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a educación es fundamental para la convivencia humana,
nadie podría ponerlo en duda, y no me refiero aquí a la
Lacadémica, sino a la que conforma y da pautas de com-
portamiento para el trato social desde la infancia. La familia, la
escuela, las amistades, etc., son espacios formativos que van con-
dicionando a cada sujeto a actuar apropiadamente de acuerdo
con contextos específicos; incluso determinan qué decir y cómo
decirlo adecuadamente. Es así como la expresión oral es un dis-
tintivo que proporciona un lugar en la sociedad, y por eso el “mal
hablado” es visto generalmente con desdén, como un ordinario
sin cultura. Sin embargo, es interesante indagar si detrás del re-
chazo hacia los ‘pelados’ y sus malas palabras se encuentra sólo
la preocupación por la propiedad lingüística, porque quizá el ver-
dadero trasfondo expresa un rasgo de nuestra propia naturaleza
humana que está en contraste con el ideal de la educación.
En apariencia, hay mucha gente a la que le molestan aque-
llos que utilizan palabras inapropiadas para relacionarse. Desde
los regaños de los mayores hasta las prohibiciones explícitas en
lugares públicos, hay una tendencia a impedir que el lenguaje se
transforme, pero habrá que preguntarse si es eso lo que verda-
deramente perturba a la gente, ¿será acaso inaudita la ineludible
descomposición lingüística?
No hace falta una encuesta para saber que poca gente está
realmente preocupada por el uso del lenguaje; inclusive, sien-
do rigurosos, parece que la mayoría desconoce la razón de su
molestia y se la adjudica a cuestiones meramente superficiales,
como la falta de educación o de cultura (que para el caso es lo
mismo), lo que lleva a pensar que quizá hay algo más detrás de
los insultos que nos es imposible reconocer.
Es evidente que las groserías reflejan estados de ánimo en
cualquier persona, sea ésta educada o no; son palabras que sir-
ven para denominar la vida cotidiana y establecer lazos de iden-
tificación en la cultura, sin embargo, son menospreciadas, y con
ellas, los que las utilizan. Quizá porque manifiestan esa tendencia
natural de la que no se quiere saber nada desde la civilidad: la
agresividad humana.
La música es una de las expresiones artísticas donde la agresi-
vidad humana se expresa de forma más directa, en los gestos, en
los movimientos y en las apelaciones verbales. Especialmente en
el rock, que desde sus orígenes es representante de un lenguaje
básico y directo en la música popular. Habrá que indagar qué
significan para la población ‘educada’ este tipo de letras y com-
portamientos y por qué son motivo de rechazo y censura.
Sabemos que el rock siempre ha causado polémica, ya sea
por la vestimenta, las consignas o la actitud; aunque en México
no se había generado una controversia de tal magnitud como la
que suscitó el primer disco de una banda del DF: Molotov.
Tal vez una de las causas de su impacto fue que en México la
propia ‘marginalidad’ del género, a nivel de medios de comunica-
ción, le permitió coexistir durante muchos años en un bajo perfil
(antes se pensaba que ese tipo de música, con letras crudas, se
quedaba en círculos muy delimitados, en sectores marginales
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