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donde una tarde de 1997 vi por última vez a mi amigo  y prostitutas de rasgos indígenas. Un lugar donde uno
          Guillermo H. Vera, que iba con un amigo suyo llama-  podía pasar los días de noche; agradable excepto por
          do también Guillermo, tres días después ambos fueron   los meseros, que parecían haber sido entrenados
          alcanzados por un rayo en las arboledas de la Ciudad  por un perro policía.
          Universitaria; allí también, la noche del 2 de marzo de   Mi amigo Antonio era un bebedor olímpico, a
          2005 empezó la breve agonía de mi amigo Nahuatzen,  nadie he visto beber tanto y mantener las maneras
          provocada por un aneurisma. Desde entonces no he  civilizadas. En nuestra ebriedad nómada, una vez
          querido visitar esa cantina que, por lo demás, se ha  descubrimos las cantinas sin nombre de El Molinito,
          vuelto demasiado turística.                  en el poniente de la ciudad, una suerte de morideros
              No puedo omitir el Bar Orizaba, en el barrio  clandestinos donde uno podía conseguir un aguar-
          chino. Ignoro si aún sigue en pie, en todo caso sería un  diente sin alma, una mujer de tres modos, una pistola
          milagro porque parecía que estaba a punto de caerse  o un matón dispuesto a todo con tal de ganar unos
          de tan viejo y mugroso. «La apestosa» —éste era su  pesos. Esas cantinas sin nombre eran lugares tan
          nombre secreto— era una parada obligatoria para los  inhóspitos como hospitalarios, a veces instalados en
          borrachos que gustaban de tomar el pulso del México  talleres mecánicos, a veces en galerones de triques, a
          profundo; su aspecto miserable, su aura de perdición,  veces en casas rebosantes de mugre y pobreza. No nos
          sus parroquianos salidos como de un derrumbadero  importaba sentarnos en una llanta o en un tabique si
          de la historia, nos daban una lección de humildad   teníamos en la mano una cerveza o un vaso de caña.
          que nunca hubiera logrado darnos un santo. Una noche  Atravesábamos esos días como por las ruinas de un
          intercambié allí el Breviario de podredumbre de Cioran  desastre cósmico, nos sentíamos sobrevivientes; todo
          por un par de caguamas.                      era desastre y errancia entre las ruinas.
              Una tarde incandescente de agosto, ahogados de
          sol, mi amigo Antonio y yo entramos a La Corneta —en
          Fray Servando Teresa de Mier, cerca de La Merced—,   Felipe estudió hasta cuarto año de primaria y fue maestro en albañilería, oficio que heredó
          una cantina donde era siempre medianoche, pues estaba   de su padre y éste del suyo hasta remontarse a los hacedores de la Pirámide del Sol en
          pintada de negro, a media luz, sin ventanas, con tele-  Teotihuacan, ciudad que lo vio nacer una madrugada de 1966. Llegó a la Ciudad de México
          visores en los muros donde sólo transmitían películas   muy joven y descubrió muy pronto que lo único útil en la vida era hacer nada. Desde entonces
          porno, y atestada de soldados rasos, diableros, albañiles   trata de ser maestro en esas artes.

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          PALABRIJES 13 • ENERO-JUNIO 2015
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