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después, fueron a posarse en su cuaderno formándose
       en un orden distinto al aspirado. Aturdido, pero emo-
       cionado, comenzó a hablar más y más fuerte, hasta
       gritar. Silencio, asustado, fue a refugiarse bajo la cama,
       lejos de todo aquel vendaval. Las palabras luchaban
       por encontrar sitio entre las páginas, con nuevos ama-
       neceres. Diego se sintió poseído por aquellas palabras
       que no eran las suyas. Todos sus pensadores habitaban
       su cuerpo, urgiéndolo a descubrir otras posibilidades. Su
       sangre se agolpó en sus entrañas, y con el último grito,
       el cuaderno de notas se cerró, derramando él su savia
       por encima, exhausto y renovado, para perder, una vez
       más, el conocimiento.
          Sentado en su cama, bañado en sudor, luego de una
       noche de sueños extravagantes, Diego, acompañado
       por Silencio, no se decidía a abrir el cuaderno de notas.
       Diego, pálido y tembloroso, comenzó a leer en silen-
       cio. Inició despacio, primero tímido, luego seguro. Su
       voz fue inundando la casa. Las palabras, ya en su nuevo
       hogar, acariciaron su garganta y brillaron iluminando
       las hojas, casi como un canto, una historia legendaria
       jamás contada. Secretos fueron vertidos suavemente,
       acompasados por un autor involuntario, víctima de su
       amor por la literatura. Leyó hasta el final, cerró su cua-
       derno y se deshizo en llanto. Silencio, aullando, emo-
       cionado también, lamió sus lágrimas.
          Decidió tomarse unas vacaciones. Repitió todo de
       nuevo. Fue al bosque con Silencio, llevándose varios
       libros consigo. Encendiendo una vela por cada autor,
       pidió licencia poética. Recitó los párrafos y fue apagan-
       do las velas. Esta vez aspiró con toda la fuerza posible,
       voluntariamente, sus líneas favoritas, que vació previa-
       mente en su computadora para la posteridad. Un calor
       lo invadió de pies a cabeza. Se sintió vivo, como pensó
       que nunca más volvería a sentirse. Luego regresó a casa
       tranquilo, tomó su té, leyó la novela en turno, escuchó
       un rato la radio. Al día siguiente fue con Silencio al   seducen en un baile sin fin. Sus voces llegan a la calle
       parque, localizó a la niña misteriosa e invirtió los pa-  cuando Diego abre las ventanas y corre las cortinas. Al-
       peles. La llamó con la mirada, ella sonrió. Él, mental-  gunos vecinos se alejan, espantados por los murmullos.
       mente se propuso contarle sus descubrimientos. Ella   Silencio no quedó incólume. En sus orejas quedó mar-
       pareció extasiada, le dedicó una fugaz sonrisa y después   cado, partido a la mitad por cada una, como con hie-
       regresó a saltar la cuerda, cantando la narración recién   rros candentes, un haiku, apenas visible. En el cuerpo
       aprendida. Luego fue al mercado por víveres y se ence-  de Diego reposan vivas, cubriendo su piel, en todos los
       rró en su casa el resto del tiempo. Necesitaba estar solo   idiomas, las variantes de la palabra de donde nacieron
       con su voz recién redescubierta.              todas las palabras: Silencio.
          Pasaron los días. Su casa fue habitada por las pala-
       bras. En una de las paredes de la cocina, una Caperu-            Septiembre 2012 — Abril 2013.
       cita adolescente ha seducido al Lobo. En el resto, otros
       cuentos reposan entre frutas y verduras. Las paredes de   A Lilly  le encanta devorar... todas las palabras que encuentra en su camino, especialmente las
       la sala fueron invadidas por vampiros y los primos le-  que no entiende. Nunca se indigesta, aunque a veces cree sufrir del mal del personaje de la cinta
       janos de Cthulhu. La recámara aún respira entre los   de Memento. Intenta armar rompecabezas con todas ellas. Prefiere, por mucho, las palabras a las
       gemidos  entrecortados de hombres  y mujeres  que se   personas, especialmente aquellas que nunca serán pronunciadas.
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       PALABRIJES 11 enero-junio 2014
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