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en 1915 en la subasta Rümann en la casa de subastas  experiencia, perdí toda esperanza de ser el dueño del
      de Emil Hirsch, uno de los más grandes expertos de  libro que más me interesaba ese día. Eran los curiosos
                                                                                            7
      libros y a la vez de los más distinguidos comerciantes.  Fragmente aus dem Nachlasse eines jungen Physikers  que
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      La edición de la que se trata apareció en París, Place de  Johann Wilhelm Ritter , en 1810, publicó en dos tomos
      la Bourse, en 1838. En este momento en que tomo el  en Heidelberg. La obra nunca se volvió a imprimir, pero
      ejemplar entre las manos, veo no sólo la nota de la co-  el prólogo, en el que el editor representó su propia vida
      lección Rümann, sino incluso la etiqueta de la librería,  como obituario a su amigo supuestamente fallecido y
      en la que hace más de 90 años el primer propietario  anónimo —que no es nadie más que él mismo— me
      pagó la octogésima parte de su precio actual. «Papeterie  pareció desde siempre como la prosa personal más si-
      I. Flanneau», dice ahí. Qué bellos tiempos aquellos en  gnificativa del Romanticismo alemán. En el momento
      los que verdaderas joyas de arte —porque los grabados  en el que se anunciaba el número participante, me vino
      del libro fueron diseñados por el mayor dibujante fran-  una idea brillante. Fácil: ahí donde mi oferta le permitie-
      cés y realizados por los mejores grabadores—  las podía  ra indefectiblemente al otro mejorarla, no tenía que ofre-
      adquirir uno todavía en una papelería. Pero yo quería  cer nada. Me obligué a permanecer callado. Lo que había
      contar la historia de la adquisición. Había ido a la visita  esperado llegó entonces: ningún interés, ninguna oferta,
      previa a la subasta en el local de Emil Hirsch, y pasaron  el libro fue retirado. Consideré oportuno dejar pasar unos
      por mis manos cuarenta o cincuenta volúmenes, pero  días. De hecho, cuando una semana después aparecí, me
      ése con deseo ardiente no debía irse de las mías. El día  encontré el libro en el anticuario, y ante la falta de interés
      de la subasta llegó. El azar quiso que en el orden de las  de la que fue objeto, se me favoreció en la compra.
      ofertas apareciera antes del ejemplar de Peau de chagrin,
                                                     Los escritores son en realidad personas que escriben
      la serie completa de sus ilustraciones en una edición es-
      pecial en papel de India. Los pujadores estábamos sen-  libros no por ser pobres, sino por su insatisfacción con
      tados a lo largo de una larga mesa; en diagonal frente
      a mí, el hombre que captaba todas las miradas para la  los libros que, pudiendo comprar, no les gustan.
      oferta en cuestión: el famoso coleccionista de Múnich,
      el barón von Simolin. A él le interesaba especialmente
      la serie y tuvo competencia, pronto se volvió una reñi-  Qué de cosas no se agolpan en la memoria una vez
      da lucha, cuyo resultado fue la puja más alta de toda la  que se ha empezado con la montaña de cajas para sacar los
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      subasta: mucho más de tres mil marcos seguro . Nadie  libros a la luz del día, o mejor dicho, de la noche. Nada po-
      pareció haber esperado una suma tan alta: la emoción  dría aclarar mejor la fascinación del desempacar como lo
      cimbró a los presentes. Emil Hirsch no le prestó aten-  difícil que resulta terminar de hacerlo. Había empezado
      ción y, ya sea para ahorrar tiempo, o por otras conside-  a mediodía y ya era la media noche, antes de que me
      raciones, pasó al siguiente número entre la distracción  hubiera acercado con mucho esfuerzo a las últimas
      de la sala. Anunció el precio.  Yo, con el corazón en   cajas. Ahora me caen en las manos  por último  dos
      la garganta y la clara conciencia de que no podía estar  tomos en rústica desgastados, que en sentido estricto
      a la altura de los grandes coleccionistas, ofrecí un poco  no pertenecen a una caja de libros: dos álbumes con
      más. Pero el subastador sin forzar la atención de la sala  flores disecadas, que mi madre pegó de niña y yo he
      pasa a la fórmula habitual: «¿Nadie más?», y tres golpes  heredado. Son las semillas de una colección de libros
      —que me parecieron separados por una eternidad—  infantiles, que todavía hoy crecen constantemente, pero
      que marcaban el final. Para mí, como estudiante, fue  ya no en mi jardín. No hay biblioteca viva que no alber-
      una suma de cualquier manera muy alta. A la mañana  gue en sí un número de creaciones librescas. No nece-
      siguiente ocurrió algo en la casa de empeño que ya no  sitan ser álbumes de cromos o de árboles genealógicos,
      pertenece a esta historia, pero que quisiera citar como un  tampoco de autógrafos ni tomos de textos jurídicos o
      contraejemplo de una subasta. Ocurrió en una subasta  de edificación interior: algunos se enganchan con vo-
      de Berlín del año pasado. El lote se había mezclado por  lantes y folletos, otros con facsímiles de manuscritos o
      la calidad y los temas: hileras de libros entre las cuales  fragmentos escritos a máquina de libros irrecuperables,
      sólo había unos cuantos de ocultismo y de filosofía de la  y sobre todo, las revistas pueden formar los bordes pris-
      naturaleza que valían la pena. Pujé por una selección de  máticos de una biblioteca. Para volver a esos álbumes,
      ellos, pero me di cuenta de que tan pronto intervenía,  en realidad la herencia es el modo y la manera más con-
      un señor que estaba unas filas adelante, parecía estar es-  vincente de conformar una colección. Ya que la acti-
      perando mi oferta, para colocar la suya muy por encima  tud del coleccionista frente a sus posesiones proviene
      de la mía. Después de haber repetido varias veces esa  del sentimiento de obligación del propietario frente a
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       PALABRIJES 11 enero-junio 2014
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