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donde compulsiva y acríticamente repetimos estos par-  Desde principios del siglo XX, con la Escuela de los   a  criminalizar  al  otro,  a  hacer  énfasis  en  sus  defectos,  como  por  nuestra  moral  y  nuestra  perspectiva.  La
 cos y viciosos presupuestos.  Annales, se pusieron en duda las prácticas, presupues-  crueldades, desvaríos y egoísmos. Si, por el contrario, nos   historia, pues, está por descubrirse.
 Pero la cosa se pone peor, pues este dogmatismo in-  tos, metodologías y pretensiones de la historia; dicha   gobierna la esperanza, la nostalgia o el deseo de regresar,   Siendo  esto  así,  ¿cómo  pensar  la  historia?,  ¿qué
 genuo del que somos presas en el ámbito académico   puesta en cuestión abarcó a la ontología, la epistemo-  con mucha probabilidad recordaremos sus bondades, be-  tipo de fiabilidad le podemos otorgar? La misma que
 termina haciendo mella en la forma en que compren-  logía, la teleología de la historia, y las prácticas histo-  nevolencias y virtudes, así como nuestros errores. La cosa   a nuestra moral. Es una tarea de sospecha perpetua.
 demos al mundo y a nosotros mismos, de modo que   riográficas mismas, con una precisión envidiable. Es en   se complica cuando tenemos sentimientos encontrados,   Esto no significa, claro, que todo vale, pues ahí están
 la rudimentaria metodología con la que nos enseñan   verdad una pena que este tipo de teorías apenas si ha-  pues a lo largo del día nos contaremos historias distintas  los vestigios, los testimonios, el margen de las interpre-
 a mirar el pasado del mundo termina siendo la misma   yan traspasado algunos umbrales del mundo académi-  en las que la villanía y el heroísmo cambiarán de protago-  taciones posibles. La tarea histórica con el pasado con-
 herramienta con la que miramos nuestro propio pasa-  co, ya no digamos de la vida cotidiana. Sin embargo, a   nista con vertiginosa frecuencia.  siste en organizar, seleccionar, hacer hipótesis, no para
 do. Y así, nos contamos nuestra propia historia. Y aquí,   pesar de este claro referente, acaso sea Nietzsche, hace   El problema, sin embargo, no es ése (quién hizo bien   encontrar la verdad, sino para, en efecto, potenciar el
 alejados de calificaciones, de exámenes, de profesores y   ya más de un siglo, quien mejor nos enseñó a sospechar   o quién hizo mal, ¡como si hacer historia se redujera   presente, los instantes advenedizos y contingentes que
 de interpretaciones legitimadas, la historia cumple con   de los relatos pasados, de sus verdades, sus proceden-  a encontrar buenos y malos!). El verdadero problema   nos asaltan. Pero, por encima de todo, se trata de estar
 una función vital irreductible. ¿Por qué hice esto y no lo   cias, y, sobre todo, de sus efectos para la vida.   está en que el relato que nos contemos –sea el que sea–  al tanto de su ficción, su poder, y su falibilidad.
 otro?, ¿por qué tal o cual persona actúa de esa manera?,   Pero dejemos de lado al señor Nietzsche (al menos   nos dará un sentido en el presente. Por ello, quizá más   El peligro fundamental de la historia consiste en la
 ¿por qué soy como soy?, ¿qué fue lo que pasó?, ¿cómo   en apariencia) y volvamos a preguntar: ¿Por qué y para   que la verdad de la historia lo que tengamos que cues-  ceguera ante su propia construcción, en la fe seculariza-
 fue  que  nuestra  relación  terminó?,  ¿cómo  llegamos  a   qué nos contamos la historia como nos la contamos?   tionar sea la gama de valoraciones y sentimientos que   da que se ha construido a su alrededor, al margen de sus
 esto?, ¿quién tuvo la culpa?, ¿yo hice esto?, ¡no, lo hiciste   La historia, como casi todo saber, es una forma del re-  nos  gobiernan  para  seleccionar,  jerarquizar  y  explicar   arbitrariedades  inherentes.  Cuando  nos  preguntamos
 tú!, ¡te equivocas, nunca lo he hecho!, ¡pero si siempre   lato, y todo relato, por supuesto, es una forma del de-  los acontecimientos que estamos historiando. Quizá, y   por la Revolución Mexicana, por ejemplo, lo primero
 haces lo mismo! Preguntas y respuestas superficiales nos   seo, con sus respectivos fines, procedimientos, técnicas   sólo quizá, la historia sólo nos debería estar permitida   es dudar de la existencia de una Revolución Mexicana;
 enmarañan  la  cabeza  y  estatuyen  una  versión  oficial   y estrategias para darse cumplimiento. Si esto es así,   cuando tenemos una salud anímica favorable, cuando la   cuando nos preguntamos por la historia de la filosofía, lo
 (la nuestra) del asunto. Y así, la vida sigue. ¿Nuestras   entonces la historia, como todo saber, no es un saber   alegría nos gobierne, pues sólo a partir de ella seremos   primero es dudar de una cosa nombrada como filosofía;
 fuentes?:  la  memoria  y  los vestigios  que  construimos   puro, desinteresado, sino lleno de apetencias casi siem-  capaces  de  construir  relatos  que  nos  sean  favorables   y cuando nos preguntamos por qué infiernos fracasó una
 bajo la forma de hechos (cartas, fotografías, testimonios,   pre  contradictorias  –como  casi  todas  las  apetencias.   para la vida –por supuesto, más allá de la verdad como   relación amorosa, lo primero es preguntarnos, con rigor,
 fechas, lugares y rumores que adquieren el estatuto de   Bajo esta perspectiva, acaso valga la pena transformar   adecuación. De lo contrario, buscaremos culpables, vi-  qué demonios estamos entendiendo por amor, por rela-
 inmovilidad fijados por nuestra falible y convenenciera   la pregunta anterior en una más oscura, pero también   llanos, fallas, errores fincados en pasiones desfavorables   ción, por fracaso; y cuando nos preguntamos qué pasó,
 memoria, así como por nuestros inconfesados intereses   más vital: ¿qué es lo que deseamos cuando nos conta-  como el temor, la ira, el resentimiento, la tristeza o la   por qué se terminó, qué se hizo, y qué se dejó de ha-
 egoístas). La historia, así, explica, legitima, fundamenta   mos una historia?, quizá así, penetrando en las tinieblas   esperanza (spinozianamente hablando). Con base en la   cer, lo primero es dudar de nosotros mismos, de nuestra
 y da sentido, pues a partir de ella nos generamos una   de los deseos, podamos liberarnos de los caprichos y los   alegría, en cambio, también podríamos encontrar todas   moral, de nuestros sentimientos, de nuestros impulsos
 comprensión específica que termina orientando nues-  desvaríos positivistas que conciben a la historia como   estas cosas, pero su función vital sería completamente   de  dominio,  de  nuestra  estúpida  memoria  selectiva  y
 tras acciones. Sin embargo, tenemos que preguntarnos,   algo unilateral, verdadero, científico, acabado, y pene-  distinta,  pues,  en  virtud  de  la  alegría,  se  verían  recu-  de nuestra manera de organizar los vestigios. Hoy, por
 ¿es ésta una manera conveniente de abordar la historia?,   tremos en su construcción deliberadamente ficcional   biertas de fuerzas potencializadoras de la vida, del pre-  ejemplo, estoy empapado de alegría, y pensar en el pa-
 la historia así entendida ¿es verdaderamente confiable?  cuyo motor principal no sean los hechos, sino su orde-  sente, y de nosotros mismos, lejos del reclamo, la culpa   sado me dibuja una sonrisa en los labios porque tengo
 Nuestra confianza en la manera secular de compren-  namiento orquestado por la fuerza de los deseos.  y el egoísmo ciego, de modo que hasta el más vicioso   la certeza de que lo que fue, lo sufrí y lo gocé con todos
 der la historia se arraiga en las ingenuidades más pal-  Cualquier libro de historia sirve para ejemplificar lo an-  acontecimiento pueda ser afirmado, asumido y digerido   los medios que en esos momentos tenía a mi alcance,
 pables:  la  inmediatez  del  conocimiento  positivo,  la   terior, basta con rastrear los presupuestos ideológicos del   como parte de un pasado que fue, que tuvo sus razones   de que no pude hacer menos, pero tampoco más; hoy
 creencia  en  la  verdad  como  adecuación,  la  transfor-  historiador en cuestión para comprender por qué mencio-  para ser, que así se quiso que fuera, que así se gozó y se  miro hacia atrás y me complace la hermosura, el delirio,
 mación de los vestigios en hechos, la sucesión causal   na unos hechos y no otros, por qué los explica de una ma-  sufrió, pero que no se puede seguir deseando: afirma-  y aunque las monstruosidades que se asoman no dejan
 y  lineal  de  los  acontecimientos,  la  infalibilidad  de  la   nera y no de otra, es decir, por qué adopta una perspectiva   ción, ¿Esto era la vida? ¡Bien! ¡Otra vez!  de estremecerme, las acaricio y las sosiego con la fuerza
 memoria, así como la legitimación de interpretaciones   determinada en lugar de otra (en efecto, toda historia está   El pasado, a través de lo anterior, se asoma nebu-  de la certidumbre de que estaba frente a un proceso en el
 canónicas fundadas en todo lo anterior. La hidra del co-  hecha a partir de una perspectiva, dígase lo que se diga).   loso, nunca definitivo, como una tarea. Cuando mira-  que ya nada más podía hacer, y que, de continuarlo, sólo
 nocimiento positivo orienta y sustenta nuestra confian-  No obstante, lo anterior se ejemplifica de modo más lúdi-  mos hacia atrás, ¿qué miramos? Al igual que en el   habría contribuido a la perpetuidad  de un suplicio inne-
 za ingenua en el conocimiento del pasado, esa hidra de   co con las historias personales. Pensemos por ejemplo en   presente: síntomas, superficies, datos, vestigios, pero   cesario. Quizá mañana sea de otra manera, pero hoy, con
 cien cabezas y un solo ojo ciclópeo que todo presume   una ruptura amorosa. Nunca se puede ser objetivo en estos   de  ninguna  manera  hechos.  Un  hecho,  una  verdad,   este sentimiento, ¿qué diablos me importa el mañana?
 poder determinar, absolutamente todo, bajo su ingenua   casos. La historia que nos contemos respecto de las causas,   cualquiera  que  ésta  sea,  es  un  constructo,  suma  de   Cuando historiamos, más que la ciencia, más que
 noción de verdad y su empirismo ramplón. Todo ello,   motivos o cosas que provocaron la ruptura dependerá de   pasiones, de intereses, una perspectiva. Nada es defi-  el conocimiento, más que la verdad, lo que se pone en
 en efecto, legitima y da sentido. Sin embargo, cuando   múltiples factores, entre los cuales destaca, por supuesto,   nitivo, cualquier realidad es susceptible de una nueva    juego es la vida, pues al historiar se establecen senti-
 miramos al pasado, vale la pena preguntar ¿qué es lo   el sentimiento que nos gobierne al momento de construir   reinterpretación. El pasado, como el presente, es una   dos, se legitiman ideas, versiones fundadoras de sen-
 que miramos?, o, más aún, ¿qué estamos legitimando?,   nuestro relato sobre el pasado, sobre ese pasado. Si somos   cuestión hermenéutica y semiótica, no hay un acce-  tido. Historiar, ante todo, es una tarea vital.
 ¿por qué y para qué lo hacemos de esa manera?  gobernados por la ira, la frustración, el enojo, la tristeza, o   so privilegiado a él, todo debe ponderarse, analizarse,
                                                         Bily, en su encuentro con Pandora, y a través de sus delirios con Spinoza, ha comprendido
 Que la historia es un invento, una construcción o,   algún otro sentimiento emparentado con los anteriores,    contextualizarse y dudarse; nuestro acceso a él está   al fin que la esperanza es una pasión triste y uno de los males enviados a la humanidad.
 más aún, una hipótesis, lo sabemos desde hace mucho.   lo más seguro es que nuestro relato sobre el pasado tienda    mediado  por  la  memoria  selectiva  y  arbitraria,  así   Hoy persiste en la alegría.

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