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no es la primera vez que los escritores se muestran renuentes a la cibertecnología.
Tampoco es la primera vez que las transformaciones tecnológicas permiten que
la literatura produzca innovaciones estéticas.
Por Alberto Chimal
ntes de hablar de literatura debo hacer un ro- teclado QWeRTY de lado a lado, de arriba abajo, del cen-
deo: hablar de los cambios en la escritura a se- tro a los extremos y viceversa.)
Acas a comienzos del temprano siglo xxi. Estoy El paso de formar signos a mano a marcarlos di-
en una posición privilegiada para discutir el tema, aun- rectamente en el papel, por así decirlo, no implicaba
que sólo por casualidad: soy de las últimas generaciones un acercamiento mayor a la escritura como actividad
que no tuvieron computadoras en su educación básica; habitual ni mucho menos como actividad comunica-
crecí, como millones, con la idea de que la máquina de tiva o expresiva. No sólo el énfasis en mecanografi ar
escribir era el límite de lo posible. adecuadamente era más pesado y desalentador que las
Descubrir las nuevas tecnologías y adaptarse a ellas, páginas de círculos y líneas que eran los primeros pa-
como tuvimos que hacerlo entre mediados de los años sos de la caligrafía a mano: además, las máquinas de
ochenta y el comienzo del siglo xxi, no fue fácil. No se escribir no aparecían con tanta frecuencia en la vida
ha escrito aún el texto de microhistoria que discuta y cotidiana como aparecen hoy las computadoras perso-
fi je defi nitivamente esa experiencia colectiva, irrepeti- nales y, en todo caso el trabajo mecanográfi co estaba
ble, pero éste es un buen momento para hablar de ella asociado estrictamente con un objetivo preciso —crear
y notar, por lo menos, lo signifi cativa que resulta: de documentos legibles— que en general no se presentaba
hecho, en los últimos veinticinco años —el periodo del con frecuencia más allá de la escuela.
ascenso del libro y de la edición electrónica— la escri- Únicamente quienes estábamos interesados en la
tura (incluyendo por supuesto la escritura literaria) ha escritura aparte de las obligaciones más inmediatas lle-
sufrido modifi caciones al menos tan grandes como la gábamos a pensar en otros propósitos para la máquina
publicación y la lectura. —y para la pluma, aunque sospecho que nadie pensaba
Aprender a escribir al comienzo de aquel periodo ya en la escritura “a mano” como aplicación de una tecno-
implicaba el uso de dos tecnologías diferentes, comple- logía—. Este interés ya era antiguo, de hecho, e impli-
mentarias pero sólo de forma imperfecta y azarosa. Pri- caba cierta mística de los aparatos de escritura que se
mero, la educación básica enseñaba la escritura a mano, conserva todavía en el lugar común de la pluma de ave
que para los años setenta utilizaba la letra de molde en y el tintero, obsoletas desde el siglo xix, como emblema
vez de las ligaduras tradicionales, pero de todas formas del escritor. En el siglo xx, a esa imagen se agregaron
implicaba un acercamiento despacioso y gradual a la las fotografías y relatos, fetichistas y fascinantes, de los
composición de los signos y ponía un gran énfasis en autores con sus máquinas de escribir.
la caligrafía; luego venía la máquina. Al menos en el De la prevalencia de esa mística —del tiempo re-
sistema educativo mexicano, las clases de mecanografía lativamente largo que la mecanografía llevaba como
solían darse junto con lecciones de taquigrafía en un parte de la cultura, y que la hacía una presencia tan re-
curso de la escuela secundaria; el enfoque, por supuesto, conocible como el lápiz o la pluma— provino la gran
era estrictamente práctico, orientado al trabajo de ofi ci- resistencia al cambio que se vio ante la llegada de las
na y con el objetivo primordial de premiar la velocidad primeras computadoras personales y sus primeros usos
y la efi ciencia. (A todos los alumnos nos mandaban lle- literarios. A mediados de los ochenta Gabriel García
var un cubreteclas, que era un rectángulo de tela opaca Márquez causó polémicas al usar una computadora
que se aseguraba sobre el teclado para obligarnos a es- personal para acelerar la escritura de El amor en los tiem-
cribir sin ver, y las sesiones de trabajo estaban pensadas pos del cólera; en la misma época, cada tanto aparecían
para crear la costumbre de utilizar todos los dedos: eran en periódicos o suplementos entrevistas con autores del
largas repeticiones de series de letras que recorrían el momento sobre “la computación y la electrónica”, y la
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