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Tríptico con



                                  infancia













                             Todos somos lectores, algunos incluso somos lectores de libros y hasta de
                            literatura. Aunque eso no nos hace mejores, vaya que nos hace más fuertes,
                                                   y a veces, también muy felices.


                                                            Por Maya López

                      I                                             era para leer. Y a leer me puse. No recuerdo claramente
                              Lo sorprendente es que haya vida en este planeta.  la trama de todos los textos que leí por entonces, pero
                                                           Mafalda  sí puedo recordar que la mitología griega me llenaba la
                                                                    cabeza de pasiones (creo que aún tiemblo pensando en
                           iempre he amado los libros. Tuve la suerte de na-  Cronos comiéndose a sus hijos o busco un espejo desde
                           cer en una familia que leía, comentaba y escribía  dónde mirar a las medusas actuales), las aventuras de Julio
                      Slibros. Aprendí a olerlos, a hojearlos, a disfrutar de  Verne o de Mark Twain me sacaban de ese mundo terri-
                      sus imágenes mucho antes de descifrar el código alfabéti-  ble de la guerra en el que cada día podía ser el último y
                      co. Mi infancia despertaba con las teclas de la Remington  me llevaban en globo, submarino, barco, caballo, trineo o
                      Rand en que mi hermana mayor o mi madre escribían, o  rompehielos a otros tiempos y lugares; Mafalda me hacía
                      con los estallidos de la guerra de mi país natal, Guatema-  reír locamente a pesar del terror, la anorexia infantil o
                      la. En casa se conversaban en el desayuno las reglas gra-  el desamparo. Más tarde descubrí la ciencia ficción
                      maticales o el número de amigos muertos, la hoja a medio  y viajé por el tiempo y el espacio en múltiples siste-
                      escribir atorada en el rodillo de la máquina, el diccionario  mas planetarios, estrellas y naves espaciales de todas
                      abierto. Mi padre era un desaparecido político, entre otras  clases. A la vuelta de unos pocos años, mi hermana
                      cosas, por los libros que escribía.           me preguntó qué quería ser de grande, yo me puse a
                         Yo aprendí a leer a los seis años de edad gracias a los  pensarlo un momento y le dije que no sabía, que lo
                      esfuerzos de la maestra Conchita que un buen día logró  único que me gustaba era leer. Pero por leer no pa-
                      hacerme entender que cada letra dibujada en la lámina  gan –respondió– todavía por escribir... Cuando años
                      que colgaba del pizarrón tenía un sonido, y que      más  tarde,  viviendo  ya  en  este  mi  nuevo
                      bastaba unir esos sonidos para descifrar lo que      país, me convertí en promotora de lectura,
                      las  palabras  escritas  decían. Todavía  recuerdo   en formadora de lectores, y leía sin cansar-
                      cómo el relajo del salón de clases -donde unos       me ante cantidad de personas para vivir o
                      treinta y cinco niños hablaban y se movían- se detuvo  dictaminaba cientos de libros, sonreía secretamente
                      para mí en esos instantes, cuando el pizarrón lleno de sig-  de haberme salido con la mía y ser lectora de profesión.
                      nos incomprensibles se me hizo inteligible. Fue como si   No imagino mi vida sin los libros, sin las historias, sin
                      lo plano ganara perspectiva. ¡Ja! ¡¿Así que eso era todo?!  la literatura toda, incluso la que no he leído y me espera
                      ¡Haberlo dicho antes! Tardé en aprender a leer lo que tar-  en los anaqueles de mi casa, de la universidad, de tantas
                      dé en memorizar los veintisiete sonidos del alfabeto. Mi  librerías como me faltan por visitar. Deseo ser vieja para
       Las llamadas ‘malas palabras’ son una corriente subterránea dentro de la propiedad de un idioma,
                      hermana mayor me preguntó un día si ya sabía leer, debo  dedicarme a leer y escribir sin prisas, sin interrupciones.
       una corriente poderosa y diversa cuyos elementos pueden clasificarse de varias formas, aquí va una
                      haber asentido porque pronto tuve en la mesita de mi  Imagino una vejez disfrutando a mi esposo, yendo al tea-
       propuesta hecha en el Taller de Lenguaje, Comunicación y Cultura.
                      cuarto varias novelas de aventuras, historietas y algunas  tro, al cine, a tomar café con mis amigos, pero sobre todo
                      revistas ilustradas que me dispuse a leer como si fuera lo  leyendo los diez mil libros que me faltan y escribiendo los
                                                                                     A las putas, tan incomprendidas.
                      más natural del mundo, porque si había aprendido a leer  que me nazcan. Sobreviví a una guerra en la que perdí al
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