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La posada

































                    Por Omar García


          En una posada había una pesada posadera que siempre atendía     —Y eso ¿qué significa?
          a un grueso soldado, que bien conocía. Los dos se querían pero,     —Siempre me acercas tu lanza y nunca me ha salpicado
          torpes, discutían; la posadera, enfadada, regresaba a la cocina y el       mientras la agitas.
          soldado, ofendido,  se marchaba y regresaba al otro día.     —Ya te dije que no ha habido guerras, ni acción.
                                                                    —Ni me ha parecido húmeda cuando la froto para limpiarla.
              —María,  no  puedo  tener  la  lanza  arriba  todo  el  día.    —Ni modo que se la ande clavando a cuanto hombre me
              —Dámela ya, soldado. No quiero que te fatigues.         cruce por delante.
              —Tómala deprisa que ya va siendo hora de comer.       —Seguramente esa lanza jamás ha podido encontrar el
              —Primero págame o no te la guardo ni te sirvo la comida.      campo de batalla.
              —¡Posaderas! Sólo piensan en sacarle a uno el dinero.    —Qué sabes tú de las batallas, si todo el día estás aquí fría
              —Tú sólo piensas en llenar la panza y en rascarte el cuero.      y abandonada.
              —¡Cállate! O ahora mismo te hago un agujero.          —Pues te aseguro que sé cómo mover la lanza, si tan solo la
              —¿Otro? Cada vez que vienes me quieres meter la lanza.      tuya fuera más larga.
              —Pero siempre te quitas y no te alcanza.              —Eso es todo, mujer. No tengo cómo aguantarte.
              —Ah no, que tu lanza sea pequeña y no me alcance es tu    —No creo que hayas entrado con esa pequeñez a través de
                problema.                                             un espeso, húmedo y enmarañado bosque.
              —No es eso. Es que ya no ha habido guerras y estoy     —He atravesado tantos lugares húmedos con mi arma…
                perdiendo puntería.                                   pero eso no te importa. Me voy con el posadero de
              —Pretextos. La verdad es que a mí siempre me has parecido      enfrente.
                un mal lancero.                                     —Entonces vete con él a ver si te atiende mejor que yo y a
              —¿Cómo te atreves? ¿Por qué dices eso?                  ver si con él sí aguantas.
              —Ay, ¿por qué tan sensible el gran guerrero?          —Él sabe cómo pulir mi lanza mejor que tú, lo hace bien
              —Primero dices que sólo soy panza, te quejas de cómo como      y además cobra poco. Después de todo, entre hombres
                y ahora esto.                                         sabemos tratar nuestras armas mejor que cualquier mujer.
              —Sólo digo lo que he estado sintiendo.




                                                                  Omar García. soy mexicano por fortuna, actor por convicción, mas no es mi oficio, escritor por man-
                                                                  dato de la imaginación y estudiante de letras Clásicas en la UNaM por un inesperado giro del destino.

          Palabrijes 05 primavera 2010                                                                          33
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