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Desde aquí, bajo una lluvia torrencial, los libros Humillarse en Donceles
aprovechan entonces para enviar un enérgico saludo Desesperado por no tener dinero para comprar cigarros
—se adivina cuál— a las autoridades locales y a los en París, un día Julio Ramón Ribeyro debió resignarse
«urbanistas»del df. a «cometer un acto vil»: vender sus libros, los mismos
libros «que arrastraba durante años por países, trenes
Comportamiento del vendedor de libros durante un y pensiones y que habían sobrevivido a todos los ava-
día en el que nadie se digna ni siquiera a mirar el local tares de mi vida vagabunda»; libros entre los que se
Todo comienza bien: despreocupado, el vendedor de hallaban uno de Ciro Alegría dedicado y diez ejem-
libros se apersona a las cuatro de la tarde con olímpico plares de su propio volumen de cuentos, Los gallinazos
descaro. Abre el local mientras saluda a sus vecinos sin plumas, «que un buen amigo había tenido el coraje
vendedores, que han estado ahí desde las diez de la ma- de editar en Lima».
ñana sudando la gota gorda. Luego instala una mesa y Ahora bien, si a Ribeyro tal desgracia le hubiese
selecciona concienzudamente los libros que pondrá a la ocurrido no ya en las calles del barrio latino sino en la
vista del ávido cliente de cultura. Pero como el tal no calle de Donceles, habría dejado de fumar. A cambio de
aparece pasadas más o menos dos horas, al vendedor de sus libros no habría recibido ni para un Delicado suelto.
libros se le comienza a agriar el carácter. Llevarás tu libro más preciado a una librería
Primero se recrimina el haber llegado tan tarde a de Donceles y el dependiente, luego de oír el sonido de
abrir el local; un rato después, al percatarse de que el tus tripas, te mirará con desagrado para luego ofrecerte
azote no ha dado resultados, comienza a dudar de su cincuenta centavos. Y si eres masoquista y ese mismo
«selección de material», de modo que realiza un recam- día se te ocurre pasar por la librería donde lo dejaste,
bio de casi la totalidad de los volúmenes más visibles. verás que tu ex-libro vale arriba de cuatrocientos pesos.
Pero pasada una hora más, y cuando la maldita lluvia Se han visto casos en los que el humillado se mata
hace desaparecer a los potenciales compradores y el es- de hambre para regresar a Donceles en búsqueda de su
tómago empieza a chillar, el vendedor entra de lleno en preciado libro (apuntalado por la culpa, pues el libro se
la vía del resentimiento. Todos han vendido sus por- le aparece en sueños reclamándole lo tan hijo de puta
querías, y a él, que tiene joyas, nadie se ha dignado ni que ha sido como para arrojarlo ahí) y, confiando en que
tan siquiera a dirigirle una mirada. Muy bien, señores: el dependiente de Donceles al menos le concederá
sigan camino a sus casas, enciendan el televisor y crean una pequeña rebaja, sale de la librería doblemente hu-
todo lo que les dice López Dóriga y arrodíllense ante millado porque los trescientos noventa y cinco pesos
Carlos Marín. Y, por favor, nada de irse a dormir sin que llevaba no le alcanzan para recuperarlo.
antes darle una puntillosa leída a su Osho de cabecera. Al lado de los libreros de Donceles, los delincuentes
Hijos de mala madre. del Fondo Monetario Internacional parecen niños de
Así el vendedor de libros logra que su estómago pecho.
se tranquilice durante al menos unos minutos antes
de cerrar. Observa con escepticismo las ediciones em- Yaloleí
pastadas de libros de Quevedo y Séneca y la pregunta Suele pasar con lectores de Joseph Roth, el novelis-
entonces es inevitable: ¿qué están haciendo aquí? Ante ta mimado del local. Curiosa estirpe, por cierto: mujeres
la incapacidad para resolver el enigma, el vendedor encorvadas, jóvenes prematuramente encanecidos, fervien-
se decide por fin a cerrar, resignado y rabioso a la vez, tes admiradores de Singer. Ellos lo han leído todo y ante
pero es justo en ese momento cuando aparece un an- ellos la humilde enciclopedia del vendedor queda reducida
ciano que se pone a hojear tranquilamente un volumen al tamaño de una nuez.
de las obras completas de José Martí. Vaya, la sabiduría Al principio es difícil mantener la calma y no mos-
milenaria. La senilidad como el último refugio de cul- quearse ante alguien que lo único que es capaz de decir
tura. El druida que entre la desolación y el despojo es es «ése ya lo leí, éste también, y aquél igual». Ya lo leí ya
todavía capaz de distinguir la planta mágica… lo leí ya lo leí. Lo increíble es que el alarde no obedece
—Joven— dice de golpe el anciano dejando a Martí a una charlatanería ni a un reflejo incontenible por dar-
a un lado—, ¿entre sus curiosidades no tendrá ¿Quién se se aires de superioridad, sino a la triste comprobación
ha llevado mi queso?? de una certeza: en efecto, los han leído todos, y sufren. Sufren,
Como respuesta, el vendedor desconecta la luz del pobre gente, porque van por ahí buscando lo nuevo, algún
local y suelta una carcajada gutural capaz de espantar título que se les haya escapado, alguna maldita novelita
al anciano y hacerlo huir al trote, casi corriendo, casi perdida, algún miserable capitulillo pasado por alto en su
como en los mejores días de su lejana juventud. lectura de los dieciséis tomos de La comedia humana.
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PALABRIJES 11 enero-junio 2014

