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Carmen Ros
Fluir entre distintas ideologías en la vida cotidiana puede ser jocoso,
contradictorio, confuso, o francamente paradójico.
swaldo se había despertado temprano; quería hasta el Golfo de México había perdido su fragancia.
irse a trabajar sin premuras ni carreras. En La fisonomía de la ciudad lo desencantó desde la primera
Ola cocina, mientras preparaba café, prendió semana. Encontró monótonos la exhuberancia del verdor
el radio. Era estimulante escuchar a los locutores de y sus matices, así como el trazo y la cara de las calles.
la cmq, de Miami, lanzando injurias a todo cuanto Una ciudad de utilería, montable y desmontable como
se desplazara un grado, o menos, de la derecha cubana de set cinematográfico. Un maniquí sin el alma de otras
los años sesenta. La acusación de los conductores siem- latitudes, en donde las ciudades echan sus raíces hasta las
pre era igual: ¡Esos comunistas de mierda! plataformas continentales y nutren su carácter. Un día
Oswaldo, acicateado por el discurso radial, esa cayó en sus manos la biografía de Ibn Seud, el fundador
mañana espetó a las bocinas: Qué sabes tú, coño, de de Arabia Saudita. El biógrafo sostenía que Seud había
comunismo, ¿eh? Confundes castrismo con socialis- aprendido que, para sobrevivir en el desierto, el coraje
mo, comemierda. Claro, si te fuiste apenas llegó Fidel. no le servía de nada, sino la abnegación. Oswaldo bajó
Nos jodimos los que nos quedamos, carajo, hasta que el libro y miró, desde la ventana de su casa, la vegetación
pudimos salir. Me cago en tu madre, maricón. y declaró que, para él, aquella selvática flora era equiva-
Todos los viernes por la tarde, Oswaldo entraba lente a la aridez desértica. Por esto último, y «para no
a su casa, allá por los confines de Hialeah, cargado de ver el desarrollo del imperialismo yanqui», fue que tapió
bolsas con el mejor surtido de productos que atenuaran sus ventanas con sendas láminas que atornilló al muro
su nostalgia: latas de frijoles negros Goya, plátanos exterior de su vivienda. Así, iluminado día y noche con
machos y un paquetico de café Bustelo. El postre lo electricidad, todo el fin de semana releía, con el mismo
compraba en la cafetería Versailles, allá por la calle ocho, sentimiento de quien escucha las melodías de moda en
aunque tuviera que hacer un rodeo desde su trabajo en su juventud, a anarquistas como Godwin y Bakunin, y
el Miami Herald, por el downtown. Valía la pena, qué veía las transmisiones de Univisión y Telemundo que,
relleno el de aquellos éclairs. para no imbecilizarse, decía, trataba de intelectualizar.
Recién llegado a La Florida, durante la crisis de los De ahí que apreciara los Sábados de Don Francisco
balseros, unos amigos lo llevaron al Versailles para conocer como indicadores de la capacidad de los hispanos para
la auténtica mesa isleña, dado que en Cuba, consideraron, tragarse humillaciones.
no se publican libros de cocina porque, primero: no hay Pero ya era lunes y Oswaldo no quería sufrir,
ingredientes con que cocinar, y segundo: si hubiera pu- rumbo al trabajo, la jodienda del tráfico matutino. Te-
blicaciones culinarias, serían catalogadas como literatura nía que salir temprano, así que enseguida de su última
fantástica. Aquella vez, Oswaldo leyó despacio la carta, imprecación contra los locutores radiales de la cmq,
preguntando qué era este platillo y aquel otro; miró con apagó las luces, cerró la puerta de su casa y, antes de
ternura el nombre de algunos guisos y quedó en estado abordar su Dart 87, se persignó con una cruz bizantina,
contemplativo unos instantes hasta que por fin declaró: a saber: sobre la frente, los labios y el pecho; luego se
ñó, caballero, que esta carta es un poema. frotó las palmas de las manos y exclamó: Ahora sí, chico,
Eso, la abundancia de comida e ingredientes, era lo a ganar dólares, qué coño.
único que perdonaba a Miami; también el cielo, porque
se movía con la misma placidez que en La Habana, en Carmen dice de sí misma: mi origen, primero muerta que negar que soy de León; en cuanto
donde sí había malecón y el mar sí olía a pescado y sal, a las chambas, Dios quiera que sean glamorosas; y la divisa que me retrata: no me dejen en
y no como ahí, coño, donde todo era tan aséptico que mis propias manos.
26 PALABRIJES 13 • ENERO-JUNIO 2015

