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de una transformación mágica e inmediata, sino lenta   escolar. No necesitamos una biblioteca en casa, aunque es
                         y empeñosa, que sólo sucede si se sostiene el esfuerzo.   maravilloso tenerla, pero sí necesitamos, y de qué modo,
                         Pero los frutos, ah, los frutos de ese trabajo valen la pena   una biblioteca interior donde hallemos palabras cuan-
                         de tantos modos. De cualquier forma, es difícil que un   do las necesitamos, ejemplos, modos de ver el mundo o
                         solo libro cambie a las personas y con ellas a la realidad.   ideas concretas para resolver problemas concretos.
                         Se necesita la lectura de diversos libros de muchas clases
                         para sensibilizar profundamente a alguien, aunque cla-  El destino de los libros
                         ro, a veces un solo libro hace la diferencia.    De ese modo, los libros pueden yacer en múltiples lu-
                            Guardar los libros para su conservación es tan ex-  gares, grandes, pequeños, apropiados, inapropiados,
                         traño como si guardáramos la comida en el congelador   bibliotecas de ensueño o desvencijadas, pero mientras
                         eternamente, «para que no se eche a perder»podríamos   yazcan son sólo una potencia de algo que puede desa-
                         argüir. ¿Pero para qué sirve la comida si no es para ali-  rrollarse. Yacen afuera, en el exterior, y resultan incluso
                         mentarnos? Un congelador lleno de buenos alimentos   un poco absurdos: son objetos rectangulares de unos
                         que no se consumen por años es tan inútil como la   cuantos centímetros o archivos que discurren frente a
                         vitrina del director de escuela mencionado. Es aquí y   las pantallas. Vistos así, desde afuera, no son la gran
                         ahora donde nos sirve consumir todo lo que guardan   cosa. Todo cambia, sin embargo, cuando nos interna-
                         los libros, dejar que toda clase de ideas entren en tropel   mos en ellos y hasta su apariencia física se nos olvida,
                         al pensamiento y a la memoria, que nos alimenten, que   arrobados por lo que nos van mostrando, por la manera
                         nos den palabras para nombrar el mundo, para pensar,   en que ellos se internan en nosotros.
                         preguntar, sopesar, para negarnos a hacer lo que no de-  Personalmente, las bibliotecas exteriores, materia-
                         seamos, para acceder a lo que sí buscamos; interiorizar   les, me parecen un lugar provisional para los libros, una
                         a los libros nos conviene, no porque vayamos a morir   suerte de tren cuyo destino es más sutil y aun así, más
                         de inanición si no los leemos, sino porque leerlos con-  poderoso. La biblioteca sólo los lleva para allá. Ellos
                         tribuye a vivir plenamente.                   deben llegar a ese lugar ambiguo que es el interior de
     Guardar los libros para su conservación es tan extraño como       las personas: a su cerebro, a su corazón, a sus manos, a
                                                                       su cara y a su cuerpo todo, para cumplir el cometido
        si guardáramos la comida en el congelador eternamente,         para el que fueron creados: transformar a las personas,
                 «para que no se eche a perder»podríamos argüir.       hacerlas más humanas, activar su inteligencia. Ése es el
                                                                       verdadero lugar de los libros, la meta de toda la escritu-
                            Por mi parte, imagino a los libros como comple-  ra, la Ítaca a la que todas las obras aspiran llegar. Porque
                         jos mecanismos de ruedas dentadas que incorporo a   es ahí, en el interior de las personas donde las palabras,
                         mi propia maquinaria interna por el proceso (nada)   ideas o imágenes, encarnan; es ahí donde se vuelven
                         sencillo de leer. Una vez ahí dentro, los libros caminan   práctica, acción, posición política, discurso, sentimien-
                         por mi interior, se acoplan a mis circuitos preexistentes,    to, imaginación y otra vez, palabras, como en un circuito
                         circulan activando procesos desconocidos, se encuen-  de comunicación productiva, un diálogo diferido entre
                         tran a otros libros con los que intercambian información   generaciones que sigue accionando la evolución huma-
                         y, a veces, llegan al lugar exacto en que producen un   na. Y es ahí, dentro de las personas, donde se guardan
                         efecto tan intenso que me hacen dar un giro en la vida,   las bibliotecas más importantes de todas, las bibliote-
                         tomar una decisión trascendental. No quiero decir que   cas que circulan por la sangre, las que nos acompañan
                         si no se leen libros no se pueden tomar decisiones im-  a tomar decisiones difíciles, las que nos dan valor en
                         portantes, sino que si se leen se toman más pronto, con   los desastres, las que contienen los libros que guarda-
                         más estrategia y conocimiento de causa. Se gana velo-  mos entrañablemente, las bibliotecas interiores.
                         cidad en los juegos intelectuales, se facilita la comuni-
                         cación, se accede a los múltiples poderes de las palabras.   1  William M. Green (ed.). Hugo of St. Victor: de tribus maximis circumstantiis gestorum,
                            Los libros, pacientes lectores, son una herencia que   Speculum, 18, 1943,  p. 484.
                         nos legan las generaciones anteriores. Es nuestra deci-  2  Iván Illich. En el viñedo del texto. FCE, México, 2002, pp. 51-53.
                         sión si reclamamos nuestra herencia o la dejamos de   3  «…[la escritura] no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan,
                         lado. Generalmente, sólo unos cuantos listillos la apro-  haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a ca-
                         vechan y dejan al resto, literalmente, en la calle. No    racteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su
                         obstante, vale aclarar que los libros no necesitan estar en   espíritu». Platón. «Fedro o del amor»en Diálogos, Sepan Cuántos, México, 1981, p. 658.
                         nuestra casa para ser nuestros, ya lo son los de la biblio-
                         teca de la universidad, la biblioteca pública, la biblioteca   El vicio de Maya son los libros, la rodean en su casa, en su cubículo y en su cabeza.
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