hombre que transvalora, que vuelve
a valorar el mundo desde su inocencia originaria, que deja de ser
hombre siendo aún ser humano; la palabra que utiliza Nietzsche es
exacta: “un hombre que está más allá del hombre”. Heidegger, por
otra parte —inmortalizado por Borges al decir éste que aquél había
inventado un dialecto del alemán— era consciente de la necesidad
de mentar las cosas con precisión; Heidegger es famoso, y no sólo
en el buen sentido de esta palabra, por acuñar ensortijados térmi-
nos para denotar instancias filosóficas con precisión obsesiva; quizá
el término in-der-Welt-Sein (ser-en-el-mundo) sea el más ilustre,
con esta acuñación, Heidegger mienta una categoría existencial,
el estado en el que está el hombre en su existencia primaria, un
estado que debe entenderse así, con guiones, como unidad ineluc-
table, como un solo concepto, y no como la mera expresión de una
oración unida por elementos gramaticales.
Bukowski, en un caso más lúdico y no menos poético ni fi-
losófico, les pide a los jóvenes, en el poema titulado “One of the
hottest” (Una de las más calientes), que se queden con sus jovencitas
vírgenes y que le dejen a él a las mujeres viejas de tacones altos
with asses that forget to get old (con culos que olvidan envejecer); la
palabra forget es exacta, pues hay culos que se niegan a envejecer,
hay otros que no saben cómo envejecer, y hay otros, como los que
pide Bukowski, que sencillamente ‘olvidan’ envejecer, que pasan de
largo el envejecimiento, que no lo ven, sencillamente, porque no
tiene importancia, porque no está en su horizonte. Oliverio Gi-
rondo, en su célebre “Espantapájaros”, dice que “no se me importa
un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como
pasas de higo, un cutis de durazno o de papel de lija”, y no hay
mejor expresión que ésta para articular el desdén hacia las mujeres
terrestres en contraposición con las etéreas, aquellas que saben vo-
lar; para Girondo, después de haber estado con una mujer etérea,
da lo mismo “vivir con una vaca o con una mujer que tenga las
nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo”, y para decirlo no hay
mejores palabras que las que él ha utilizado. Bolaño, en un poema
titulado “Lisa”, expresa con crudeza la infidelidad de una chica que
confiesa su aventura para sacar de su vida al hombre que está detrás
de la bocina telefónica: “Escuchamos música […] y luego hicimos
el amor tres veces. La primera se vino dentro de mí, la segunda se
vino en mi boca y la tercera, apenas un hilo de agua, un corto hilo
de pescar, entre mis pechos. Y todo en dos horas, dijo Lisa. Las
dos peores horas de mi vida, dije desde el otro lado del teléfono”;
cuando quieres sacar a alguien de tu vida, no hay más opción que
revestir los hechos con el ropaje de la crudeza.
Sin embargo, y más allá de los tropos y los conceptos, la preci-
sión de la palabra no sólo es necesaria para la expresión poética o
filosófica, sino que también lo es para la expresión de todas aque-
llas experiencias inmiscuidas con los sentimientos que moralmente
han sido reprobados, como la lujuria, la ira, la concupiscencia, el
desprecio, el egoísmo, la desvergüenza y las excedencias en general.
Para expresar estos sentimientos no hay mejores palabras —no hay
palabras ‘más buenas’— que aquellas que se conocen como ‘malas
palabras’. Tonto, por ejemplo, puede ser un adjetivo muy preciso
26 Palabrijes 03 primavera 2009

