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Hambrientos, nos acercamos a un manzano y     La gente estaba confundida e inconforme. Uno de
         nos paramos de puntitas para arrancarle unas rojas;  los muchos vagabundos dijo en un tono burlón: «Ahora
         sin embargo, éste se rehusó a soltarlas, como si al  ¿qué? ¿Cómo pretenden que las torres hagan música?
         comerlas tuviese que expulsarnos, como si en verdad  Jejeje». «Sí», dijo otro en la misma guasa, «¡saquen su
         deseara cobijarnos en aquel paraíso. No éramos los  varitas y digan abracadabra!» Sin pensarlo, y desde
         únicos, alrededor, los famélicos luchaban con ferocidad  una perspectiva sinceramente irónica, todos gritamos
         por conseguir aunque fuera un pedazo del fructuoso  «¡abracadabra!» La palabra mágica retumbó en su propio
         alimento. Hicimos de todo, pero nada funcionaba,  eco infinidad de veces; la torre amarilla, la más pequeña
         hasta que, en su retorno, el vagabundo fastidiado  y central, giró lentamente sobre su propio eje como se
         por los sismos nos dijo que era evidente que la tierra  muestra enseguida:
         no soltaría nada sin que antes le agradeciéramos:
         «Le gusta que le den masajes», afirmaba mirando al
         vacío, «le gusta que bailen sobre ella... lástima que
         no hay música, porque de lo contrario, sabríamos cómo
         bailar». Reí hasta el llanto porque nunca nadie había
         hecho un presagio tan feliz.



                           Paréntesis

         (Un día soleado, al lado de su árbol de limón, mi abuelo,
         que era arquitecto y que era amante de contar datos
         curiosos sobre la arquitectura, me dijo: «¿Sabías que
         las Torres de Satélite eran un proyecto, además de ar-
         quitectónico, musical?», negué extrañada. «Sí, estaban
         diseñadas para que el aire que pasara entre ellas creara
         un tipo de armonía. Es una lástima que no se haya lo-  Finalmente, se escuchó un silencio, después un
         grado, pero habría sido una lástima mayor que nadie  soplido y, cuando menos lo esperábamos, nos dimos
         lo hubiera intentando».)                      cuenta: la más irreconocible melodía nos embriagó
                                                       por completo. Se podría decir que se trataba de un
                                                       miserere, excepto que éste no tenía ni un poquito
         Supe a dónde teníamos que ir. Subí a la copa de un  de sentimiento de pecado, de culpa, de perdón o
         naranjo y vi la punta blanca y roja de las torres más  de cualquier tipo de emoción con nombre —aunque
         altas. Aquel era nuestro destino. Atravesamos la selva  a muchos de nosotros nos rodaran lágrimas por el
         entre escombros, casas, árboles y pronto las vimos. La  rostro—. Nuestros cuerpos se movieron de maneras
         explanada estaba intacta, y con ella las torres. Frente  inimaginables y pudimos comer exitosamente algo
         a su presencia, todos estábamos.              más que los frutos de los árboles.
              Una nube gorda me dijo que nuestro bullicio se
         escuchaba como un zumbido desde lejos; entonces
         confirmé que nos alojamos en el lugar indicado.   Esa noche no hubo diferencia entre la selva y nosotros.


                                                        Jatziri estudia joyería y orfebrería en el inba. Le encanta contemplar la plata líquida, el
                                                        tiempo en los minerales y el trabajo en sus manos mallugadas. Antes, estudió Letras
                                                        Hispánicas en la unam.
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          PALABRIJES 13 • ENERO-JUNIO 2015
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