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La ebriedad




                                                 nomada











                                                          Felipe Vázquez



                                   La ebriedad es un devenir perpetuo en el cual, sin embargo,
                                  siempre surgen estancias, lugares con coordenadas específicas

                                                  en las que vale la pena reparar.







                                       La lejanía es quizá el único territorio  de la travesía. Al contrario de quienes consideran que al-
                                           que me permite ser sedentario.  gunas cantinas otorgan cierto estatus social o intelectual,
                                                   Evaristo Escalante  nosotros las utilizamos como un sitio de paso en nuestra
                                                                    errancia «hasta el fin del mundo» —así le llamábamos a
                             eredé cierta inclinación nómada, un impulso  ese vagabundeo poblado de soledad perruna y abismos de
                             por estar siempre en otra parte. Al paso del  bolsillo—. Pocas veces sitio de tertulia o de celebración,
                     Htiempo, esta pulsión se ha vuelto una condición  la cantina errática fue una suerte de oasis en nuestra
                      de ser, una forma de actuar en todos los órdenes de  huida por los laberintos de concreto, huida que se tradu-
                      la vida. Incluso cuando estoy con alguien siento el  cía en búsqueda de algo que nunca acertamos a definir,
                      deseo de irme. Quizá el deseo de no estar se ha vuelto  búsqueda que acababa en la pérdida irremediable de
                      mi única forma de convivir. Sustraerme de cualquier  nuestras certezas. Recuerdo nuestro cotidiano vagar por
                      forma gregaria ha sido casi un principio moral. Por  las calles desiertas de la ciudad oscura, trabados
                      lo tanto, nunca fui parroquiano de ninguna cantina  por no sé qué desesperación, en busca de alguna cantina
                      o, si se quiere ver así, he sido parroquiano de la can-  secreta que nos diera el sosiego del alcohol. En nues-
                      tina nómada. Erré siempre de una cantina a otra. En   tra juventud sin malicia, éramos animales soberbios e
                      esta condición nomádica, los nombres han sido lo de  indomables, creíamos que la moral había sido hecha
                      menos. La cantina era un espacio de transición que  para los que tienen por alma un cartílago. Sarcásticos a
                      me permitía tomar una cerveza o un tequila antes de  fuerza de orfandad, dignos a fuerza de pobreza, ebrios
                      continuar un viaje sin propósito, sin meta; más bien un  a fuerza de lucidez, puros a fuerza de quebrantos. Nos
                      viaje cuya meta consistía en dar continuidad a la pura  equivocamos en todo porque queríamos vivir y no ser
                      errancia. Sólo ante una copa aceptaba ser sedentario;  mercenarios de la vida. Después no sé cómo vinimos a
                      una vez vacía, estaba equipado para cumplir mi destino  parar a este callejón sin salida, casi emparedados a los
                      de estar siempre en otra parte.               muros de deberes que nunca quisimos. Pero ésta es otra
                           Mi amigo de alcoholes trashumantes, el pintor  historia. Otro día contaré la historia del errante que
                      Antonio Mojica, compartía el mismo credo de la ebriedad  terminó atrapado por lo errático. Y no será una lección
                      peregrina. Del Centro Histórico a la periferia de la ciu-  moral; prometo no ser aburrido.
                      dad y de la cantina histórica al tugurio clandestino, prac-  A pesar mío, el nombre de algunas cantinas se
                      ticábamos una travesía hacia la ebriedad y una ebriedad  me impone: el viejo Salón Corona en la calle de Bolívar,

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