Page 49 - P09
P. 49
donde compulsiva y acríticamente repetimos estos par- Desde principios del siglo XX, con la Escuela de los a criminalizar al otro, a hacer énfasis en sus defectos, como por nuestra moral y nuestra perspectiva. La
cos y viciosos presupuestos. Annales, se pusieron en duda las prácticas, presupues- crueldades, desvaríos y egoísmos. Si, por el contrario, nos historia, pues, está por descubrirse.
Pero la cosa se pone peor, pues este dogmatismo in- tos, metodologías y pretensiones de la historia; dicha gobierna la esperanza, la nostalgia o el deseo de regresar, Siendo esto así, ¿cómo pensar la historia?, ¿qué
genuo del que somos presas en el ámbito académico puesta en cuestión abarcó a la ontología, la epistemo- con mucha probabilidad recordaremos sus bondades, be- tipo de fiabilidad le podemos otorgar? La misma que
termina haciendo mella en la forma en que compren- logía, la teleología de la historia, y las prácticas histo- nevolencias y virtudes, así como nuestros errores. La cosa a nuestra moral. Es una tarea de sospecha perpetua.
demos al mundo y a nosotros mismos, de modo que riográficas mismas, con una precisión envidiable. Es en se complica cuando tenemos sentimientos encontrados, Esto no significa, claro, que todo vale, pues ahí están
la rudimentaria metodología con la que nos enseñan verdad una pena que este tipo de teorías apenas si ha- pues a lo largo del día nos contaremos historias distintas los vestigios, los testimonios, el margen de las interpre-
a mirar el pasado del mundo termina siendo la misma yan traspasado algunos umbrales del mundo académi- en las que la villanía y el heroísmo cambiarán de protago- taciones posibles. La tarea histórica con el pasado con-
herramienta con la que miramos nuestro propio pasa- co, ya no digamos de la vida cotidiana. Sin embargo, a nista con vertiginosa frecuencia. siste en organizar, seleccionar, hacer hipótesis, no para
do. Y así, nos contamos nuestra propia historia. Y aquí, pesar de este claro referente, acaso sea Nietzsche, hace El problema, sin embargo, no es ése (quién hizo bien encontrar la verdad, sino para, en efecto, potenciar el
alejados de calificaciones, de exámenes, de profesores y ya más de un siglo, quien mejor nos enseñó a sospechar o quién hizo mal, ¡como si hacer historia se redujera presente, los instantes advenedizos y contingentes que
de interpretaciones legitimadas, la historia cumple con de los relatos pasados, de sus verdades, sus proceden- a encontrar buenos y malos!). El verdadero problema nos asaltan. Pero, por encima de todo, se trata de estar
una función vital irreductible. ¿Por qué hice esto y no lo cias, y, sobre todo, de sus efectos para la vida. está en que el relato que nos contemos –sea el que sea– al tanto de su ficción, su poder, y su falibilidad.
otro?, ¿por qué tal o cual persona actúa de esa manera?, Pero dejemos de lado al señor Nietzsche (al menos nos dará un sentido en el presente. Por ello, quizá más El peligro fundamental de la historia consiste en la
¿por qué soy como soy?, ¿qué fue lo que pasó?, ¿cómo en apariencia) y volvamos a preguntar: ¿Por qué y para que la verdad de la historia lo que tengamos que cues- ceguera ante su propia construcción, en la fe seculariza-
fue que nuestra relación terminó?, ¿cómo llegamos a qué nos contamos la historia como nos la contamos? tionar sea la gama de valoraciones y sentimientos que da que se ha construido a su alrededor, al margen de sus
esto?, ¿quién tuvo la culpa?, ¿yo hice esto?, ¡no, lo hiciste La historia, como casi todo saber, es una forma del re- nos gobiernan para seleccionar, jerarquizar y explicar arbitrariedades inherentes. Cuando nos preguntamos
tú!, ¡te equivocas, nunca lo he hecho!, ¡pero si siempre lato, y todo relato, por supuesto, es una forma del de- los acontecimientos que estamos historiando. Quizá, y por la Revolución Mexicana, por ejemplo, lo primero
haces lo mismo! Preguntas y respuestas superficiales nos seo, con sus respectivos fines, procedimientos, técnicas sólo quizá, la historia sólo nos debería estar permitida es dudar de la existencia de una Revolución Mexicana;
enmarañan la cabeza y estatuyen una versión oficial y estrategias para darse cumplimiento. Si esto es así, cuando tenemos una salud anímica favorable, cuando la cuando nos preguntamos por la historia de la filosofía, lo
(la nuestra) del asunto. Y así, la vida sigue. ¿Nuestras entonces la historia, como todo saber, no es un saber alegría nos gobierne, pues sólo a partir de ella seremos primero es dudar de una cosa nombrada como filosofía;
fuentes?: la memoria y los vestigios que construimos puro, desinteresado, sino lleno de apetencias casi siem- capaces de construir relatos que nos sean favorables y cuando nos preguntamos por qué infiernos fracasó una
bajo la forma de hechos (cartas, fotografías, testimonios, pre contradictorias –como casi todas las apetencias. para la vida –por supuesto, más allá de la verdad como relación amorosa, lo primero es preguntarnos, con rigor,
fechas, lugares y rumores que adquieren el estatuto de Bajo esta perspectiva, acaso valga la pena transformar adecuación. De lo contrario, buscaremos culpables, vi- qué demonios estamos entendiendo por amor, por rela-
inmovilidad fijados por nuestra falible y convenenciera la pregunta anterior en una más oscura, pero también llanos, fallas, errores fincados en pasiones desfavorables ción, por fracaso; y cuando nos preguntamos qué pasó,
memoria, así como por nuestros inconfesados intereses más vital: ¿qué es lo que deseamos cuando nos conta- como el temor, la ira, el resentimiento, la tristeza o la por qué se terminó, qué se hizo, y qué se dejó de ha-
egoístas). La historia, así, explica, legitima, fundamenta mos una historia?, quizá así, penetrando en las tinieblas esperanza (spinozianamente hablando). Con base en la cer, lo primero es dudar de nosotros mismos, de nuestra
y da sentido, pues a partir de ella nos generamos una de los deseos, podamos liberarnos de los caprichos y los alegría, en cambio, también podríamos encontrar todas moral, de nuestros sentimientos, de nuestros impulsos
comprensión específica que termina orientando nues- desvaríos positivistas que conciben a la historia como estas cosas, pero su función vital sería completamente de dominio, de nuestra estúpida memoria selectiva y
tras acciones. Sin embargo, tenemos que preguntarnos, algo unilateral, verdadero, científico, acabado, y pene- distinta, pues, en virtud de la alegría, se verían recu- de nuestra manera de organizar los vestigios. Hoy, por
¿es ésta una manera conveniente de abordar la historia?, tremos en su construcción deliberadamente ficcional biertas de fuerzas potencializadoras de la vida, del pre- ejemplo, estoy empapado de alegría, y pensar en el pa-
la historia así entendida ¿es verdaderamente confiable? cuyo motor principal no sean los hechos, sino su orde- sente, y de nosotros mismos, lejos del reclamo, la culpa sado me dibuja una sonrisa en los labios porque tengo
Nuestra confianza en la manera secular de compren- namiento orquestado por la fuerza de los deseos. y el egoísmo ciego, de modo que hasta el más vicioso la certeza de que lo que fue, lo sufrí y lo gocé con todos
der la historia se arraiga en las ingenuidades más pal- Cualquier libro de historia sirve para ejemplificar lo an- acontecimiento pueda ser afirmado, asumido y digerido los medios que en esos momentos tenía a mi alcance,
pables: la inmediatez del conocimiento positivo, la terior, basta con rastrear los presupuestos ideológicos del como parte de un pasado que fue, que tuvo sus razones de que no pude hacer menos, pero tampoco más; hoy
creencia en la verdad como adecuación, la transfor- historiador en cuestión para comprender por qué mencio- para ser, que así se quiso que fuera, que así se gozó y se miro hacia atrás y me complace la hermosura, el delirio,
mación de los vestigios en hechos, la sucesión causal na unos hechos y no otros, por qué los explica de una ma- sufrió, pero que no se puede seguir deseando: afirma- y aunque las monstruosidades que se asoman no dejan
y lineal de los acontecimientos, la infalibilidad de la nera y no de otra, es decir, por qué adopta una perspectiva ción, ¿Esto era la vida? ¡Bien! ¡Otra vez! de estremecerme, las acaricio y las sosiego con la fuerza
memoria, así como la legitimación de interpretaciones determinada en lugar de otra (en efecto, toda historia está El pasado, a través de lo anterior, se asoma nebu- de la certidumbre de que estaba frente a un proceso en el
canónicas fundadas en todo lo anterior. La hidra del co- hecha a partir de una perspectiva, dígase lo que se diga). loso, nunca definitivo, como una tarea. Cuando mira- que ya nada más podía hacer, y que, de continuarlo, sólo
nocimiento positivo orienta y sustenta nuestra confian- No obstante, lo anterior se ejemplifica de modo más lúdi- mos hacia atrás, ¿qué miramos? Al igual que en el habría contribuido a la perpetuidad de un suplicio inne-
za ingenua en el conocimiento del pasado, esa hidra de co con las historias personales. Pensemos por ejemplo en presente: síntomas, superficies, datos, vestigios, pero cesario. Quizá mañana sea de otra manera, pero hoy, con
cien cabezas y un solo ojo ciclópeo que todo presume una ruptura amorosa. Nunca se puede ser objetivo en estos de ninguna manera hechos. Un hecho, una verdad, este sentimiento, ¿qué diablos me importa el mañana?
poder determinar, absolutamente todo, bajo su ingenua casos. La historia que nos contemos respecto de las causas, cualquiera que ésta sea, es un constructo, suma de Cuando historiamos, más que la ciencia, más que
noción de verdad y su empirismo ramplón. Todo ello, motivos o cosas que provocaron la ruptura dependerá de pasiones, de intereses, una perspectiva. Nada es defi- el conocimiento, más que la verdad, lo que se pone en
en efecto, legitima y da sentido. Sin embargo, cuando múltiples factores, entre los cuales destaca, por supuesto, nitivo, cualquier realidad es susceptible de una nueva juego es la vida, pues al historiar se establecen senti-
miramos al pasado, vale la pena preguntar ¿qué es lo el sentimiento que nos gobierne al momento de construir reinterpretación. El pasado, como el presente, es una dos, se legitiman ideas, versiones fundadoras de sen-
que miramos?, o, más aún, ¿qué estamos legitimando?, nuestro relato sobre el pasado, sobre ese pasado. Si somos cuestión hermenéutica y semiótica, no hay un acce- tido. Historiar, ante todo, es una tarea vital.
¿por qué y para qué lo hacemos de esa manera? gobernados por la ira, la frustración, el enojo, la tristeza, o so privilegiado a él, todo debe ponderarse, analizarse,
Bily, en su encuentro con Pandora, y a través de sus delirios con Spinoza, ha comprendido
Que la historia es un invento, una construcción o, algún otro sentimiento emparentado con los anteriores, contextualizarse y dudarse; nuestro acceso a él está al fin que la esperanza es una pasión triste y uno de los males enviados a la humanidad.
más aún, una hipótesis, lo sabemos desde hace mucho. lo más seguro es que nuestro relato sobre el pasado tienda mediado por la memoria selectiva y arbitraria, así Hoy persiste en la alegría.
46 Palabrijes 09 julio-diciembre 2012 Palabrijes 09 julio-diciembre 2012 47

