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cada, le tomaría muchísimas páginas, además de que no
 se ganaría en claridad, pues los grandes razonamientos
 se verían obstaculizados por infinidad de minucias; sería
 como tener un mapa en una escala demasiado grande,
 un mapa que fuera casi de tamaño real y que reprodujera
 cada grieta del pavimento, cada bache recién tapado: de
 poco serviría.   La dan za de las letras
 Recuerdo que en los primeros semestres de la carrera
 yo soñaba con escribir un cálculo más o menos sencillo,
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 digamos  el  de  la  derivada  de f(x)=3x ­5x,  sin  recu rrir  a
 nada más que axiomas y definiciones. Es decir, no usarí a
 re sultados  auxiliares  de  ninguna  especie  (ni  teoremas  ni   Este texto es el testimonio personal de una
 escritora sobre su relación con la caligrafía,
 corolarios ni lemas), sino que lo probaría todo de acuerdo
 con las reglas más elementales del juego matemático. Nun­  la máquina de escribir y la laptop. He aquí los
 ca lo hice. Meses más adelante entendí que mi flojera por   detalles mínimos que forman parte de su
 es cribir con tanto detalle estaba plenamente justifi  cada y   rutina creativa.
 que mi idea de entender todo en todo momento era como
 querer ver el bosque y todas las hojas de todos los árboles
 en un solo instante.   Por Mónica Lavín




 Q uedaron atrás los días de caligrafía. Los echo de   También  echo  de  menos  el  sonido  de  la  máqui  na  de   Escribo de mañana, con la luz que nace, con el olor y
 Ser conscientes del nivel de condensación de esta ciencia   menos. Cuando escribía mis cuentos dibujan­  escribir. Esa constancia rítmica de que el trabajo cre cí  a. De  el sabor del café despertándome, acompañándome. Me
 nos hace ver en su justa medida la dificultad de leer una   do la letra en libretas a rayas, Scri be, no había   que el trabajo sucedía, que un mundo de palabras se te jía a  gusta la hora antes de que la quiebren las palabras que se
 página llena de expresiones matemáticas; saber que dice   otras.  Una  caligrafía  Palmer  cuyos  ejercicios  de  apren­  merced de un pulsar. El hacer me acercaba al herre  ro, al car­  intercambian, los teléfonos que suenan, la insistencia del
 más que una cuartilla de texto nos da la tranquilidad ne­  dizaje ocuparon muchas horas de la primaria. Una letra   pintero, a los oficios cuyos afanes producen soni  do. Martillear  mundo. Pero como no siempre se pu ede tener esa dicha,
 cesaria para estudiarla con calma: tal vez no basten cinco   esmerada extendía el ansia de mis yemas, la imaginación   la teclas para que los personajes respiren y una tar de se vuelva  escribo cuando se puede. El café es del bueno, expreso,
 minutos o una tarde completa para entenderla.  adolescente, y la volcaba nítida en el pa pel. Grata. La letra   color toronja en el papel. Pasaba los cuentos de la libreta legi­ primero con leche, luego sólo negro con un chorrito que
 Desde el punto de vista de la escritura, este análisis   manuscrita es hermosa. Conservo las libretas Scribe don­  ble al papel blanco que salía de la Olivetti. Era una máquina  lo pinte (café con lágrima le dicen en Buenos Aires, gran
 nos hace ver que tampoco es necesario escribir demasia­  de leía las historias allí escritas a mis amigas. Historias de   de escribir de mi padre, portátil (aunque era demasiado pe­  nombre). Y si puse a Brahms o a Händel para arrancar,
 do. Hay gente que dedica años de su vida a poder escribir   amor. Un tan to cursis si se miran desde el hoy. Teñidas   sada para los tiempos actuales), de niña había jugado con ella  luego los olvido. Cuando salgo del arrebato escritural, no
 un teorema de un par de párrafos. Desde luego, ese par de   de lecturas de cómics desde Archie, Susy: secretos del cora-  a la secretaria. Me gustaban los clips, los fólders, los sobres  sé en qué momento dejó de sonar la música. Pero es rito
 párrafos no está solo: es la gota de miel que resulta de un   zón has ta los de Yolanda Vargas Dulché, en sepia, que mi   Manila. Ir a las papelerías. No sé si ésos eran presagios de mi  de comienzo, como la taza roja para el café. Como el café
 trabajo de mucho tiempo, es el resultado de una inmer­  herma na y yo leíamos a escondidas: Gabriel y Gabriela.  inclinación por la escritura. En La más faulera me di gusto  que debo beber ya esta mañana, para poder terminar y
 sión en el mundo matemático y su lenguaje.   Mis primeros cuentos fueron a mano, después de los   haciendo a la familia de Andrea dueña de una papelería, don­  revisar estas palabras.
 Las matemáticas sí dicen, y dicen mucho, pero muy   tiempos de la novela ro sa quinceañera. Si se me ocurrían   de ella trabajaba en las vacaciones abriendo el sin fin de ca­  Ha habido días en que no sé por qué estoy escribien­
 brevemente. Para entenderlas, hay que aprender a leerlas   durante una clase allí los empeza ba, si era en unas vaca­  joncitos donde se guardaban borradores, escuadras, puntillas.  do una novela, en que tengo ganas de es tar junto a una
 (en un principio) y a escribirlas (un poco más adelante).   ciones tenía el cuaderno, si era en algu na espera los podía   Quizás por esa nostalgia por la máquina de escribir, la   piscina y no haber escogido este oficio que me sa ca las
 Si somos buenos lectores de matemá ticas, será porque sa­  plasmar. Y los podía descifrar. Suce de que mi caligrafía   laptop me resulta querible, es más extensión mía que una  tripas, que me pone los ojos en el tendedero, que me vul­
 bemos reconstruir extensio nes gran des del conocimiento   escolar, a fuer za de tecla  do de computadora, se ha des­  computa dor a gran de y fija. La laptop se parece a la libreta  nera y me exige en medio de la incertidumbre. Entonces
 a partir de unos cuan tos sig nos, será que somos hábiles   compuesto, o se ha vuel  to indescifrable para la de la plu­  con la ventaja de que escribe con la que llamamos letra de  pienso en bailar, en que debo combinar escribir con bailar.
 Aladinos  que  despiertan  poderosos  genios  a  partir  de   ma: yo. Tengo libre   tas de todos colores y tamaños. Me   imprenta, y la podemos acomodar en el espacio a capricho.  Tal vez lo haga más seriamente, para recuperar la caligra­
 ligeras lámparas de aceite. Si escribimos bien, será que   encantan. Prefi ero las rojas. Las uso para apuntes menu­  Editamos y vemos cómo queda. Sin tirar hojas, ni borro­  fía de los pies, el ritmo de la máquina y el vaivén sensual
 sabemos distinguir lo vivo de lo muerto, el esqueleto eter­  dos. Algunas líne  as esbo za das que son gérmenes de cuen­  near, ni usar el corrector. Es afortunado invento. Tampoco  de las historias por nacer.
 no de la carne efímera; será que sabemos domar genios   to, o la escaleta y notas que acompañan mi novela y su   puedo vi vir sin ella y temo siempre su descompostura o su
 y —sin matarlos—transformarlos en letras que a su vez   progreso. No podría vivir sin ellas. Cuando me falta una   pérdida. No siempre tengo la precaución de respaldar todo
 permitan al iniciado volver a crearlos.  libreta en la bolsa voy como sin llaves de casa, sin tubo de   y ya conozco la zozobra de no encontrar una novela, de
 labios, sin Kleenex. Son cotidianas y secretas, son mi en­  haber apretado algo que mandó las 200 mil palabras a un
 Sael codifica y decodifica la ciudad desde las dos ruedas de su bicicleta, siempre que el   cuentro con la caligrafía, con esa tinta sangre del corazón   limbo que sólo los expertos han conseguido recuperarme
 tiempo y las distancias lo permiten.  que sigue siendo la letra a mano.  (y devolverme el aliento).  Mónica come ostras y bebe vino; en sus ratos libres lee, escribe y comparte el oficio.

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