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El otro en mí
y yo en el otro
Nuestra identidad, por más que lo queramos, no es solipsismo.
El permanente encuentro con los otros es lo que construye
y destruye aquello que seamos.
Fernando Solis Luna
Para Araceli R., Jean Pool S. e Isabel L.,
por modificarme de tal forma que me incitaron
a escribir este texto.
El hombre, como lo anticipó genialmente Montaigne, es, en efecto, con un historial vivencial distinto y, por tanto, dentro de
una realidad ondulante y diversa. No es que cambie sus codificaciones mentales porta ideas diferentes que
como las demás cosas que hay en el mundo, transmite con un léxico, grato para unos e ingrato para
sino que es cambio, sustancial cambio.
Ortega y Gasset otros, o también con ademanes, gesticulaciones y más.
Da igual cuál sea el caso, pero es su lenguaje, incluida su
lengua, lo que nos puede transgredir en un determinado
momento de tal manera que cambiemos la estadía en
e escuchado decir que la lengua no es sólo un el mundo y configuremos nuestra identidad en forma
músculo humano que nos permite tragar o obscena o bondadosa, piadosa o impía, alegre o triste.
Hengullir nuestros alimentos de manera grata, Hemos sentido el palpitar de nuestros corazo-
sino, y esto es lo más característico de ella, también nes cada vez que caminamos abruptamente por las calles
es una bandera interior que se eriza con múltiples de la bulliciosa ciudad. Algunos lo hacemos todos los
colores. Una bandera hecha con palabras que reflejan días, otros sólo de manera esporádica. Pero sea de una
los círculos de pertenencia en los que nos hemos de- forma o de otra, es inevitable que en ese andar suframos
sarrollado. Es decir, la lengua refleja cuáles han sido fluctuaciones de ánimo. En un primer momento pode-
las circunstancias, y los otros que forman parte de esas mos sentirnos felices, tristes, enojados, vituperados,
circunstancias, que han formado nuestra subjetividad embriagados de Dios, entre otros tantos estados, y en
identitaria. Cuando digo esos otros, ¿a quién me refiero? un segundo momento, como si fuese el tiempo de un
A los otros seres humanos que no son nosotros. Esos relámpago, podemos estar experimentando lo opuesto
que nos re-significan en todo momento, hora y espacio; a lo primero; como si no fuésemos capaces de controlar
aquellos individuos que nos afectan de tal manera que nuestros estados afectivos. Lo curioso de ello no es
nos hacen sentir tristes, alegres y lo que se derive de lo mencionado, es decir, que tengamos cambios de
la combinación de ambos afectos. Es por ello que la ánimo de manera casi inmediata en todo momento y
interacción con los otros es de suma importancia, pues espacio, sino que, frecuentemente y en gran medida, son
cada una de sus palabras, tendencias, gustos y apetitos los otros quienes influyen en esos cambios, los cuales,
van repercutiendo en nuestra subjetividad. Es gracias a algunas veces son abruptos y otras, son meramente
los demás, y a las circunstancias que son producidas por insignificantes.
ellos, que construimos nuestra identidad. Constructo Supongamos que vamos por una calle estrecha de
infinito, en tanto que hay un sinfín de cosas que nos nuestra ciudad. En ella, no vemos más que un sinfín
pueden afectar. Cada vez que vamos en busca de una de personas que andan de prisa, cansadas o rehabili-
aventura, por ejemplo, en nuestra bulliciosa ciudad, tadas, con sombrero o paraguas, con botas o zapatos.
interactuamos ya sea de manera directa o indirecta con Algunas sonríen, pues alimentadas de entusiasmo
un sinfín de individuos, cada uno de los cuales cuenta marchan a su trabajo, hogar o cantina. Otros, con la
PALABRIJES 12 JULIO-DICIEMBRE 2014 15

