Page 49 - P13
P. 49

amores; ya para afirmarlo, negarlo, o soportarlo; y esta
          es la trinchera preferida del guanajuatense, esa que
          caminó tanto y tan bien que parece insuperable. Ya
          el destino, ya la amistad, ya la vida, ya el orgullo, ya el
          amor, sobre todo el amor, sí, el amor, con todo su dolor.

          Ando borracho, ando tomando,
          porque el destino cambió mi suerte
          La embriaguez es reactiva. El capricho del destino que
          asesta su golpe a la indefensa y precaria existencia
          humana acarrea la liberación de los espíritus etílicos
          que, en exequias o saturnales, exorcizan el peso de la
          pena y de la gloria, las conjuran, las vuelven plásticas
          para acariciarlas, besarlas, sonreírles y llorarles. El
          alcohol reacciona, va siempre de la mano de nuestros
          más profundos sentimientos, los obedece, los exagera,
          los acompaña.

          Y ahí te voy a quebrar mi destino, y en una cantina
          cambié mis canicas por copas de vino
          La embriaguez es activa. Ningún asunto en la vida es
          tan testarudo ni tan imponente como para no poder ser
          afrentado por una buena farra, un caballito de tequila
          ingerido de hidalgo, o una helada y valerosa cagua-
          ma en la mano. La carne es más ávida con el alcohol, más
          trémula, más desinhibida; los golpes, más ligeros; las pa-
          labras, más honestas (aunque mientan). La embriaguez
          pone en marcha el devenir, le quita a la existencia su
          absurda solemnidad omnisapiente y la arrastra por los
          vericuetos más oscuros, y por ello sagrados, de nuestras
          pulsiones. El saber en la embriaguez no importa nada, y
          no importa porque no vale, y no vale porque no existe;
          en la ebriedad importa más una mirada, una mano, un
          labio superior que deja asomar los incisivos, el abrazo
          firme de un varón tomándonos por la cintura, o una
          teta sin sostén que danza libre dentro de una blusa que
          la transparenta y nos invita a un asalto. El alcohol, en
          su actividad, maximiza los detalles y con ello impulsa
          el deseo y hace que el deseo gobierne porque lo demás
          no importa. El destino a la embriaguez le importa un
          pito —como a Girondo que las mujeres tengamos los
          senos como magnolias o como pasas de higo—, siempre
          habrá una caguama honorable que quiera acompañarnos
          para mandarlo a chingar a su puta madre.

          La vida no vale nada
          La vida, no es que no valga, es que no importa. Cuando
          el destino cambia la suerte y la suerte el destino, no
          hay nada que valga la pena cuidar. Da lo mismo perder
          la vida por una mujer o por un hombre que por una
          deuda sin saldar. La vida no se posee, y si no se posee,
          no se puede perder. Arrancarse la vida, o quitársela a

                                                                                                                47
          PALABRIJES 13 • ENERO-JUNIO 2015
   44   45   46   47   48   49   50   51   52   53   54