Page 64 - P07
P. 64

EL SEGUNDO                                                                                                                De pronto Raquel se avalanzó hacia las manos de Pedro  taba de ellos dos, de su relación, de cómo se conocieron. La


                                                                                                                                   Al salir de la carpa, se miraron fijamente, pensativos.  días pasaban y él escuchaba atento las historias que le con­

                                                                                                                                 intentando  quitarle  el  sobre,  pero  él  alcanzó  a  alejar lo,  mirada de Pedro era de total desconcierto.
       aUtObúS                                                                                                                   dio media vuelta y se echó a correr. Se rieron hasta lle­  hospital y ponerse el abrigo, cayó el sobre. Cuando se aga­
                                                                                                                                                                                   Dos semanas después lo dieron de alta y al salir del
                                                                                                                                 gar a casa, Raquel siempre luchando por quitar le el so­
                                                                                                                                 bre, Pedro, evitándolo. Aun estando en cama, el suceso les  chó para levantarlo, Raquel le contó:
                                                                                                                                 pareció divertido y el sobre terminó sobre el buró de él,
                                                                                                                                                                                   —Hace quince días fuimos a una feria, nos di vertimos
                                                                                                                                 cerca de Raquel pero lejos de sus manos. Entre juegos, se  mucho. Una vidente te dio este sobre ¿lo recuerdas? Has
                                                                                                                                                                                de  saber  que  cada  año  vamos.  El  próximo  será  mucho
                                                                                                                                 quedaron dormidos.
                                                                                                                                   Pedro abrió los ojos cuando sonó el despertador, se  mejor que éste, ya lo verás.
                                                                                                                                 le vantó y comenzó a prepararse para regresar al rit mo se­  Pedro, en su intento por recordar algo, sacó el papel del
                                                                                                                                 manal del trabajo. Después de una cálida ducha y listo  sobre y leyó las siguientes líneas: “Existen distintas formas
                                                                                                                                 para salir de casa, le dio un beso de buenos días a Raquel  para mostrar la ve racidad de mis prácticas y el dominio
                                                                                                                                 y ella respondió con una sonrisa, se acomo dó boca arriba  de los sueños en aquellos que no creen es mi especialidad.
                                                                                                                                 y le dijo:                                     Así te muestro la realidad de mis creencias. No te preocu­
                                                                                                                                   —¿Tomarás el sobre, lo leerás? Anda, diviértete. Vea­  pes, joven: los sueños, sueños son. No ha pasado nada.”
                                                                                                                                 mos qué dice.                                     El sonido del despertador hizo que Pedro abrie ra los
                      ¿Sabes lo que es el                                                                                          —Ahm, creo que como parte de la diversión te de­  ojos. Estaba exaltado, demasiado agitado. Raquel, con aquel
                      suspenso? He aquí un relato                                                                                jaré en suspenso, lo leeré abajo —le respondió mientras  sobresalto, también se inquietó y, tras caricias y abrazos, tra­
                      en cuya intriga se cifran                                                                                  guardaba el sobre en su abrigo y cerraba la puerta de la  tó de calmarlo.
                      azar, decisión y destino.                                                                                  habitación.                                       —No te preocupes, amor —le dijo Pedro— fue sólo
                                                                                                                                   Cuando llegó a la sala, abrió el sobre y comen zó a leer,  un mal sueño, una larga pesadilla. Se pasará si me doy un
                                                                                                                                 su rostro se tornó serio. La nota termina ba con una pre­  buen baño.
                      Por Idamis Rosado                                                                                          gunta que en su mente comenzó a dar vu eltas: “¿Tomarás   Abrazó a Raquel y la besó con gran alivi o. Cu ando se
                                                                                                                                 el primer autobús?” Después soltó una carcajada nerviosa  sentó a la orilla de la cama, vio el sobre en el buró, justo
                             omo  todos  los  años,  Pedro  y  Raquel  se  pre­  ria: una señora gorda, morena, siempre vestida de rojo,   y sin más, volvió a guardar el papel en el sobre, el sobre  donde lo había dejado antes de dor  mir. No quiso espe rar
                             pararon para ir a la feria del barrio; para ellos  con largos faldones y muchos collares y pulse ras, nada   en su abrigo; abrió la puer ta prin cipal y salió de la casa.  más para saber lo que aquella mu jer ha  bía escrito y le pidió
                      Cera todo un ritual. A la feria iba gente de ba­  que  no  representara  el  vestir  de  una  adivina.  Tení a   Estando ya en la parada del autobús, vio que el trans­  a Raquel que abriera el sobre y lo leyera. Por supuesto, ella
                      rrios vecinos y de algunos lejanos, la mayoría en grupos  fama, pero la había adquirido más por ser una mujer   porte público se acercaba y la gente le hacía la pa rada.  aún creía que ese suceso con la vidente no significaba nada,
                      de amigos, pero ellos siempre iban solos y su diversión  a gradable, servicial, simpática, con una mirada que a   Cuando se detuvo frente a él, observó cómo la gente lo  se guían siendo pa trañas, cosas sin sentido. Sin embar go, los
                      podía extenderse hasta altas horas de la noche. Primero  todos infundía tranquilidad, que de sus consul tas y pre­  abordaba y en la puerta se quedó pensati vo, in móvil, in­  ojos y la mi ra da de Pedro reflejaban miedo, temor. Así que
                      llegaban a cenar. Comían de todo: quesadi llas, pozole,  moniciones, de las que nadie hablaba. Ella, sin embar­  deciso. El chofer del autobús le dijo un tanto de sesperado:  se re incorporó en la cama y leyó en voz alta: “Después del
                      elotes,  tamales,  buñuelos…  Cada  uno  pedí a  cosas  di­  go, sos tenía que lo que sabía lo había aprendido de sus   —¿Va a subir o qué, amigo?        sueño de esta noche... ¿Tomarás el pri mer autobús?”
                      ferentes y después las compartirían. Era una ver dadera  an tepasados y que eran prácticas reales que se habían   —Oh, sí, lo siento —respondió, y tras otro segundo de   Pedro nunca había sido supersticioso, pero en ese mo­
                      fiesta culinaria. Después, caminaban por mucho, mucho  conservado a través de largas generaciones.         indecisión, subió los escalones, pagó y tomó un asiento.  mento la duda germinó. No podía dejar de pensar en el
                      rato para aligerar la comida, porque lo si guiente eran los   Cuando estuvieron dentro, la anciana les dio la   Cuando Pedro volvió a abrir los ojos, se encon tró en  sueño. Mientras se duchaba recordaba cada una de las es­
                      juegos mecánicos. La locura total: Raquel no dejaba es­  bienvenida  sin  voltear  a  verlos  siquiera,  pero  con   una habitación de hospital alumbrada con una tenu e luz  cenas. Cuando estaba listo para irse se acercó a Raquel y,
                      capar ni uno solo y Pedro podía pasar mo mentos exorbi­  un  tono  lleno  de  amabilidad.  Los  invitó  a  sentar­  que no le permitía distinguir los detalles. No habí a na  die  después de darle un beso de buenos días al que ella res­
                      tantes al lado de su compañera. Se de leitaba mirándola  se y cuando levantó la vista sus ojos se encontraron   ahí y el cuerpo le dolía tanto que apenas podí a mo  verse.  pondió con un abrazo y una sonrisa, salió de la casa para
                      sonreír por toda la feria, escuchar la decir cualquier boba­  con los de Raquel. Le dirigió una amigable sonrisa y   Deseó irse, sólo que no recordaba dónde vivía y tampoco  di rigirse al trabajo. De pie en la parada del autobús, vio que
                      da que se le ocurría. Se divertían mucho.     luego su mirada se posó en Pedro. Tras segundos de           cómo había llegado a ese lugar. Tenía frío. Ja ló las sábanas  el primer transporte se acercaba e hizo la parada. Se que dó
                         Una  de  las  zonas  favoritas  de  Raquel  era  la  de  silencio, ella les dijo:                       para cubrirse hasta la cabeza y para tra tar de esconderse  frente a la puerta, pensativo inmóvil, indeciso. El cho fer del
                      juegos de destreza y extrañezas. Siempre convencía a   —No tiene sentido realizar en este momento una      del desconcierto que lo acosaba. Vol vió a cerrar los ojos.  autobús lo miró un tanto desesperado.
                      Pedro de jugar a las canicas, a los dardos o aros; de  práctica, ninguno de los dos cree en esto. Pero a ti,   Lentamente la luz del día comenzó a iluminar el cuarto   —¿Va a subir o qué, amigo?
                      entrar en la casa de los espejos, de visitar a los seres  joven, te mostraré algo que te haga dudar.       y a dar un poco de calor. Escuchó cuando algui en entró en   —Oh, sí, lo siento —respondió, y tras otro se gundo de
                      extraordinari os. Cuando estuvieron frente a la carpa de   Pedro se encogió de hombros y volteó a ver a Ra­  la habitación, pero sólo hasta que se decidió a mirar pudo  indecisión, subió los escalones, pagó y tomó un asiento.
                      la mujer vidente, por primera vez ella le rogó que entra­  quel, sonriendo. La anciana tomó una pequeña hoja de   comprobar que alguien estaba ahí. Era una mujer delgada,
                      ran. Para ambos eran patrañas y ya en años anteriores  papel y escribió unas líneas, la dobló y la metió en un   de cabellos rojos y rizados, de ojos gran des y boca pequeña.
                      habían pasado de largo sin darle importancia. Sólo que  so bre. Cuando se lo dio a él, se limitó a pedirle que lo   Ella le sonrió y acarició su frente pero cuando le preguntó
                      en esta ocasión Raquel se emocionó tanto, que conven­  le yera hasta el siguiente día en la mañana, antes de salir   cómo se sentía, Pedro no pu do contestar. En realidad él no  Idamis es adicta a estar en su casa, a disfrutar de su espacio en silencio, aunque a veces
                      ció a Pedro de entrar.                        de casa, o no tendría sentido. Cuando se despidieron, la     dijo nada porque no tenía nada qué decir. No reconocía a  le da por cantar. Creía que la narrativa era un mundo por conquistar, pero en la carrera de
                         La mujer vidente era la más anciana de toda la fe­  mu jer les respondió con una mirada llena de sonrisas.  la mujer que tenía en frente y que lo trataba con cariño. Los  Creación literaria se descubrió conquistada por ella.
      62                                                                                             Palabrijes 07 otoño 2011   Palabrijes 07 otoño 2011                                                                               63
   59   60   61   62   63   64   65   66   67   68