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Florence mágicos conjuros, panaceas exóticas y burdos placebos.
Ella los recibió con benevolencia y hasta probó algunos de ellos,
con manso escepticismo.
Una vez, desesperado, llorando mares, me hinqué en su re-
gazo. Ella me abrazó, conmovida. Sentí su cuerpo enflaquecido,
quebradizo como una hoja seca que se llenaba de humedad y de
vida para confortarme una vez más. Recordé el verso de Celan,
“una red atrapa a otra red, nos despedimos abrazados…” Busqué
sus labios, que me supieron como pétalos de una rosa madura, a
punto de desgajarse. Le subí la falda y me sumí en el oscuro ma-
nantial de su deseo. Cabalgamos como hacía mucho tiempo no
lo hacíamos. Viajamos juntos, entrelazados, respirando nuestro
aliento, haciendo propios los jadeos del otro... y abriendo su cuer-
imagen tomada de www.artchive.com po, mostrándome paso a paso, de la mano, su nueva geografía,
Regresar al internet y a la escritura después de ese encuentro, transformada por la erosión de la enfermedad, Florence me guió,
representaba todo un reto para ambos, que al fin y al cabo, nos una vez más, hacia un torbellino, el último, el fatal.
identificábamos como poetas y estudiosos del lenguaje. ¿Cómo Siempre he sostenido que los mejores orgasmos traen algo
recomponer nuestro diálogo? ¿Qué cosas habían quedado defi- así como una revelación que, como es natural, la vigilia expulsa
nitivamente atrás? ¿Cuáles otras podían ser retomadas y acaso inmediatamente de la conciencia en pos de que realidad y placer
reproducidas, retraducidas en palabras, imágenes, tropos? ¿Qué alcancen la homeostasis que hace posible nuestra existencia co-
deslizamientos habían operado los cuerpos en absoluto silencio, tidiana y la limitada inteligencia que organiza nuestro trato con
en su salvaje, iletrado, intercambio? El proceso entonces fue pa- el mundo. Pero este torbellino me conducía más allá. Había en
recido al del cartógrafo, se trató de recomponer el mapa, después su vórtice un agujero negro, abismo que sólo observé a la distan-
de que la tormenta arrasara la antigua geografía, las penínsulas cia, temeroso de que comenzara a mirarme. Cuando, abrumado,
sucumbieran al embate de las olas y de las profundidades del jadeando, me recosté al lado de mi dama, ella estaba esperando
océano brotaran nuevas islas y continentes. Poco a poco, sin em- mi respuesta a una pregunta muda, que no podía ignorar y que
bargo, nuestros códigos fueron atraídos al campo de la jurispru- podría sintetizarse así: ¿Me acompañas hasta el final? Yo sólo
dencia: definiciones, límites, lugares, fueron demarcando territo- asentí y no hizo falta nada más.
rios, accesos, horarios, permisos, restricciones. Juntos pusimos la mesa, la vajilla, el mantel, los candelabros.
Pareciera como si, habiendo trasladado nuestro diálogo a los Cerramos las ventanas, los postigos, las persianas y nos sentamos
cuerpos, el lenguaje tomara su venganza. La función poética huía a esperar mi cena: su muerte.
de nuestras oraciones y los mensajes se tornaban operativos, re- Entonces, otra vez: ¿Para qué este escrito? Como dije antes,
ferenciales. ¿Dónde?, ¿cuándo?, ¿qué? y hasta algún ¿por qué?, no espero clemencia ni comprensión de los hombres. ¿Cuántos
¿cómo? Estructuras fijas, preguntas y respuestas, cada vez menos jueces conocen de poesía concreta? ¿Cuántos poetas están dis-
espacio para el juego y la memoria… puestos a escribir con sus actos? ¿La misma ley no es un vano
Apenas comenzábamos a tomar conciencia de esa perversión intento de acotar la acción? ¿No es la muerte el mismísimo límite
y no tuvimos tiempo de orquestar nuestra resistencia a la co- de la ley y la escritura? Sí, pero no del lenguaje, en cuyo arca-
tidianeidad. Algo más real, más urgente, que también afectaba no misterio mora la esencia secreta del universo. Comeré esta
los cuerpos de manera irremediable, comenzó a reclamar nuestra noche, como comieron los indígenas amazónicos, los sacerdotes
atención. La muerte había puesto huevos en la herida. Su acerado aztecas y los druidas celtas. La biología no tiene nada que ver
filo se nos hizo presente con los primeros síntomas agudos del en esto, ni tampoco el crimen, cosa que no tendré cómo probar.
cáncer de Florence. Ante el diagnóstico, algunos meses atrás, ella Sólo el amor podría explicar nuestro pacto, ese amor que los se-
había tomado la decisión de evitar todo tratamiento que poster- res humanos rechazaron cuando olvidaron su primer lenguaje,
gara el desenlace -fatal de todas formas- a costa de progresivos el concreto, el creador, el poético. Me alimentarán su sangre, sus
sufrimientos y deterioro. Todo de una vez, era su lema. Y yo, fa- circunvoluciones, sus tejidos. No habrá palabras, pero sí un juego,
tuo e insensato, que había jugado su juego, que me enorgullecía el final, con el destino y la amarga muerte. Y el ahorcado, al fin,
de su valentía, comencé a perder la compostura como un cobarde, estrangulará su cuerda.
ante la evidencia de su partida final. Creo que Hemingway señaló
alguna vez que ni escritores ni boxeadores pueden darse el lujo Mariano Andrade creyó durante algún tiempo que podía estrangular el lazo social a través de la práctica
de perder el estilo, so pena de caer en la lona. Ante la inminen- del periodismo. ahora reconoce críticamente su reinado a través de la docencia, lo brinca con la capoeira y lo
cia de la muerte, mis rodillas comenzaron a flaquear. Consulté re-crea a través de la literatura, convencido, con Mcluhan, de la función anti-ambiental del arte, un artefacto
chamanes, oráculos, yerberos. Como a un altar puse a los pies de destinado a realzar la humana percepción de sus ataduras, en el horizonte siempre utópico de su liberación.
Palabrijes 05 primavera 2010 39

