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cualquier pretexto, Santiago Rico cabulea a Jorge Nitales y todos nos de los lectores no lo recuerdan o no lo saben, cabe aclarar que
a risa y risa tan contentos. Pienso que en estos menesteres más ‘pelado’ no refiere aquí a ningún albur (aunque muchos en él pu-
vale evitar el chovinismo. Poco importa si México es el único dieran espinarse) sino a un tipo popular, el personaje callejero por
país del mundo en el que se alburea, cosa que dudo mucho y que excelencia, aquel que según Ramos “pertenece a una fauna social
en todo caso habría que documentar. Importa conocer el papel de categoría ínfima y representa el desecho de la gran ciudad.”
social y cultural que tiene este quehacer verbal entre las mujeres y Desde su punto de vista, el albureo era practicado únicamente
hombres mexicanos que lo practican. No obstante, puede que sea por este sector marginal de las clases populares como una manera
una costumbre secular entre nosotros. Hay evidencias de que los de elevar su “yo” deprimido, de recuperar la fe en sí mismo me-
nahuas precolombinos construían versos en los llamados cuicah, diante un artilugio ficticio, la demostración pública de su hom-
género de canto-baile acompañado de gestos y música, que sin bría en bravatas verbales, porque estaba desprovisto de todo valor
lugar a dudas calificaríamos hoy de albureros, propios para cabu- real. Seguía el maestro hablando del peladito y su obsesión fálica:
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learse a dos que tres descuidados que se dejen. “En sus combates verbales atribuye al adversario una femineidad
El albur es un absoluto irreverente, no admite solemnidad, ni imaginaria reservando para sí el papel masculino. Con este ardid
siquiera al estudiarlo como expresión del habla popular. Incluso pretende afirmar su superioridad sobre el contrincante.”
es difícil “fijarlo” mediante la escritura para llevar a cabo su aná-
lisis, pues estamos frente a un lenguaje oral, inseparable de un
lenguaje gestual que apoya y confirma lo que se verbaliza. Aún
más, el albureo es una puesta en escena en la que generalmente Cuícatl:
intervienen no sólo los contendientes sino los oyentes, que for- Momalina zan ic ya totoma ho ohuaya ca nicalle
man un público y confirman la victoria de uno y la derrota de Crece (enredándose) luego se desfaja
otro mediante risas, participaciones y gestos. Un ejemplo de la ho ohuaya: (soy el atizador) soy el dueño de la casa
complejidad que implica esta operación de pasar por escrito los Xoconquetza in nonexocon cenca nima xocontoquío
albures para analizarlos se puede encontrar en el riguroso trabajo Páralo en mi olla (de ceniza), luego atízalo mucho.
de Helena Beristáin en torno a la densidad del lenguaje albure- Recopilación y traducción de Johansson, Patrick
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ro. La autora desmenuza al detalle cada frase alburera registrada
en conversaciones o en canciones como “La tiendita de mi pue-
blo” de Chava Flores. Sin cuestionar ni el método ni el análisis de Hoy en día es casi imposible aceptar como válidos los argu-
la autora, el texto muestra las dificultades a que me refiero para mentos de Ramos por los estereotipos que manejaba y las gene-
transcribir un lance de albures sin aludir al contexto y sin descri- ralizaciones que se atrevía a hacer, comprensibles desde luego en
bir ademanes ni gestos. De igual manera, la lectura de la letra de el contexto de su obra y por la época en que fue escrita. Difícil-
la canción permite su desglose analítico pero pierde los énfasis mente podríamos sostener ahora que el albur es una expresión
y las insinuaciones que el propio Chava Flores y sus intérpretes discursiva de sólo un sector, excrecencia marginal o ínfima, de
imprimían al momento de interpretarla o grabarla. El albur pier- la sociedad mexicana. De manera más tajante rechazamos que
de su carácter lúdico y con ello se pierde, probablemente, buena esta forma de apropiación y reinvención lúdica del lenguaje re-
parte de su efecto comunicativo. presente, en el fondo, una de las formas en la que los mexicanos,
No obstante, Beristáin despliega un sofisticado arsenal ana- todos, supuestamente retroalimentamos nuestro sentimiento de
lítico que demuestra y explica la complejidad de la interacción inferioridad frente al resto del mundo. Desde luego, no preten-
verbal alburera que, no por ser expresión del habla popular, es una demos invalidar las propuestas de una obra solamente porque no
expresión simple o primitiva. Todo lo contrario, se trata de un estamos de acuerdo con el enfoque que utilizó para explicar el
lenguaje que la autora califica de barroco, culterano y conceptista, albureo.
cargado de significados literales y figurados. Los análisis de Be-
ristáin representan la manera de explicar el albur a partir de teo-
rías lingüísticas y de la comunicación, desprendidas de prejuicios,
muy lejanas ya a las pretensiones clásicas de interpretar este uso Es que hace tanto tiempo
de la lengua como un rasgo psicológico y social de los mexicanos de la última
o, en todo caso, de ‘cierto tipo’ de mexicanos. vez, que
Como ejemplo de aquella manera clásica de pensar el al- ahora, francamente,
bur, tenemos el libro El perfil del hombre y la cultura en México ya no sé qué escoger
de Samuel Ramos; en ese texto, publicado en 1934, el maestro
afirmaba que: “la terminología del ‘pelado’ abunda en alusiones Elías Nandino
sexuales que revelan una obsesión fálica, nacida por considerar el
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órgano sexual como símbolo de fuerza masculina.” Por si algu-
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