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Cronírica:



                          instrucciones para


                              embriagar(se)





                                               a la tierra








                                                      Jatziri López Mercado


                        Déjate llevar por este texto que nos ofrece una forma insólita de mirar la ciudad.





                           uando despertamos, decidimos hacer algo por
                           los habitantes de las calles. A pesar de que en  Teníamos las bolsitas en las manos, ya las habíamos
                     Ccada uno de nosotros se dibujaban posibles so-  repartido justo como ella nos dijo: «esparzan esto por
                      luciones, nos dejamos de cualquier tipo de palabrería  cada rincón, por cada pliegue de fertilidad. Donde vean
                      porque sabíamos que ninguna sería tan sabia como   verde, donde vean una grieta, ¡ahí, ahí!». Navegamos
                      la de mi abuela. Entonces, fuimos al encuentro: Circuito  esparciendo las semillas por el Circuito Navegantes,
                      Diplomáticos, unas cinco calles arriba desde la Zona  por Novelistas, por Ingenieros, por todos los oficios y
                      Azul en Ciudad Satélite.                      profesiones habidas y por haber, por personajes que
                                                                    yo desconocía y me hacían preguntarme: «¿cómo es
                                                                    que su nombre está en la flecha del yin yang y yo no
                      La vimos desde lejos mientras yo pensaba: cuando mi  sé qué hizo?, ¿cuál es el criterio para llamar una calle
                      abuelo construyó esa casa, hace 40 años, el paisaje   con tu nombre?» Me daba un poco de pena reconocer
                      se poblaba de magueyes, piedras, hierbas, un viento  menos del treinta por ciento de los nombres; no quería
                      suave a cada rato, un riachuelo donde mis tíos y mi  imaginarme ni cómo podría sentirme si, pensando en
                      padre jugaban, unas cuantas construcciones esparcidas y  esto, entrara a una biblioteca.
                      demás objetos que conforman lo que llamamos «campo».   De caminar tanto, justo terminando el Circuito
                      También se podían ver las torres a la perfección: solas,  Oradores esquina con Misioneros, nos quedamos dor-
                      rectas, penetrantes, monumentales como una utopía.   midos. Después de una noche, el graznido de las aves
                          Once años después de aquello, el hombre llegó  anunciaba el albor y, apenas se asomó un pelo de sol, la
                      a la luna.                                    tierra osciló como nunca antes hubiera sentido. Cuando
                          Ahora, parados frente a ese hogar, no se po-  abrimos los ojos asustados, un vagabundo con un cartel
                      día ver nada de eso mas que un montón de cajitas   colgado «M. G.» decía con un delay extraño: «Odio los
                      de concreto mucho más grandes y adineradas que la de  sismos, los ísmos, ísmos, mos, os...»
                      mi abuela. Casas que no significaban en absoluto la
                      desaparición de aquel paisaje claro, sino la arquitec-
                      tura de la amistad con personas que fueron llegan-  Atónitos, entendimos de qué se trataba todo esto. Las
                      do poco a poco. Por allá, reconocí la casa del argentino don  raíces terminaron por abrir el asfalto y desaparecer-
                      Palleiro y del otro lado, la del señor Carlitos y su  lo casi por completo. Ciudad Satélite se había convertido
                      esposa María Eugenia.                         en Selva Satélite, una selva de árboles frutales. «Nunca
                                                                    se me hubiera ocurrido», pensé.

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