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qué sensaciones y recuerdos le había tocado el cuento
          a esta chica. Entre mis pensamientos, me prometí ser
          más cuidadoso con lo que leía. Sobra decir que la co-
          lombiana nunca más regresó.

          3) Los chicos no lloran…
          Para las últimas sesiones, en las que la asistencia fluc-
          tuaba entre 5 y 10 reclusas, decidí leer el clásico Las
          batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. Esta no-
          vela funciona muy bien tanto con jóvenes como con
          adultos, pues a todos les evoca esos primeros amores
          imposibles de infancia y adolescencia en los que sole-
          mos clavarnos. También, los escuchas logran ubicarse
          en el espacio citadino de la colonia Roma y recordar, o
          conocer, la historia de la época, la naciente clase media
          y los elementos culturales que la rodeaban.
            Tenía pensado realizar la lectura en dos o tres sesio-
          nes, intercalando cada capítulo con comentarios sobre
          las referencias históricas y culturales para comprender
          mejor el texto. El problema fue que las lectoras se cla-
          varon en la trama de la novela y, cada vez que intentaba
          abrir la charla, no había participaciones, sólo me pedían
          que siguiera leyendo. Así que no me quedó más reme-
          dio que continuar con la lectura de corrido.
            Entre mi cansancio y la emoción de ver cómo el tex-
          to las había atrapado, llegamos al capítulo final. En éste
          se narra el encuentro casual de Carlitos (el protagonista
          de la novela) con Rosales, el niño pobre, compañero de   reclusas  también      e s t a b a n
          su antigua escuela. La escena que se desarrolla siempre   llorando y tuve que   esperar a que
          me había conmovido hasta casi las lágrimas. En lectu-  el  grupo  se  calmara   para   poder
          ras anteriores frente a grupo había podido contenerme   continuar. Después de   un  rato  de  lloriqueos
          al hacerla por sesiones, lo cual me permitía llegar con   incómodos, y ya más tranqui-  los, terminé de leer el texto
          cierta fuerza para no quebrarme. Pero en esa ocasión, al   con el corazón a flor de piel. En ese momento el silencio era
          leer los capítulos sin pausa, no tuve la oportunidad de   tan denso que casi lo podíamos respirar. No hubo comenta-
          prepararme. Y al empezar ese último capítulo tenía la   rios, tan sólo nos paramos y nos retiramos del salón. Nunca
          sensación de que se abrirían “las compuertas del llan-  más he vuelto a leer ese texto en voz alta a un grupo.
          to”, como diría el poeta argentino Oliverio Girondo.   Frente a estas tres experiencias, cualquiera pensaría que
            En el citado encuentro entre los dos niños, después de   el círculo de lectura fue algo fallido, pues se podría deducir
          varios años de no verse, Carlitos le pregunta a Rosales por   que una experiencia exitosa no compensa dos dramáticas.
          Mariana (madre de su mejor amigo y de quien se enamo-  Yo contestaría que fue todo lo contrario. Las tres experien-
          ra Carlitos, por lo que se le declara, todos se enteran y se   cias muestran claramente el poder de la literatura, si pen-
          desencadena la desgracia). Rosales al principio no le quie-  samos que parte del placer de leer este tipo de textos está
          re contestar, pero ante la insistencia de Carlitos, termina   sustentado en vivir y sentir las diversas emociones humanas,
          contándole toda la tragedia que acompaña a Mariana y su   desde la felicidad de saber que la esperanza nos acompaña
          familia a raíz de que el protagonista abandona la escuela   frente a las tragedias, pasando por la indignación de los ac-
          por el escándalo suscitado. Y ante la frase de Rosales: “Car-  tos reprobables, hasta la tristeza por la desventura de algún
          litos, no pongas esa cara: ¿estás llorando?”, no pude seguir   personaje. En pocas palabras, la literatura, como una de las
          apretando la garganta y mis lágrimas comenzaron a fluir sin   Bellas Artes, nos acerca más a conocernos como seres hu-
          poder continuar con la lectura.               manos.
            El primer problema fue que interrumpí el texto y con
          ello corté el ritmo y la emoción del final de la novela. El   Pablo Gaete  es un apasionado de la lectura en voz alta. ahora, como profesor de
          segundo fue que al alzar los ojos me di cuenta que varias   TeOye, aprovecha para ejercer su pasión leyendo textos literarios a los estudiantes.
          Palabrijes 06 primavera 2011                                                                          23
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