Page 45 - P13
P. 45
Hambrientos, nos acercamos a un manzano y La gente estaba confundida e inconforme. Uno de
nos paramos de puntitas para arrancarle unas rojas; los muchos vagabundos dijo en un tono burlón: «Ahora
sin embargo, éste se rehusó a soltarlas, como si al ¿qué? ¿Cómo pretenden que las torres hagan música?
comerlas tuviese que expulsarnos, como si en verdad Jejeje». «Sí», dijo otro en la misma guasa, «¡saquen su
deseara cobijarnos en aquel paraíso. No éramos los varitas y digan abracadabra!» Sin pensarlo, y desde
únicos, alrededor, los famélicos luchaban con ferocidad una perspectiva sinceramente irónica, todos gritamos
por conseguir aunque fuera un pedazo del fructuoso «¡abracadabra!» La palabra mágica retumbó en su propio
alimento. Hicimos de todo, pero nada funcionaba, eco infinidad de veces; la torre amarilla, la más pequeña
hasta que, en su retorno, el vagabundo fastidiado y central, giró lentamente sobre su propio eje como se
por los sismos nos dijo que era evidente que la tierra muestra enseguida:
no soltaría nada sin que antes le agradeciéramos:
«Le gusta que le den masajes», afirmaba mirando al
vacío, «le gusta que bailen sobre ella... lástima que
no hay música, porque de lo contrario, sabríamos cómo
bailar». Reí hasta el llanto porque nunca nadie había
hecho un presagio tan feliz.
Paréntesis
(Un día soleado, al lado de su árbol de limón, mi abuelo,
que era arquitecto y que era amante de contar datos
curiosos sobre la arquitectura, me dijo: «¿Sabías que
las Torres de Satélite eran un proyecto, además de ar-
quitectónico, musical?», negué extrañada. «Sí, estaban
diseñadas para que el aire que pasara entre ellas creara
un tipo de armonía. Es una lástima que no se haya lo- Finalmente, se escuchó un silencio, después un
grado, pero habría sido una lástima mayor que nadie soplido y, cuando menos lo esperábamos, nos dimos
lo hubiera intentando».) cuenta: la más irreconocible melodía nos embriagó
por completo. Se podría decir que se trataba de un
miserere, excepto que éste no tenía ni un poquito
Supe a dónde teníamos que ir. Subí a la copa de un de sentimiento de pecado, de culpa, de perdón o
naranjo y vi la punta blanca y roja de las torres más de cualquier tipo de emoción con nombre —aunque
altas. Aquel era nuestro destino. Atravesamos la selva a muchos de nosotros nos rodaran lágrimas por el
entre escombros, casas, árboles y pronto las vimos. La rostro—. Nuestros cuerpos se movieron de maneras
explanada estaba intacta, y con ella las torres. Frente inimaginables y pudimos comer exitosamente algo
a su presencia, todos estábamos. más que los frutos de los árboles.
Una nube gorda me dijo que nuestro bullicio se
escuchaba como un zumbido desde lejos; entonces
confirmé que nos alojamos en el lugar indicado. Esa noche no hubo diferencia entre la selva y nosotros.
Jatziri estudia joyería y orfebrería en el inba. Le encanta contemplar la plata líquida, el
tiempo en los minerales y el trabajo en sus manos mallugadas. Antes, estudió Letras
Hispánicas en la unam.
43
PALABRIJES 13 • ENERO-JUNIO 2015

