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Lo mejor de las revistas que llegaban al puesto del
mercado es que algunas venían rotuladas con la leyenda
de que no debían ser vistas por menores. El caso es
que yo era un menor y por ende, necesitaba verlas a
como diera lugar. Alentado por la restricción, al poco
tiempo encontré un sitio donde podía acceder a todo
tipo de publicaciones prohibidas con total libertad: la
peluquería.Siempre me ha contrariado que los niños
lloren durante los cortes de cabello, pero el peluquero
de mi cuadra podía haberles dado motivos suficientes.
Era un viejo de 72 años que había decorado su local
con animales disecados y trabajaba en camisa sport.
Nunca hizo nada extraordinario por mi pelo, pero de-
finió como pocos mi conciencia de lector. Sus historie-
tas sobre maestros, traileros, taxistas y toda una amplia
gama de proletarios necesitados de sexo me tenían hip-
notizado. Fue ahí donde comprendí que un cuento está
narrado a contrarreloj y que debe concluirse un minuto en un tipo de detective que se regodeaba en las pistas,
antes que el barbero te eche talco en la nuca. pero que no resolvía ningún caso.
En la peluquería todo era aterrador. Una puerta Alguien que luciera como Horacio Quiroga tenía
daba al patio desde donde llegaban los ruidos de ga- seguramente algo bueno que contar, lo mismo un libro
llos y perros, pero la lectura me instalaba en un espacio con el título de El mundo es ancho y ajeno. Mis intereses
aparte. Iba religiosamente cada mes para leer. Ahí se literarios fueron conformándose a través de los gestos
construyó no sólo mi educación sentimental sino mi de un autor, la seducción de un buen título o de virtu-
ética lectora: leer es malversar el tiempo que deberías des definitorias, como los lentes de Quevedo, las orejas
dedicarle a otra cosa. Lo genial es que leer junto al de Kafka o el pelo de Samuel Beckett. Desde entonces,
barbero era como leerle al ciego Borges: una suerte de mi biblioteca imaginaria tiene una centena de gente
edición comentada. La sabiduría brotaba de sus labios extravagante de la que no he leído ni una sola línea.
cuando había que hablar de los vínculos posibles entre Lo más curioso es que a los diez años no había com-
las chicas de senos grandes y los verduleros de estó- prado aún mi primer libro pero ya cobraba por escribir.
magos prominentes. El último día que asistí a su local, En cuarto grado, las niñas no nos hacían caso ni a mis
aquel viejo selló nuestra relación con una frase con- amigos ni a mí y huían de nosotros como si fuéramos
tundente: “El hombre vive tres etapas, escúchalo bien, una comunidad de leprosos. Entonces yo les propuse a
hijo: en la primera no tiene que pagar para hacerlo; mis compañeros más cercanos que les redactaría poe-
en la segunda, paga porque se lo hagan; en la tercera, mas de amor a cambio de dinero, trato que aceptaron
ni pagando lo puede ya hacer”. Así de simple, así de sin rechistar. Por supuesto, ganaba poco por cada texto,
exacto, así de verdadero. pero ese trueque me dio algo más importante: la sensa-
Para ese tiempo a mis papás les pareció buena idea ción de que –en alguna parte del mundo– alguien podía
comprarme seis tomos de la Enciclopedia Metódica La- estar tan desesperado como para pagar por algo que
rousse, principalmente porque cayeron víctimas de la yo había escrito. Bajo esta experiencia subyace la idea
elocuencia de un vendedor ambulante. Las enciclope- de que la ficción es tan necesaria que uno puede ha-
dias dan la impresión de ordenar el caos, su función cer de todo para obtenerla, incluso eso que más define
es decir mucho en el menor número de páginas. De nuestro contacto con la realidad: el desembolso. Años
ahí que toda enciclopedia sea una ciudad sobrepoblada después, este gesto fenicio desarrollaría mi compulsión
cuya mayor virtud es no presentar embotellamientos. por comprar libros que nunca iba a leer y me llevaría a
Tras semanas y semanas de lectura, sumergido en el descubrir maravillosas novelas solamente porque esta-
tomo III sobre Literatura Universal, acumulé nombres ban en la caja de saldos.
de autores, títulos, historias, pero más que eso, descubrí Falta un último elemento que resolvería mi gusto
el placer de los indicios. En pocas palabras, me convertí por los libros. Estoy hablando naturalmente de la tele-
Palabrijes 06 primavera 2011 3

