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«Rescate espacial franco-americano», dijo el fran-  Alrededor de las ocho de la mañana, conforme
       cés, y que él mismo será el comandante de la misión  al horario de Moscú, oí el saludo de Drake con el tono
       terrestre en el Centro Espacial de Houston.   de quien cumple una esperanza: «Buenos días, mayor,
           El comandante en el espacio será un tal Sven  Dios nos ha traído con bien, por usted». Nos abrazamos
       Drake, un americano.                          con toda la fuerza que permitieron los trajes espaciales.
           «Su país está en crisis y no habrá tripulación rusa   Sentí la ternura de sus torpes palmadas, mientras las
       en su rescate», fue la última frase que dijo el francés.  escafandras de ambos chocaban con mis impulsos por
       No escucharé ruso cuando vengan por mí.       besar al comandante. Creo que las vibraciones de mis
           Hoy, ¿a qué causa atribuiré mis sollozos?  sollozos tocaron su corazón y despertaron en Drake el
                                                     gesto de acunarme.
       Leningrado, ahora San Petersburgo, 1992           El comandante de la misión espacial acompañó
       Encontré este cuadernillo en donde registré mis últimas  mi llanto con el suyo.
       jornadas en la Sombra. Hago el recuento de cómo, a   En el transbordador, una tripulación jubilosa me
       partir del momento que supe que me rescatarían, el  recibió. «Bienvenido a bordo, mayor Nimzovitch», dijo
       tiempo salió de su condición de misterio, de eternidad y  por una bocina el comandante de la misión en Houston.
       empezó a correr linealmente. Recuerdo aquella tensión,   De vuelta en la Tierra, en aquel lado del plane-
       cuando empecé a contar el bendito regreso a casa en  ta, Svetlana me llamaba cada día desde un hotel. La
       minutos terrestres.                           cuarentena prohíbe el acceso a cualquiera que no esté
           La nave transbordadora se iba a acoplar a la Sombra.  autorizado y ella no lo estaba, como sucede a las esposas
           Al salir de la Estación, miré por última vez, a través  de todos los cosmonautas.
       de la escotilla central, el silencioso infinito, la muda voz de   Cuánto quería tocarla, sentir su cuerpo cerca del
       Dios. Y, antes de colocarme la escafandra, un súbito  mío, oler su pelo, que me despeinara como solía hacerlo;
       deseo brotó en mis adentros: que una niña o un niño  confiarle que era un desconocido para mí mismo y que me
       con mis rasgos y los de Svetlana me recibiera con sus  ayudara a reconocerme, devolviéndome recuerdos comu-
       besos infantiles.                             nes y suscitando memorias que sólo a mí me pertenecen.

       PALABRIJES 12 JULIO-DICIEMBRE 2014                                                                    57
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