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Cien años de soledad





          o los manjares de la plenitud





          Ésta es la historia de cómo un libro que lleva la soledad en su centro se puede volver compañía
          perdurable, alimento vital o lugar de encuentro en los momentos más críticos.





          Por Alicia Pastrana





                 o cabe duda que las grandes obras literarias, que
                 van quedando en el ser como un sedimento que
          Ninvade la inteligencia y los sentidos, son, como
          bien reza el lugar común, alimento para el alma. Pero hay
          textos  que  producen  la  experiencia  excepcional  de  ser
          también nutrimento para el cuerpo y se alojan en él en
          forma de uñas, pelo, huesos, tripas, corazón.      a novela magistral de García Márquez narra la historia de la familia fun-
            La primera vez que leí Cien años de soledad era una   dada  por  José  Arcadio  Buendía  y  Úrsula  Iguarán;  estirpe  que  estuvo
          adolescente. Lo descubrí en la librería y lo que me llamó   Lcondenada a vivir cien años de soledad, hasta el nacimiento del último
          poderosamente fue la edición: un hermoso libro de pasta   Aureliano, quien cierra el ciclo de condena eterna, pues fue el primer Buendía
          dura, blanca y brillante, con la sugerente imagen del ga-  procreado en el amor verdadero.
          león de Mauricio Babilonia que abarcaba toda la portada.   José Arcadio y su esposa Úrsula son los padres de José Arcadio, el hijo
          Era un libro de bella factura que me llevó a la urgente ne-  mayor, del coronel Aureliano y de Amaranta, la menor. De ellos nacerán cuatro
          cesidad de poseerlo aunque fuera simplemente así, como   generaciones que se irán relacionando y procreando entre ellos mismos, salvo
          cosa bella, porque no podía adivinar mi futura relación   algunas excepciones. Esta pareja, acompañada por otros esposos, mujeres y
          con él en diferentes momentos de mi vida. Cuando em-  niños, cruzan la sierra y en un lugar desierto del Caribe fundan el pueblo de
          prendí la lectura, me sumergí, aquella primera vez, en un   Macondo; el pueblo crece con ellos y es testigo de la intensidad con la que
          mundo extravagante y complejo, en donde los personajes   viven sus propias historias los descendientes de la pareja.
          confundían lo milagroso con lo natural y vivían la vida   La historia queda conservada en la memoria gracias a los pergaminos de
          cotidiana como un cúmulo de maravillas, como sucede   Melquiades, un mago mezcla de alquimista y profeta, quien transcribe, como
          en Macondo, enclavado en un rincón del Caribe, cuando   crónica anticipatoria, la fundación, el destino y la aniquilación de la estirpe. Las
          Aureliano Buendía recuerda que, en una tarde remota “su   relaciones de pasión-amor-odio más fuertes se darán en el transcurrir de cua-
          padre lo llevó a conocer el hielo” (p. 9). De aquella prime-  tro generaciones que establecen relaciones carnales entre sí y perpetuan has-
          ra lectura recuerdo cómo me angustiaba perderme en la   ta el fin los nombres y las creencias, como sucede con las dinastías. La historia
          maraña genealógica de los José Arcadios y los Aurelianos   personal de los Buendía va configurando la historia de Macondo, del Caribe y
          y cómo me esforzaba en comprender fenómenos que no   de América. Macondo sufre la guerra civil, las contradicciones del progreso y
          tenían que pasar por la razón sino ser aceptados, sólo por   la devastación de la tierra provocada por la irracional explotación del banano.
          su sorprendente belleza, como un acto de fe. Por éste y un   Pero esa historia, si bien se mira, trágica, está marcada por el aliento descomu-
          montón de tropiezos más provocados por mi impericia,   nal de la vida, que toca a los personajes, y a los lectores, con la conmoción que
          me sometí a la impaciencia de querer devorar y obligar-  sólo produce lo extraordinario.
          me a detenerme para digerir. A pesar de que sentí ese
          ejercicio como andar de prisa por un sendero pedregoso,
          la visión del paisaje textual por el que caminé fue sufi-
          ciente para procurar vivir hasta el presente en compañía
          de las obras del autor.
          Palabrijes 06 primavera 2011                                                                          49
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