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preguntándose el porqué del suceso, el porqué de esas Los días transcurrieron sin mayores percances. Ha-
palabras justamente, que había aspirado por accidente. bía logrado controlarse un poco. Ya no se mareaba ni
Siguió durante algunos días con su pacífica vida, sin desvanecía, y las palabras ya no retumbaban ni se revol-
contratiempos ni novedades, engañándose al evadir el vían en su cabeza, provocándole fuertes dolores.
asunto, pensando que no tenía importancia y que de Pero la curiosidad volvió y se preguntó si podría as-
hecho, no había sucedido. Pero su curiosidad fue más pirar palabras de otras partes.
fuerte y quiso hacer un experimento. ¿Qué mejor lugar Una mañana fue al cine. Una vez en la sala, sentado
para llevarlo a cabo que la biblioteca? justo en medio, esperó a quedarse solo. Al final bajaría
Una noche, antes de retirarse, en la fila más desier- para aspirar los créditos, de esta forma no le haría daño
ta de todas, entre los estantes, abrió un enorme libro, a nadie, porque ¿quién se queda en una sala comercial
al azar. Cerró los ojos. Silencio lo acompañaba. No un lunes por la mañana a ver los créditos?
quería marearse de nuevo, mucho menos desmayarse. Tosió, aspiró, resopló y suspiró como el lobo del
Se llevó un banquito consigo por si acaso. Abrió el cuento de los tres cochinitos. Nada. Se le ocurrió que
libro en una página desconocida. Le gustaban mucho era quizás porque la película no estaba basada en una
sus ilustraciones. Lo había compartido con Silencio obra literaria. Cambió géneros, salas, funciones, buta-
en silencio. No eligió la página, con los ojos cerra- cas. Nada. En el fondo se alegró de que no funcionara,
dos lo abrió y aspiró profundamente, pensando en ya que también amaba el cine, y aunque se tratara de los
los personajes. Entonces, volvió a ocurrir. Las pala- créditos, algo se perdería.
bras se abalanzaron a través de su nariz, haciéndole Un día fue al parque con Silencio. Cubierto el ros-
cosquillas en la garganta y subiendo hasta su cabeza, tro con un libro, espiaba a los niños, y algo inesperado
donde parecieron alojarse y una vez ahí, cobraron voz: sucedió. Era medio día. Hacía calor y los pájaros ati-
«Por sobre el Universo vas volando, con una bande- borraban las copas de los árboles. Una niña que juga-
ja de teteras llevando. Brilla, brilla... Bueno -siguió ba a saltar la cuerda pasó por ahí, canturreando. De
contando su historia el Sombrerero-. Lo cierto pronto se detuvo, lo miró directo, hasta el fondo de sus
es que apenas había terminado yo la primera estrofa, ojos. Diego se quedó paralizado, sin poder reaccionar.
cuando la Reina se puso a gritar: “¡Vaya forma estú- Una sonrisa tardía acudió a sus labios. La niña se la
pida de matar el tiempo! ¡Que le corten la cabeza!”». devolvió. Le faltaban dos dientes. Tendría siete años.
Silencio mostró su sorpresa con un chillidito, pero Entonces, como envuelta en una bruma, creyó verla,
Diego se sintió iluminado. «Quizás ya no necesite leer» susurrando sólo para él su cuento favorito, el de los
pensó. «Pero, ¿cuáles serían los efectos secundarios? siete cabritos, de los hermanos Grimm. Diego quedó
Vayamos despacio». Aquella noche tampoco leyó. Es- eclipsado por un momento. El mundo se detuvo para
cuchó el radio junto a Silencio y reflexionó sobre su escuchar aquella vocecita. Lo disfrutó tanto que a pun-
vida. Sí, a él también le gustaría. Había tantas personas to estuvo de llorar.
a quienes deberían cortarles la cabeza de un tajo, sin Las palabras de los siete cabritos se revolvieron con
juicio de por medio. las de Alicia, las del Sombrerero, las de Elsa Cross, las
Su nuevo don lo había dotado de nuevos bríos. No de García Márquez, de tal suerte que dentro de su cabe-
necesitaba compartirlo con nadie. Decidió seguir ha- za, parecía que una bruja revolvía los ingredientes en su
ciendo experimentos. No pudo resistirse. Hubo una caldera. Diego, cerrados los ojos, las vio danzar. Abso-
crisis en la biblioteca. Los visitantes comenzaron a que- lutamente concentrado, contempló una orgía entre los
jarse de páginas incompletas, frases desaparecidas (en pensamientos que alguna vez inundaron las mentes de
ocasiones, las más vitales para comprender el texto). No Anaïs Nin, Anne Desclos, Henry Miller, el Marqués
se trataba de libros mutilados, simplemente las palabras de Sade, Almudena Grandes. Sintió una calidez que
no estaban. Habían escapado. Se llegó a rumorar que lo invadía poco a poco, robándole el aliento. Silencio lo
cerrarían la biblioteca. Diego se enfureció. No podía sacó de su sopor, lamiéndole la cara. Comenzó a sentir-
permitirlo. Intentó devolver todo aquello que había as- se muy mal y decidió volver a casa.
pirado. Una noche entró, furtivamente. En vano fue co- Apenas atravesado el umbral, sintió cómo se retor-
rriendo de un libro a otro, suspirando, expirando, hasta cía su estómago. Corrió al w.c., dispuesto a arrojar todo
escupiendo. Estornudó, tosió, con los ojos cerrados y aquel malestar. Su rostro hervía. Levantó la tapa del
abiertos, con y sin ayuda de Silencio. Todo fue inútil. El excusado, débil ya. Vio en un rincón un cuaderno aban-
daño estaba hecho. Diego, que nunca lloraba, derramó donado. Llevado por un impulso incierto, lo abrió e
un par de lágrimas en cada libro. No sabía pedir perdón, intentó vomitar sobre él. Dejó de retorcerse para empe-
así que no lo hizo. zar a susurrar. Las palabras, primero torbellino, danza
28 PALABRIJES 11 enero-junio 2014

