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El amor llega siempre de forma imprevista, de lo contrario  vilizador, trans-formador. Y habíamos decidido, de una manera
       es simple cálculo. A mí se me presentó una tarde, en un aula de  poco clara, jugar, con palabras, sobre nuestros cuerpos y afectos.
       tubos fluorescentes y baldosas grises de la Universidad de Buenos  Como los héroes antiguos de la medicina, probaríamos en noso-
       Aires, cuando después de haberme mantenido la mirada durante  tros mismos conjuros, esencias alfabéticas, licores verbales.
       toda mi conferencia sobre poesía concreta,  Florence se me acercó   Hay que decir que esta primera fase de presencias ausentes, de
       y, con ese aire desmayado que después reconocería como caracte-  distancia virtual, de juegos internéticos, fue todo un éxito.  Comen-
       rístico, dejando caer su largo cabello sobre sus apuntes, me urgió  zamos con juegos ya conocidos, como el cadáver exquisito, con el
       a darle mis datos para intercambiar bibliografía y puntos de vista  que solían matar su aburrimiento los surrealistas, siguieron anagra-
       sobre el tema.                                       mas, rimas, caligrafías… nuestra creatividad se fundía exponencial-
          A esa escena que atesoro fotográficamente, con inefable inten-  mente, se multiplicaban nuestros ingenios y, debo decirlo, ella fue
       sidad, siguió un intervalo virtual, a través del cual cruzamos frases  siempre superior a mí en destreza denominadora. La metonimia,
       y palabras, en un juego de seducción que nos fue llevando de la  idéntica al deseo, es un atributo femenino y siguiendo sus delicadas
       poesía concreta a la concreción de los cuerpos, de las palabras a las  hebras, las prodigiosas sinapsis de Florence me transportaban a
       cosas, de las abstracciones a las secreciones, de los silencios a los  torbellinos de lujuria verbal, desaforadas e irrepetibles bacanales
       abismos, del principio del placer, al placer anticipado de un princi-  léxicas, encabritadas peripecias donde los significados estallaban
       pio inminente, angustioso, latente… y oscuro, como el llamado de  como relámpagos de luces negras, sagradas máscaras del sentido,
       la sangre. Recuerdo que en un primer momento, nuestros discursos  inminencias de la revelación, huellas, estelas del deseo, vertidas en
       elusivos, internéticos, vagamente insinuantes, versaban sobre todo,  palabras.  Presumo -con incierto orgullo masculino- que ella, a su
       sobre Ernest Francisco Fenollosa y su apasionado intento de ex-  vez, encontraba en mí el atributo de la forma, que nos prepara para
       traer de los ideogramas chinos un método crítico-poético,   dar el salto mortal de la metáfora. Hice mía entonces la misión de
       que fuese como la llave pictórica de una lengua primor-  encauzar su proliferación, de reconocer constelaciones en su cie-
       dial, en contacto directo con la estructura misma de        lo estrellado, relaciones, orientaciones, en su fecundidad
       las cosas. Recuerdo cómo le entusiasmó a Florence            exuberante, su desbordada imaginación.
       una cita que indicaba que las relaciones eran más               En este éxtasis estábamos, cuando ella, sin que me-
       importantes y más reales que las cosas por ellas repre-    diara ningún exabrupto, ni pausa, ni discusión, desapareció.
       sentadas… “Si el universo no estuviera lleno de homologías,   Y sólo entonces pude tomar conciencia de cuán profundo
       simpatías, identidades -decía Fenollosa- el pensamiento habría   era el vacío que habían cavado esos diálogos. Decir que era
       vivido en penuria y la lengua encadenada a lo obvio”.   como si me faltara el aire… no sería más que un hueco remedo de
          ¿Cómo  desencadenarme?  La  mirada  inquieta  de  Floren-  la asfixia que provocaba su ausencia. Ni la más afilada frase, ni el
       ce infundía nuevo entusiasmo en mis estudios poéticos.  En su  más tórrido verso traducían siquiera levemente mi dolor, mi indi-
       grafía concreta, la poesía aspiraba no a una mímesis, sino a una  gencia, mi agonía. Abrazado a la taza del baño, después de haber
       re-escritura del universo, como Mallarmé, intentando plasmar el  vomitado mis vísceras, sumido en categórico cinismo del alcohol,
       cielo estrellado en una página de su coup de des…. Claro que ya  interpretaba, en clave de tango, la pretensión de Oswald de Andra-
       entonces sabía que ese intento no era más que la cuerda infinita  de.  Había algo más allá del lenguaje que nos tenía atados, ceñidos,
       a través del cual este ser amarrado al lenguaje intenta alcanzar el  esclavizados. ¿Qué era? ¿En qué órgano, en qué recodo de nuestra
       fondo de su abisal inquietud.  Ya entrados en el celo concretista,  piel, de nuestra carne, pulsaba esa sed, ese desierto?
       otros autores americanos, liberados del peso de la tradición por su   Su ausencia duró semanas, días, horas, minutos, segundos. Y
       origen silvestre, hablaban, más bien, como Oswald de Andrade,  un día, en que a fuerza de ver su fantasma en cada instante, es-
       de abolir el azar con un coup de dents, al estilo de Arlt, que decía  peraba cualquier otra cosa, Florence, como venida de ultratumba,
       que su meta en la literatura era hacer historias que se sintieran  se presentó en el vano verde de la puerta de ese departamentito
       como un cross a la mandíbula…                        de dos habitaciones que rentaba en Warnes y Ángel Gallardo.
          Qué tal si, en vez de hurgar en los significados, para dizque  Hicimos el amor por primera vez, con una furia elemental, como
       restaurar una experiencia perdida… jugamos con su piel, que es  si la más desbocada de nuestras construcciones textuales hubiera
       como en el amor, lo más profundo… Éste es el camino de lo  tomado cuerpo, desencadenando de una vez todo el ruido y la
       concreto, que implica también un axioma: nunca ninguna teoría  furia de la vida.  Sudores y alientos fueron la materia de nuestra
       será tan verde como el árbol de la vida. Es decir: el lenguaje, que  métrica. La textura de sus senos, la profundidad elástica de su
       inerva la trama de lo real, es, en última instancia, incapaz de ago-  vientre, el énfasis rotundo de sus caderas, destruyeron cualquier
       tarlo... y esta incapacidad, este punto ciego, es la fuente última de  retórica. El tiempo mismo se hizo añicos. Milímetro a milíme-
       nuestra libertad, frente a los laberintos de la palabra. Dado que  tro, cada segundo se hizo eterno. Mallarmé no podría abolir el
       nuestro encuentro había sido marcado por el signo de la poesía  azar y mucho menos dar cuenta de un cielo estrellado: no habría
       concreta, teníamos ante nosotros el reto de que nuestro lenguaje  cuerpos sin lenguaje, pero ciertamente el lenguaje resultaba insu-
       fuera cada vez más performativo, es decir, más contundente, mo-  ficiente para traducir los cuerpos.
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