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sino de una forma de experimentar el mundo. Se trata   Es en este sentido que podemos comprender el
                      de una experiencia que se abre a lo otro, a lo externo,  nacimiento y el influjo de Dioniso entre nosotros. Este
                      a lo que en apariencia es ajeno pero que en realidad  dios, ambiguo por excelencia,  nace en la experiencia
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                      es propio. Para concebir un dios es necesario primero  y el reconocimiento de lo ilimitado, de lo que nos des-
                      que seamos puestos en una experiencia que nos saque   borda, de la otredad que en lo cotidiano nos es ajeno
                      de nosotros mismos hundiéndonos en nosotros mismos,   pero que en estado dionisíaco nos abraza y penetra.
                      que nos descoloque, que nos estremezca, que nos lleve  Dioniso adviene en la embriaguez, sí, en la del vino
                      más allá de la cotidiana aridez. Esa primera experiencia  —pues es su regalo—, pero no en la estupidez ni en la
                      de rebasamiento infunde en nosotros el sentimiento de  estulticia ni en la dejadez de la embriaguez indolente
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                      lo sagrado,  un delirante y primigenio estado de perse-  y enajenada. La embriaguez dionisiaca es una embria-
                      cución por parte de la realidad que nos arroja hacia ella  guez ritual, vinculante, desestructurante. El vino, cuando
                      misma, es decir, fuera de nosotros y hacia lo profundo del  se liba en honor del risueño y terrible dios, se convierte
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                      existir. Lo sagrado es un acoso, un delirio apremiante, un  en lucidez, en actividad, en hieromanía  que invade y de
                      sentimiento que emana del misterioso fondo de la vida  la que no es posible desprenderse. Es un contagio, una
                      en su totalidad y que, bien visto, posibilita la existen-  plaga. Beber no sólo es beber, no sólo es olvidarse de
                      cia desde sus más recónditas profundidades, pues está  los problemas, no sólo es beber porque es viernes. No es
                      en la base de toda comprensión. Una vez puestos fuera,   ninguna estupidez. Beber dionisiacamente es descubrir
                      en lo sagrado, es decir, en ex-stasis, lo divino  adviene  lo que está detrás del misterio de lo cotidiano, es mi-
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                      bajo el influjo específico de cada fuerza que nos habita,  rar por donde nunca lo hacemos y descubrir una nueva
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                      de lo sagrado como una pregunta, una certeza o un senti-  acaso el sinsentido del mundo.
                      miento de dirección específica. Un dios nace cuando una   La experiencia de lo dionisiaco es siempre multí-
                      experiencia nos rebasa, y pervive cuando lo reconocemos  voca, plural, riesgosa y vivificante, temeraria. Por una
                      ahí, en ese instante que nos interpela y nos abisma, ya sea  parte están el goce, el placer, el desenfrene, la lujuria
                      por dolor o placer, por miseria o por gracia, por alegría  y la lubricidad, el resquebrajamiento de todo límite y
                      o por rabia. El delirio primigenio de lo sagrado adquie-  la alegría que esto conlleva; es decir, están la danza, el
                      re forma en lo divino, deja de ser un acoso ignoto y  canto, las percusiones, la flauta, el vino derramándose
                      adquiere nombre, características e incluso finalidades   y la sexualidad desbordada: la bacanal. Sin embargo,
                      y exigencias; es decir, se convierte en manía. 11  aparejado a ello está siempre, a un paso, el poder fúrico
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                           Así, Afrodita nace en la experiencia extática   del dios, el despedazamiento, la locura y la hybris,  el
                      de la belleza, esa belleza que nos saca del marasmo  exceso y la sinrazón, el descubrir llana y sencillamente
                      y que hace que los goznes del mundo se disloquen y  que lo más conveniente para el ser humano es «no ser,
                      generen armonías nunca antes conocidas, vistas, o  ser nada», y que después de eso lo mejor es «morir
                      siquiera imaginadas; armonías lúbricas, deseantes,  pronto».  Lo dionisiaco, para decirlo pronto, implica la
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                      bellas, afrodisiacas. Poseidón nace ante el arrobamiento  inmersión en la vida tal cual es, con todas sus máscaras,
                      del poderío indefectible del mar, ante sus amenazas   con todos sus horrores, sinsentidos y oscuridades, e
                      y su furia, pero también ante sus bendiciones, que no  implica también la alegría de hacerlo, el placer de no ser
                      son pocas. Las Musas se aparecen en nosotros en el  uno mismo y sumergirse en lo otro, con el vértigo que
                      delirio de la creación poética y artística, en el impulso  esto conlleva. Por ello no es de extrañarse que Dioniso
                      de cantar y adorar al resto de las divinidades en la gran-  sea el dios en cuyo honor se representaban las tragedias:
                      deza de su creación. Eros, por supuesto, aparece en el  la bella representación de la fatalidad de la existencia, la
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                      delirio o manía del enamoramiento desenfrenado, en  trágica verdad inseparable del goce artístico. 17
                      el afán de unirse con otro y ser uno mismo, de generar
                      algo más, de dar a luz, de buscar implacablemente la             IV
                      sobreabundancia. Perséfone aparece entre nosotros cada
                      primavera, hace florecer la tierra, y vuelve al inframundo   (bandera, lanza, escudo, alegría)
                      dejándonos el portentoso regalo de su fertilidad. Helios
                      nos circunda todos los días, y Asclepio aparece en noso-  Para los occidentales —hijos de la modernidad, he-
                      tros cada que sanamos de una enfermedad. Así podría-  rederos de las más pálidas y descafeinadas luces de la
                      mos enumerar a cada divinidad, y verificar su inmortalidad  Ilustración— los dioses son mitos, es decir, fábulas,
                      en la sagrada experiencia de su eterna existencia en la  creencias ingenuas, mentiras. En la imagen científica
                      temporalidad nuestra.                         y técnica del mundo contemporáneo, los únicos dioses

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