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En efecto, en México, por
       tornillo. Entonces, la sociedad va dándoles sentido a las palabras.
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       No somos los lingüistas, otra vez, ni los que estudian lexicografía,
       quienes hacemos las clasificaciones: ésta es mala, ésta es buena,
       ésta es regular. Lo que sí debe hacer un estudioso de estos asuntos         puede formar cantidad de
                                                                                     expresiones que pueden
       es estar atento, porque es muy móvil; las listas crecen y disminu-
       yen, lo mismo los ámbitos sociales, las edades, los sexos; a veces,
       cosas que uno juzga propias de adolescentes, pues las oye en boca           ser positivas, negativas, o
                                                                                   neutras. Cuando decimos:
       de un niño de primaria y viceversa. De tal manera que cosas de
       ancianos, que se creían que eran propias de los ancianos, las reto-
       man los niños. Esto es muy móvil, muy relativo, y no tiene que ver       “¡Pásame la madrecita!”, y es
                                                                              un tornillo, pues realmente no
       casi nunca con el significado de la palabra sino con el empleo que
       se hace de ella y el tono con el que se hace.
          Yo he hecho algunas pruebas de decirle a una persona: “Oye,          estamos ofendiendo a nadie;
                                                                                   ninguna mamá se ofende
       ¿para ti, mexicano, el adjetivo, el gentilicio, es una majadería?”, “No,
       ¿cómo cree?, ¿cómo va a ser una majadería?, si es como nos llama-
       mos los habitantes de este país.”, “Ah, bueno. Pero, si tú estás en la   porque se le llame madrecita a
                                                                                                   un tornillo.
       calle, en una esquina y te estás tomando una paletita de dulce, le
       quitas el papel y lo tiras en la calle; yo paso y te digo: ¡Ay, mexica-
       no!, ¿te va a ofender?, ¡Ah, muchísimo!, ¿pues cómo no?, claro.” Es
       la misma palabra, pero según el contexto, el tono, entre otras cosas,
       puede ser una grosería. Yo le aseguro que en otros países que no
       tienen ese complejo nacionalista del mexicano, no les parecería un
       insulto. Si a un español que tira un papel, es difícil que lo tire, pero
       vamos a suponer que llegara a tirar el papelito en la calle, usted le
       dice: “¡Ay, español!” Diría: “Sí, ¿y qué?, ¿por qué me dices español?
       Sí, soy español.” No lo ligarían con una ofensa. Nosotros sí, por-
       que estamos acostumbrados a nuestra autocrítica, a decir que los
       mexicanos somos sucios. De modo que cuando decimos: “¡Ah, el
       mexicano tira la basura!”, en ese contexto, se entiende que una pa-  “Si eres hombre tienes permiso de decir tales y cuales majaderías,
       labra tan hermosa, tan libre de culpa, como sería mexicano, pues,  la mujer no.” Así era antes, y también muchísimas cosas: “Tú
       adquiera un sentido ofensivo. Yo creo que en eso estriba mucho el  eres hombre, puedes tener una amante, no cae mal estar casado
       significado u origen de las groserías.                y desear una amante. Tú eres mujer, no, tú no; tú estás casada y
                                                             no puedes tener un amante.” Ese tipo de cosas han cambiado, es-
          N: Con frecuencia he escuchado que: “una mujer se ve mal diciendo  tán cambiando, y es saludable evidentemente; están cambiando
       groserías”. En cambio, es aceptado en hombres, ¿qué opina sobre esto?  para ver con naturalidad las diferencias sexuales; no tenemos por
          M: Antes se decía que las señoras educadas ni siquiera las en-  qué marcar estas diferencias de conducta y en la conducta verbal
       tendían. Pero está cambiando. A mí me interesa esta ‘liberalidad’  tampoco. Yo lo veo muy saludable.
       con la que ahora de manera natural ya no hay palabras de hom-
       bres. Había palabras que, no es que fueran de hombres, sino que   N: ¿Hay alguna grosería que por su historia, su significado, le
       las decían los hombres y se creía que una dama no debía decirlas.  parezca interesante?
       Ahora ya es diferente. Si bien están más avanzados los europeos,   M: Carajo desde luego que sí, me parece muy interesante
       los españoles, que nosotros, también en México se está dando esta  cómo  los  hablantes  transformaron  con  mucha  habilidad  una
       apertura.                                             expresión de ¡vete lejos!, ¡vete al rincón de la casa! Al niño le
          Yo creo que es muy interesante, en cuanto a que había en estas  decían: “Vete, vete allá. Estás castigado. Vete al rincón.” Esa ex-
       restricciones discriminación hacia las mujeres, una actitud discri-  presión era irse al carajo en el barco: “Tú marinero, te portaste
       minadora ante la mujer, hasta en eso. Por ejemplo, decir: “No, no,  mal, ¡vete al carajo!” Pero no era ninguna grosería, era un casti-
       no. No te hagas pasar por hombre diciendo una palabra altisonan-  go. Y ahora, usted dígale a cualquier persona: “¡Vete al carajo!”
       te, tú eres una dama, tú eres una señorita.” Bueno, eso era sin duda  y se va a molestar. Sería bueno que usted le dijera: “No, no, no,
       discriminatorio, y ahora eso se está perdiendo, lo cual me parece  no te molestes. Mira, te estoy pidiendo que vayas a esta parte
       muy sano socialmente. Sí, que sea, más bien, el nivel educativo, el  del barco.” Responderán: “No, no, a mí no me expliques nada.
       nivel cultural, la situación y el contexto el que explique la diver-  Ésa es una ‘mala palabra’.” Éstos son los cambios que a mí me
       sidad me parece mucho más sano a que sea el sexo de la persona.  parecen interesantes.
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