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consciente, se convierte en basamento, marco, pedestal, biblioteca que el pobre maestrillo de escuela de Jean
cerradura, de su propiedad. La época, el paisaje, la ma- Paul consiguió con tiempo; y que todas la obras, cuyos
nufactura, los propietarios anteriores... para el verdade- títulos le interesaban de los catálogos de las editoriales,
ro coleccionista, todo de donde procede cada una de sus las escribió él mismo porque verdaderamente no tenía
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propiedades se conjunta en una enciclopedia mágica, para comprarlas . Los escritores son en realidad perso-
cuya corporeidad es el destino de su objeto mismo. nas que escriben libros no por ser pobres, sino por su
insatisfacción con los libros que, pudiendo comprar, no
Así es la existencia del coleccionista: les gustan. Ustedes, damas y caballeros, tomarán esta
la tensión dialéctica entre orden y desorden. definición del escritor como extravagante; pero, extra-
vagante es todo lo que se dice desde el punto de vista
Es aquí, entonces, en este restringido campo, donde de un auténtico coleccionista. La manera más común
se puede conjeturar cómo los fisonomistas —y los co- y corriente de adquisición sería para el coleccionista
leccionistas son fisonomistas de las cosas del mundo— la de, convenientemente, el préstamo sin «v»de vuelta.
se convierten en intérpretes del destino. Sólo hay que Los que piden libros de gran formato, como aquí lo
observar cómo manipula un coleccionista las cosas en tenemos ante nuestros ojos, se muestran como colec-
su vitrina. Apenas las tiene en las manos y ya parece cionistas de libros empedernidos no sólo a través del
inspirado para ver a través de ellas su lejanía. Esto es fervor con el que protegen el correspondiente tesoro
todo lo que puedo decir del lado mágico del coleccio- y hacen oídos sordos a los recordatorios de la vida ju-
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nista, de su imagen senil. Habent sua fata libelli , qui- rídica cotidiana, sino también a través de que ellos, los
zá esta sentencia fue pensada como una general para coleccionistas, no leen los libros. Si quieren confiar en
los libros. Libros como La divina comedia, o la Ética de mi experiencia, es más probable que se dé el caso de
Spinoza o El origen de las especies, tienen su destino. El que me devuelvan un libro a que lo hayan leído. Y eso
coleccionista, sin embargo, interpreta de manera distin- —se preguntarán ustedes— ¿sería una particularidad
ta dicha sentencia latina. Para él no son los libros, sino de los coleccionistas, no leer libros? Eso sí que sería la
los ejemplares, los que tienen destino. Y el destino más novedad. No. Los expertos les confirmarán que es lo
importante de cada ejemplar, desde su perspectiva, es el más antiguo, y ahora cito aquí solamente la respuesta
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encuentro con él mismo, con su propia colección. No que France le dio al inculto de un oficial, que esta-
exagero: para el auténtico coleccionista la adquisición ba fascinado con su biblioteca, para formular la obli-
de un libro viejo constituye su renacimiento. Y justo gada pregunta: «¿Y ha leído todos los libros, Señor
ahí radica lo infantil que en el coleccionista se confun- France?»—«Ni la décima parte. O ¿acaso come todos
de con lo senil. Los niños disponen de renovación de los días en su vajilla de Sèvres?»
la existencia como de una práctica centuplicada, nunca Por cierto, yo mismo he hecho el contraejemplo
entregada a la parálisis. En los niños, el coleccionar es para la justificación de una actitud así. Durante años
solo un proceso de la renovación, otro es el pintar las —un buen tercio de su hasta ahora existencia—, mi
cosas, otro, recortar figuras, despegar, y así con la esca- biblioteca no consistía en más allá de dos o tres filas
la de apropiación infantil que va desde tocar las cosas que crecieron unos cuantos centímetros al año. Fue su
hasta ponerles nombre. Renovar el viejo mundo: ésa es época marcial, donde ningún libro podía ingresar a ella
la pulsión más profunda en el deseo del coleccionista sin que yo le hubiera extraído el sentido, sin que lo hu-
por adquirir nuevas cosas, y por eso el coleccionista de biera leído. Y nunca hubiera llegado a lo que por sus
libros más viejos está más cerca de la fuente del co- dimensiones se podría nombrar como biblioteca sin la
leccionismo que el interesado en nuevas ediciones para inflación, que de pronto cambió el acento en las cosas
bibliófilos. Ahora unas palabras de cómo los libros tras- y convirtió a los libros en valores concretos o los hizo
pasan el umbral de una colección, de cómo llegan a ser difíciles de conseguir. Al menos así parecía en Suiza. Y
propiedad de un coleccionista, y cuál es la historia de en realidad de ahí hice mi primer gran pedido de libros
su adquisición. y pude recuperar cosas insustituibles como El jinete
azul o el libro de Bachofen, La leyenda de Tanaquil, que
Cada pasión linda con el caos, pero la del coleccionista por aquel entonces todavía se conseguían con el edi-
lo hace con el de los recuerdos. tor. Ahora, opinarán ustedes, deberíamos, después de
tanto rodeo, ir finalmente a la ancha avenida de la ad-
De todas las maneras de adquirir libros, la más glo- quisición de libros que es la compra. Ciertamente an-
riosa se considera el escribirlos uno mismo. En ese sen- cha pero nada apacible. La compra de un coleccionista
tido, algunos de ustedes recordarán divertidos la gran tiene poco en común con la del estudiante que va a una
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