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amores; ya para afirmarlo, negarlo, o soportarlo; y esta
es la trinchera preferida del guanajuatense, esa que
caminó tanto y tan bien que parece insuperable. Ya
el destino, ya la amistad, ya la vida, ya el orgullo, ya el
amor, sobre todo el amor, sí, el amor, con todo su dolor.
Ando borracho, ando tomando,
porque el destino cambió mi suerte
La embriaguez es reactiva. El capricho del destino que
asesta su golpe a la indefensa y precaria existencia
humana acarrea la liberación de los espíritus etílicos
que, en exequias o saturnales, exorcizan el peso de la
pena y de la gloria, las conjuran, las vuelven plásticas
para acariciarlas, besarlas, sonreírles y llorarles. El
alcohol reacciona, va siempre de la mano de nuestros
más profundos sentimientos, los obedece, los exagera,
los acompaña.
Y ahí te voy a quebrar mi destino, y en una cantina
cambié mis canicas por copas de vino
La embriaguez es activa. Ningún asunto en la vida es
tan testarudo ni tan imponente como para no poder ser
afrentado por una buena farra, un caballito de tequila
ingerido de hidalgo, o una helada y valerosa cagua-
ma en la mano. La carne es más ávida con el alcohol, más
trémula, más desinhibida; los golpes, más ligeros; las pa-
labras, más honestas (aunque mientan). La embriaguez
pone en marcha el devenir, le quita a la existencia su
absurda solemnidad omnisapiente y la arrastra por los
vericuetos más oscuros, y por ello sagrados, de nuestras
pulsiones. El saber en la embriaguez no importa nada, y
no importa porque no vale, y no vale porque no existe;
en la ebriedad importa más una mirada, una mano, un
labio superior que deja asomar los incisivos, el abrazo
firme de un varón tomándonos por la cintura, o una
teta sin sostén que danza libre dentro de una blusa que
la transparenta y nos invita a un asalto. El alcohol, en
su actividad, maximiza los detalles y con ello impulsa
el deseo y hace que el deseo gobierne porque lo demás
no importa. El destino a la embriaguez le importa un
pito —como a Girondo que las mujeres tengamos los
senos como magnolias o como pasas de higo—, siempre
habrá una caguama honorable que quiera acompañarnos
para mandarlo a chingar a su puta madre.
La vida no vale nada
La vida, no es que no valga, es que no importa. Cuando
el destino cambia la suerte y la suerte el destino, no
hay nada que valga la pena cuidar. Da lo mismo perder
la vida por una mujer o por un hombre que por una
deuda sin saldar. La vida no se posee, y si no se posee,
no se puede perder. Arrancarse la vida, o quitársela a
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PALABRIJES 13 • ENERO-JUNIO 2015

