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                         Así las cosas, tendríamos que preguntar: ¿qué valor   descuidadamente  Trópico de Cáncer o  Trópico de Ca-
                         puede tener para nosotros el testimonio de tres autores   pricornio para comprobar la encarnizada lucha de Mi-
                         que desprecian el culto al libro y a la lectura, cuando, en   ller contra el puritanismo castrante de las sociedades
                         el fondo, no podemos sino imaginarlos como grandes   burguesas de mediados del siglo xx.
                         lectores? Para contestar esta pregunta tendríamos que   En efecto, en la obra de los tres autores podemos
                         partir, aparentemente, de una paradoja: los que leen re-  encontrar constantes inflexiones que insisten y per-
                         comiendan no leer. Podríamos contestar con un poco   sisten, una y otra vez, desde diversos aspectos, en eso
                         de humor y decir que más sabe el diablo por viejo que   que a Hume le gustaba llamar los negocios humanos. Por
                         por diablo, es decir, que de tanto leer, estos personajes   encima de los academicismos más recalcitrantes, la plu-
                         llegaron a la conclusión de que es mejor no leer. Se-  ma de estos autores sobrevoló siempre el terreno de la
                         ría gracioso, pero quizá no del todo correcto. Acaso sea   vitalidad; ya desde la ironía, la tragedia, el humor o el
                         más conveniente hacer notar que los tres autores   —de   erotismo, los tres poseían una fascinación obcecada por
                         diversas maneras, por distintos tópicos, y en diferen-  eso que hemos llamado vida.
                         tes intensidades— poseían una notable obsesión por lo   ¿Qué vida? La vida intensa, alegre, afirmativa; la
                         que solemos llamar vida o existencia; y que de ahí, de   vida que desde la profundidad de la piel se intensifica
                         ese sentimiento, intuición u obsesión, es de donde se   a sí misma y se adentra en el inextricable laberinto del
                         desprendieron sus apuntes en contra del culto al libro y   espíritu; la vida alegre que se desgarra en lamentos aca-
                         la lectura excesiva. Basta echar una mirada panorámi-  so en virtud de su propia potencia; la vida que florece,
                         ca por los Aforismos de Lichtenberg para encontrar un   que llama, que crea, que destruye, que se desborda, que
                         agudo sentido del humor que intenta convencernos de   siempre quiere más; la vida ligera que a veces, como de-
                         que es necesario escuchar con atención a la vida, pues   cía Kundera, es insoportable en su propia ligereza; esa
                         los oráculos no han dejado de hablar, sino que hemos dejado   vida de terrible inocencia carente de moralidad.
                         de escucharlos; basta con leer tres líneas al azar de Así   Sin ser demasiado exagerados, podríamos afirmar
                         habló Zaratustra para comprobar la insistencia nietzs-  que los tres autores tenían muchas cosas en contra, pre-
                         cheana en el baile, el canto, y en la tenaz alegría que   cisamente, de la moralidad de su tiempo. Les parecía
                         se sobrepone al dolor y le dice a la muerte: ¿Esto era la   que algo no iba bien, y dentro de todas sus críticas a
                         vida? ¡Bien, otra vez!; y basta, finalmente, con hojear   la cultura y la moralidad —que son muchas, variadas y
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