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soy víctima de una broma suya. Afuera no hay nada   —Órale muchachos, con confianza...
          más que lotes baldíos y tiraderos de basura. Luego me   Mientras devoramos las quesadillas, el señor
          lanza un guiño y confiesa—: no es cierto, joven... éste  jurado nos relata que a uno de sus amigos le quemaron
          me lo traen de Coatepec, yo sólo lo vendo.   el pene por serle infiel a su esposa. «No hay nada más
              Afuera, Tafoya fuma con los señores al otro lado  peligroso que una mujer despechada», cita de alguna
          de la calle, uno de ellos parece sermonearlo. Dice, de  parte. El primer albañil, como queriendo ganar prota-
          manera retórica, que hay que estudiar, que no nada más  gonismo, nos revela que cerca de ahí, a un costado de
          andemos en la calle de vagos, que a su edad (46 años)  los hornos, hay unas ruinas prehispánicas.
          ya todos los sueños se han desplomado y que la vida   —Son de los antepasados, porque ninguno de
          comienza a cobrártelas. Habla también de sus amantes,  nosotros pudo haber construido algo semejante.
          de su esposa con la que tiene siete hijos.        Las quesadillas poseen un sabor a tortilla cha-
              Frente a la olla con papas hirviendo, el hombre  muscada; la salsa pica muchísimo. El segundo albañil
          del flexómetro comienza a preparar una salsa asada al  insinúa que el encargado de prepararlas debe hacerlo
          fuego: echa a las brasas siete chiles y cuatro jitomates. A  sin lavarse las manos, que es una costumbre del lugar.
          veces se mofa del discurso de su compañero, tachándolo   Todos ríen al ver cómo cambia nuestro semblante. Nadie
          de mentiroso, de putañán. Apenas me doy cuenta de que  desmiente, pero tampoco confirma si esto es verdad.
          éste posee cierto parentesco con La Gata, lo cual me lleva  Aun así, nos comemos varias quesadillas con el deleite
          a pensar que el local corresponde a un negocio familiar.  de un festín, apurando el frasco de pulque.
              Con el atardecer llega más gente. Un par de seño-  La tarde cae y el frío comienza a sublevarse entre
          ras y un albañil corpulento y moreno, con un paliacate  polvaredas. Para cuando me doy cuenta, ya llevamos
          amarrado en la frente. El primer albañil le dice:  cuatro litros de pulque (cada quien). Estamos borra-
              —Al rato voy a darme una vuelta, a ver cómo  chos, siendo ya parte del ambiente que se ha formado
          está quedando, eh... —el segundo albañil le sigue el  ahí. La Gata terminó atendiéndonos como a otros de
          juego y sonríe.                              sus clientes. Comienzan a llegar más desconocidos,
              Todos parecen conocerse entre sí, se hablan con cier-  chavos maduros y de aspecto más férreo, que ni siquiera
          ta familiaridad y gastan bromas sin la menor discreción.  nos prestan atención. Luego decidimos irnos, presas de
          Beben pulque, excepto el señor que hace un momento  una energía desbordante que nos echa a caminar. Nos
          estuvo sermoneándonos; argumenta que está jurado, que  despedimos de manera cordial de todos los presentes.
          ya lleva cuatro años cumpliendo dicha manda.  Resultaron no ser agresivos, como anteriormente los
              —Después de todo ese tiempo, usted está reha-  imaginaba. Entregamos los frascos en la barra y re-
          bilitado, don —ironiza Tafoya.               gresamos por el camino por donde habíamos venido.
               El que está frente al fuego comienza a preparar  Una vez lejos, alguien nos chifla; al volver la vista, los
          las quesadillas, extendiendo tortillas en la palma de  señores parecen burlarse de nosotros.
          una mano y embarrándoles, con la otra, una cucha-
          rada de puré de papa. Las vierte de cuatro en cuatro a
          una cazuela con aceite y espera hasta que están fritas.   Desde pequeño, cuando aún no alcanzaba el nivel de la mesa, Ulises veía que su abuelo
          Su compañero comienza a moler chiles y jitomates,   bebía pulque. Al probarlo por primera vez, quedó prendado de su sabor, a tal grado que no
          previamente asados, en el molcajete. Una vez listo, nos   ha podido dejar de beberlo en grandes cantidades. Sabe que en la antigüedad lo hubieran
          invitan a comer.                              condenado a muerte debido a esta forma de beber «octli» sagrado.

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          PALABRIJES 13 • ENERO-JUNIO 2015
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