Page 46 - P13
P. 46
La ebriedad
nomada
Felipe Vázquez
La ebriedad es un devenir perpetuo en el cual, sin embargo,
siempre surgen estancias, lugares con coordenadas específicas
en las que vale la pena reparar.
La lejanía es quizá el único territorio de la travesía. Al contrario de quienes consideran que al-
que me permite ser sedentario. gunas cantinas otorgan cierto estatus social o intelectual,
Evaristo Escalante nosotros las utilizamos como un sitio de paso en nuestra
errancia «hasta el fin del mundo» —así le llamábamos a
eredé cierta inclinación nómada, un impulso ese vagabundeo poblado de soledad perruna y abismos de
por estar siempre en otra parte. Al paso del bolsillo—. Pocas veces sitio de tertulia o de celebración,
Htiempo, esta pulsión se ha vuelto una condición la cantina errática fue una suerte de oasis en nuestra
de ser, una forma de actuar en todos los órdenes de huida por los laberintos de concreto, huida que se tradu-
la vida. Incluso cuando estoy con alguien siento el cía en búsqueda de algo que nunca acertamos a definir,
deseo de irme. Quizá el deseo de no estar se ha vuelto búsqueda que acababa en la pérdida irremediable de
mi única forma de convivir. Sustraerme de cualquier nuestras certezas. Recuerdo nuestro cotidiano vagar por
forma gregaria ha sido casi un principio moral. Por las calles desiertas de la ciudad oscura, trabados
lo tanto, nunca fui parroquiano de ninguna cantina por no sé qué desesperación, en busca de alguna cantina
o, si se quiere ver así, he sido parroquiano de la can- secreta que nos diera el sosiego del alcohol. En nues-
tina nómada. Erré siempre de una cantina a otra. En tra juventud sin malicia, éramos animales soberbios e
esta condición nomádica, los nombres han sido lo de indomables, creíamos que la moral había sido hecha
menos. La cantina era un espacio de transición que para los que tienen por alma un cartílago. Sarcásticos a
me permitía tomar una cerveza o un tequila antes de fuerza de orfandad, dignos a fuerza de pobreza, ebrios
continuar un viaje sin propósito, sin meta; más bien un a fuerza de lucidez, puros a fuerza de quebrantos. Nos
viaje cuya meta consistía en dar continuidad a la pura equivocamos en todo porque queríamos vivir y no ser
errancia. Sólo ante una copa aceptaba ser sedentario; mercenarios de la vida. Después no sé cómo vinimos a
una vez vacía, estaba equipado para cumplir mi destino parar a este callejón sin salida, casi emparedados a los
de estar siempre en otra parte. muros de deberes que nunca quisimos. Pero ésta es otra
Mi amigo de alcoholes trashumantes, el pintor historia. Otro día contaré la historia del errante que
Antonio Mojica, compartía el mismo credo de la ebriedad terminó atrapado por lo errático. Y no será una lección
peregrina. Del Centro Histórico a la periferia de la ciu- moral; prometo no ser aburrido.
dad y de la cantina histórica al tugurio clandestino, prac- A pesar mío, el nombre de algunas cantinas se
ticábamos una travesía hacia la ebriedad y una ebriedad me impone: el viejo Salón Corona en la calle de Bolívar,
44 PALABRIJES 13 • ENERO-JUNIO 2015

