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mejor. Bueno, para nadie es una novedad; después de
todo, es en ese lugar incómodo donde, de pronto, las
lenguas se hacen pedazos y se acarician silenciosamente,
un espacio al que, por supuesto, casi nadie presta sus
oídos: los extremos de la batalla en donde ejércitos se
mezclan, se muerden y hasta se reconcilian (no sin antes
hablar cada quien a espaldas del otro). Ello ocurre en la
poesía —pues la poesía, como escribió Gaston Bachelard
echando mano a una anfibología luminosa, «pone al
lenguaje en estado de emergencia».
Tal vez hoy esa poesía, al menos en Hispanoaméri-
ca (pero quién puede saberlo), no corre únicamente por
los poemas, o quizás ni siquiera corre por los poemas,
sino más bien, en cuanto al apego —o no— a las reglas
sintácticas, corre, me parece, por algunos cuentos y
por algunas novelas en las que la inclusión de un habla
cotidiana no significa ya someterse a un realismo de
cuarta (tan asfixiante como el irrealismo lingüístico del
instrumental, sirve para el ocultamiento del sentido modernismo), donde se entabla una solidaridad tensa
y está a favor del sentido, pero después de todo es un entre esa habla y los modos de desplazamiento propios
lenguaje codificado, un producto de escuela, aunque de la escritura y de la tradición literaria, algo que ya
esa escuela sea dirigida por los hampones (o por los se ha llevado a cabo con maestría en buena parte de
poetas, cuando obligatoriamente deben incorporar la la literatura norteamericana de mediados del siglo xx
autocensura como una forma de expresión). y también, aunque en modo completamente distinto,
Quizás donde el español de los chilangos (y, en los antipoemas «narrativos» de Nicanor Parra, en
desde ahí, el español en general) se haga trizas hasta algunos cuentos de Julio Cortázar y en muchos de los
en su estructura, sea en algunos de los poemas de poetas chilenos de la década de los setenta y ochenta,
Orlando Guillén y Mario Santiago Papasquiaro. No empezando por el más radical de todos ellos: Rodrigo
se debe olvidar que es un tema de larga data en la Lira (quien, antes de poeta, se consideró siempre un
poesía en lengua española: en el ala opuesta a esa rup- «manipulador del lenguaje»). Es decir, las posibilidades
tura podemos ubicar todo el modernismo, con Darío de ampliación o de simplificación del español corren
a la cabeza, y, en el caso propiamente mexicano, las voces hoy por ese otro espacio al cual los poetas (incluso los
de poetas tan importantes y distantes entre sí como que son narradores) han mirado, con razón o sin ella,
López Velarde, Amado Nervo o Salvador Novo, y hasta siempre un poco por debajo del hombro, la narrativa.
me atrevería a sumar a este trío de pinturitas a Tablada. En México, ese movimiento expansivo y desatado
La aparición de parte de la poesía estridentista —con de nuestra lengua se lleva a cabo (me imagino que entre
Kyn Taniya a la cabeza— puede considerarse, más que otros, pues acá me remito sólo a mis lecturas) en los
como una reacción frente a esa idealización asfixiante cuentos de Daniel Sada. Y en la narrativa de la lengua
de la lengua española (y más allá de toda la parafernalia española en general, ocurre en las novelas y en algunos
vanguardistoide de los egos exacerbados), en tanto un de los cuentos de Roberto Bolaño, con quien, al parecer,
desplazamiento de las posibilidades de expresión de la el español se encuentra en un estado tal de hibridez que
lengua hacia la inconexión sintáctica, como la necesaria ya no sabemos cómo saldrá parado. (Gilberto Owen,
dislocación de esa selva léxica —llena de flores raras y que estuvo y está en el centro de ese campo en disputa,
de cisnes de cuello torcido— que fue el modernismo. de algún modo ya lo había notificado hace ochenta años:
En tal sentido, todavía Trilce es el lugar del gran «resulta que un día del siglo xx, la novela se enamoró
terremoto, y la poesía en lengua española, después de del poema y pareció que la literatura se descarrilaba
esos poemas, puede hacer y decir cualquier cosa (pue- irremediablemente»).
de incluso volver a ordenarse, como de algún modo lo En fin, todo este espantoso rodeo me ha llevado
hizo), pero no sin antes aceptar que a nuestra lengua, lejos de los chilangos, aunque si pensamos por un
una lengua afortunadamente corrompida y, como dice momento en la magistral cátedra de argot con la que
Wacquez, «bastarda» (tan «bastarda» como nosotros), se Lupe (la prostituta de la colonia Guerrero) contrarresta
le puede faltar el respeto hasta violarla y decepcionarla la clase de métrica de Juan García Madero en aquel
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