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con otros individuos que acaban de llegar; en seguida  de siempre. Pido dos litros para beber ahí, a lo que ella
                      percibo un olor a solvente.                   contesta, cambiando de tono:
                           La Gata regresa. Vierte dos litros de malva blanca   —Pero sólo un vasito, no los quiero aquí después, eh...
                      en un embudo de metal y sus ojos vuelven a brillar;   —Sí, seño. Es que venimos cansados y necesita-
                      unas chapas sonrosadas acentúan su aspecto simpático.  mos algo que nos refresque —le contesto sonriéndole.
                           —Serían veinte pesos, joven... —me dice. El precio   —Yo pensé que venías con las patas —oigo la
                      es más elevado que la última vez, aun así, no demoro  voz de un señor llegando desde afuera, interesado
                      mi pago y le doy un Benito Juárez.            por nuestra presencia. Lleva amarrado al cinturón un
                           Al salir, Facundo me mira y hace señales de irnos;  flexómetro, su ropa está salpicada de cemento, por lo
                      del otro lado, un chavo que trae una playera del Hara-  que es fácil intuir su oficio.
                      gán parece más interesado por el pulque que compré.   Durante un largo rato platicamos, sentados en el
                      Comienza a blofear en voz alta.               sillón destartalado que hay debajo del altar. Un pirul de
                           —Hasta luego, banda... —les adelanto, evadiendo  altos ramajes esparce su sombra sobre nosotros, al lado,
                      varios cuerpos que nos cierran el paso.       varios perros desnutridos olfatean el suelo en busca de
                           Cuando logramos desafanarnos de su alcance, les  comida. El albañil comenta que harán quesadillas
                      pregunto a mis cuates qué tanto hablaban con aquellos  de botana. En un fogón, a orillas de la calle sin banqueta,
                      sujetos.                                      hierven papas en una olla; al otro lado, descansa un
                           —Nos preguntaron que de dónde éramos; si le  molcajete salsero.
                      atorábamos a la mona —responde el Fercho.          Aparece otro joven, más o menos de nuestra edad y,
                           —¿Sí viste cuando corrió el otro a avisarles?   al ver que está ponchándose un toque, Tafoya —quien me
                      —Facundo pregunta pensativo.                  acompaña en esta ocasión— le pide una cana. El mucha-
                           —Sí, andan bien sobres... —contesta el Fercho,  cho no trae, pero nos ofrece un boleto del trolebús, por si
                      como si estuviera ante un hecho evidente.     gustamos fumar más al rato. Del otro lado de la calle, un
                           —Yo no vi a nadie, ¿de quién hablan?  —pregunto  grupo de señores descansa bajo la sombra de una pared.
                      a mi vez, desconcertado.                           Nos acabamos el primer litro. Tafoya entra a la
                           —Les ha de haber dicho: acaban de llegar unos  pulcata, intentando despistar a La Gata con otra venta.
                      pichones a La Gata.                           Desde la entrada oigo cómo reprende a mi amigo:
                           Reímos de la ocurrencia del Facundo y seguimos   —Le dije al otro joven que no les iba a vender
                      caminando bajo la lluvia que, por suerte, no es tan  más..., sólo para llevar.
                      fuerte. Seguimos la misma ruta por donde llegamos.   —No se preocupe, doña, estamos tranquilos, no-
                      Los tres burros siguen pastando como si fueran una  sotros no armamos desmadre —le está diciendo Tafoya.
                      fotografía. Recuerdo que durante el tiempo que llevo  Al entrar, pido dos cigarros sueltos, como para sellar
                      visitando La Gata, nunca he escuchado hablar de un  un nuevo pacto de confianza entre la señora y yo. Ella
                      grupo de pepenadores.                         bromea con quedarse el vuelto e inmediatamente me
                                                                    doy cuenta de que La Gata también es capaz de gastar
                      ii. Festín en la pulquería                    bromas «inocentes» a sus clientes. Me río con ella.
                      El pulque, aparte de servirse fresco y espumoso, se   Me cuenta que no es oriunda de la Jiménez Can-
                      vende a un precio muy módico, el cual oscila entre los  tú, sino que su familia proviene de Naucalpan. Me va
                      siete y diez pesos (por litro). Es servido en frascos de  ubicando a través de señas en los arcos del acueducto,
                      vidrio, como si se tratara de leche. Si uno llega tem-  los caracoles brotantes y el templo de Nuestra Señora
                      prano, el ambiente va adquiriendo solemnidad poco  de los Remedios. Dice que desde pequeña se ha dedica-
                      a poco. Al principio había tenido miedo de beber ahí,  do a vender pulque, que su padre trabajaba en las
                      debido a la fama que esos individuos ostentan para  canteras aledañas a la colonia Los Remedios. Cuando
                      con los fuereños. En realidad no conozco el verdadero  el suelo se sobreexplotó ahí, tuvieron que mudarse a
                      nombre de La Gata, es mejor así. Puede tratarse de una  la Jiménez Cantú, donde también hubo canteras hasta
                      de las señoras más enigmáticas que tuve la for-  hace apenas unos años; desde entonces estuvo dedica-
                      tuna de conocer.                              da a la venta de la bebida sagrada y, poco a poco, su local
                           Esta vez, llegamos alrededor de la una de la tarde.  ha ido adquiriendo fama.
                      El cielo parece despejado y hace un calor del demonio.   —¿Y usted raspa el pulque, es decir, lo elabora
                      En la entrada, frente al altar de la Virgen, hay un sillón   aquí mismo?
                      destartalado. Vuelvo a ser yo quien entra a pedir el   —Sí, joven, ¿no ve allá afuera todos mis mague-
                      pulque, y La Gata me atiende con la misma cordialidad   yes? —Percibo cierta ironía en su respuesta, de nuevo

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