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Escribir, vivir                              La escritura es delirio: una experiencia en donde






                                              las heridas juegan, una pasión en busca de un sentido,
                                              un modo de vislumbrar la imposibilidad.





 Nunca fui más yo que cuando dejé de serlo. Soy im­  madre, los complejos, los traumas, los delirios moleculares  ploración del deseo se transformó demasiado pronto en
 preciso: nunca fui más que dejando de ser yo. No, aún no:   ni las patologías personales. No fue la inseguridad, ni los  explosión de intensidades que, por inexorable, fue capaz
 nunca se fue más que dejando de ser yo —mejor, pero la   caprichos, ni los berrinches, ni las exigencias absurdas e  de quebrantar las más sólidas prudencias. ¿Cómo afron­
 imprecisión persiste—. No soy yo, no quiero serlo, no puedo   imposibles  de  cumplirse.  No  y  tres  veces  no  —aunque  tar estas mutaciones experienciales? La respuesta que se
 serlo. ¿Quién es yo? No lo sé. Estúpida gramática. Estúpi­  fastidiara, aunque doliera, aunque hartara—, no fue eso  atisba de la mano de Baudelaire es ejemplar e irreversible,
 do verbo, estúpido sujeto. Cómo se extraña la embriaguez,   —porque hasta eso se gozaba—. No fue la superficie, fue  casi un imperativo: hay que estar siempre borracho. De
 el delirio, el placer, lo afrodisíaco, el ánimo tintineante   algo más complejo, más profundo. Fue el delirio, el deli­  ida y de venida. Una y otra vez, para soportar, sobrellevar,
 y los furores que en la experiencia volvieron mutantes a   rio cósmico, el sinsentido del mundo, el azar de la fuer­  crear, danzar y festejar. No sólo en la tristeza, sino en la
 quienes los padecieron. Afección, afectación, convulsión:   za, la estupidez humana, ese delirio que paradójicamente  alegría: hijas de la misma estirpe. Porque ella —la em­
 pathos. Salir de sí. Salir violenta y placenteramente de sí,   también los unió; ese delirio palpitante que los mantiene  briaguez— fue la que hizo posible el encuentro; y ahora
 salir con vehemencia feroz al encuentro de lo inesperado,   cautivos buscando salidas y tejiendo fugas de trágica ur­  —quizá falazmente, pero qué importa— ella tiene que
 de lo otro que ya se es pero se desconoce. Cómo se extra­  dimbre. Fue la estúpida incapacidad de desear con clari­  hacer posible el desencuentro, la huida, el exorcismo.
 XXX  ña eso. Se extrañan las noches, los días, los amaneceres   dad y construir agenciamientos favorables para hacer fluir   Que no se imponga el error: embriaguez, no embru­
          al deseo. Tristeza. Tenían hambre, no supieron comer. Fue  tecimiento o, al menos, no siempre. La embriaguez no es
 trémulos, la impaciencia impertinente por estar un poco
 más, y la alegría desenfrenada omnipotente contra toda
 ley. Se extraña el abismo de la mirada, la certeza de que en   su misma fuerza estridente la que les cambió el rumbo, la  un consuelo, ni promueve el olvido, ni mucho menos es
          asfixia ensordecedora del deseo imprudente en su impla­
                                                         una salida falsa; es una forma de conocimiento. En ella se
 ese abismo se tejen fantasías de la más indecible belleza   cable palpitar. Líneas de fuga colapsadas por falta de sa­  abren y se consuman los procesos, fluyen los sentimien­
 Por Bily López  y creaciones inconexas y asombrosas de lo que está en el   biduría, quizá por comodidad, por disimulos imbéciles e  tos y explotan las pasiones. La embriaguez, ante todo, es
 por­venir. Se extrañan los fluidos, el tacto, las ilusiones,   intransigentes que terminaron por llevarse todo al carajo.  un estado reflexivo de brutal intensidad; ella nos instala
 la certeza del manantial inagotable, la cabeza ensortija­  La fuerza se fue, se dio a la fuga, en un acto esquizofré­  en un estado de transparencia ineludible hacia nosotros
 da  —enigmática  urdimbre—  como  laberinto  dactilar.   nico por conservar la vida. Empecinados por encontrarse,  mismos. Hay que saber escuchar. Hay que ser temerario.
 Se extraña. Mucho. Se extraña esa vida de posibilidades   se perdieron. Edipo descifró a la Esfinge y entró a Tebas  Lo que encontremos en ella puede ser terrible. La felici­
 infinitas, lo cotidiano, lo sensible, lo más palpable y lo   a cumplir la tragedia. No hay culpables.  dad es más feliz en la embriaguez, la tristeza más triste,
 más lejano y metafísico. Una sonrisa, la música, la bebida,   Estúpidas explicaciones, nunca darán con la cosa. Es­  la miseria más miserable. Los cambios anímicos —o las
 las substancias para la mente y el alimento para el alma.   túpida memoria selectiva. ¡Qué me importa! La fuerza se  persistencias— que ocurren en la embriaguez trazan ho­
 Ahora predomina la tristeza, el dolor, la impotencia. Estú­  fue. Estoy agotado… ¿qué objeto tiene todo esto? La viven­  rizontes a los que es preciso poner atención, pues a través
 Extrañar es tener la sensación lúcida de haber sido otro.  pida vida, se colapsó.   cia ensangrentada e infectada supura en la escritura. No  de ellos es que puede ocurrir una auténtica apropiación
 Jezreel Salazar, Reiteraciones, ecos.  Las pasiones se encontraron, las fuerzas se cruzaron,   escribir no es un remedio. Habrá que emborracharse…  y transformación de la experiencia. Pero aún queda más.
 se amaron, se acariciaron violentamente y se dañaron, se   Tienes que cogerte a muchas mujeres / hermosas mu­
 Toda escritura es una MARRANADA   hirieron con heridas mortales, irreversibles. Los impulsos   II  jeres —dice Bukowski—. Y no olvides tu Brahms / ni tu
 (es decir, se descompone en trozos ruidosos,   se  sonrieron,  coquetearon,  se  quisieron  inseparables  de   Hay que estar siempre borracho —recomienda Baude­  Bach ni tu / cerveza —añade—. La cerveza es sangre que
 alimenticios y excrementales)  una vez y para siempre, se mostraron la indistinción en­  laire—. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo, que  fluye / una amante constante —continúa incontestable—.
 Gilles Deleuze,  Lógica del sentido.  tre todas las cosas —se regodearon en ella—, se hicieron   destroza vuestras espaldas y os inclina hacia el suelo, es pre­  Sí, claro, coger, beber, ahogarse. ¿Queda algo más para
 fuertes, orgullosos, de-mentes. Firmaron su condena en su   ciso emborracharse sin tregua —añade con clarividencia—.  poder vivir? ¡Claro que hay más! ¡Y el borracho lo sabe!:
 I  sordera, en su ceguera, en la fuerza misma del impulso   De vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo —agre­  Consíguete una gran máquina de escribir / y mientras
 vital que construían afanosamente, en el descuido impru­
          ga—. Si no se es amigo de la poesía, y mucho menos de  caminas para arriba y para abajo / afuera de tu ventana /
 … y es que de pronto la vida se convirtió en un problema.   dente de la perpetuidad ilusoria y la propiedad invasiva.   la virtud, queda una vía por explorar. Habrá que obedecer  dale a esa cosa / dale duro / haz como si fuera una pelea
 Un cuerpo, dos cuerpos, tres, cuatro, veinte, ningún cuer­  En su frenética danza armoniosa les ganó la inocencia, y,   concienzudamente a la sabiduría maldita.  de peso completo / mata al toro antes de que te embista
 po. Un trozo de escritura impostado a una vivencia. ¿Qué   por qué no, la torpeza: se descuidaron, fueron cogidos por   Y es que el hastío del mundo es una mierda. Aquello  —concluye—.
 es lo que se ha vivido? De algo se puede estar seguro: no   sorpresa. No fue el orgullo, ni el fastidio, ni la cantidad   que irradiaba luz e inocencia se transformó impercepti­
 fui yo quien lo vivió. Algo aconteció, ¿qué?, ¿cómo? Aún   infame de mentiras terribles o inocuas que tuvieron que   blemente en opacidad e impaciencia; aquello que pare­  III
 se sigue buscando. ¿Cómo encontrarlo? Quizá contando   haberse contado, o confesado. No señor, eso qué importa.   cía alado, veloz, dinámico e inagotable, devino en el más  Manos invisibles —delicadas y monstruosas— modelan
 una historia, rememorando, es decir, seleccionando, orga­  No fue la rabia, ni el marasmo, ni los celos concupiscentes   rastrero, inmundo e inacabado patíbulo de la experiencia;  la experiencia, la estiran y la contraen, la hacen pedazos y
 nizando, e ignorando, es decir, inventando.   que permanentemente acecharon. No fue el padre o la   aquello que comenzó como una osada y palpitante ex­  la vuelven radiante, quebradiza, anfibia, o todo lo contra­
 4  Palabrijes 07 otoño 2011   Palabrijes 07 otoño 2011                                                          5
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