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para alguien que olvida comprar los enseres del súper; cuando al-
guien actúa paródicamente o de manera infantil, se le puede llamar
tontuelo; pero cuando alguien deja su teléfono celular con mensajes
comprometedores en manos de la pareja oficial, no merece otro ad-
jetivo que el de pendejo. “Una mierda es una mierda” —dice Maya
López en el artículo “Malpalabrismo”— “y no hay modo de endul-
zarla”. A las cosas por su nombre, y como todo nombre es poético,
éste depende de lo que se quiera denotar, atravesado siempre por
un cierto estado de ánimo que lo condiciona en nuestro decir.
En ocasiones podemos hacer ‘nuestras labores’, pero algunas
veces, haciendo las mismas cosas, podemos estar haciendo esas
‘chingaderas’. Alguien, en una situación cualquiera, puede ser un
‘truhán’, ‘pillo’ o ‘granuja’, sin embargo, esa misma situación en
condiciones más intensas puede promover que el sujeto en cues-
tión no merezca otro adjetivo más que el de cabrón, culero o, de
plano, un hijo de toda su putísima madre (tal es el caso de Pino-
chet, mencionado en el epígrafe por Cinzano, escritor chileno).
En algún momento determinado puede ser conveniente pedirle
a alguien que guarde silencio, sin embargo, hay ocasiones en que
las palabras más precisas para decírselo son que cierre su chingado
hocico. Para expresar el goce que provoca el triunfo, se puede de-
cir ¡qué bien!, sin embargo, con mayor intensidad y algarabía, la
expresión precisa es ¡a huevo! Algo puede frustrarse o salir mal,
entonces se puede decir, qué lástima, pero si la frustración duele
en el alma, cabe más decir, ¡puta madre!, valió madres, o bien, ¡me
lleva la chingada! Una expresión para denotar sorpresa y contra-
riedad puede ser ¡recórcholis!, o bien, ¡qué sorpresa!, sin embargo,
cuando éstas son mayúsculas, vale más proferir un soberano ¡ay
cabrón!, o un ígneo ¡en la madre! Cuando algo nos gusta podemos
decir que está bonito, que está suave o que está padre, pero cuando
el goce es inmenso lo más preciso es decir que está poca madre,
que está de huevos, o que está bien chingón. En ocasiones, cuando el
amor acecha en su forma más ascética, las mejores palabras para
expresarlo quizá sean palabras dulces, tiernas, comprometidas,
pero cuando el amor viene acompañado de la irrefrenable lujuria,
las palabras dulces salen sobrando, más bien estorban, pues quizá
en lugar de decir te quiero, lo más preciso quizá sea un quiero ma-
mártela hasta que pierdas el sentido, o algo por el estilo.
La palabra, pues, nos dice y configura en la experiencia. Cuan-
do la intensidad nos lleva a los abismos más profundos y oscuros
de nuestro ser, el ‘buen decir’ resulta siempre insuficiente, pues éste
ha sido fraguado en la prohibición moral del ‘buen gusto’ y las
‘buenas costumbres’: mamadas. Ante la monumental iridiscencia
de los pequeños éxtasis en los que caemos día con día, bien vale
la pena revestirlos con palabras cultas, excelsas y grandilocuentes,
pues para ello nuestra lengua es vasta y de precisión incalculable,
sin embargo, hay ocasiones en que la inmediatez de la intensidad
nos exige sumergirnos en esa otra vastedad del lenguaje coloquial
que, pésele a quien le pese, puede llegar a ser inclusive más precisa
que cualquier otra forma del lenguaje.
Bily López es fanático de la intensidad, la precisión y las guarradas.
Palabrijes 03 primavera 2009 27

