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Una hebra










                                              Karla Montalvo



                 A través de este texto, lánzate a la vastedad que se superpone al hastío,
                    desde la fragilidad de la vida sostenida por un delgadísimo cordel.


                                                                                     Para Carmen Ros



               l ritmo de sus pasos se estabiliza y su mente se  puede evitarlo, necesita ir al filo, asomarse; mirar el pre-
               desprende de la tierra, del sonido del cascabel  cipicio. El aire se concentra alrededor de ella en una
         Eque busca prevenir a los animales de su presencia  leve capa, casi líquida, y hace al suelo parecer endeble.
          y del olor a árbol. «Lejos» no es pensar en la ciudad ni   En el borde, recorre con la mirada el horizonte.
          en el regreso al trabajo; es, más bien, una rendija en  El frío entra por el contorno de los párpados. El glaciar
          el tiempo donde sus músculos se mueven y su sangre  y las otras montañas se deforman; parecen retorcerse.
          circula y ella da sin dar la orden de seguir sobre la  Baja la vista. Aquello es tan hondo, cabe el océano, una
          montaña; es ese sentirse en movimiento, experimen-  ciudad sobre otra.
          tar el avance, la subida, hasta no tener pensamiento   Y ella ahí, sobre el vacío, apenas sostenida por
          alguno. Su concentración está colmada de camino,  una hebra.
          ése que, desde dentro, vive el esfuerzo de un muslo y   Sí, puede regresar al encierro del auto y los camio-
          del otro, el corazón respondiendo a una nueva y más  nes enfrente y a los lados, puede volver a esconderse
          pronunciada pendiente, las rocas y su fuerza para, a  en ella misma. O puede abrirse, entregarse a algo más
          través de las suelas y los calcetines, hacerse presentes en   grande, ofrecerse a la vastedad.
          las plantas de los pies.                          Desprenderse.
              Recibe la cima de a poco, el cielo, las montañas   Aérea, extensa.
          de enfrente. Del lado derecho, a un valle enorme de   El alarido; la cara y el tronco rasgando la atmós-
          distancia, el glaciar, una mancha de hielo que baja an-  fera a gran velocidad; los brazos dilatándose; la adre-
          cha y brillante para luego dividirse en finísimos hilos  nalina anegando el torrente sanguíneo.
          que atraviesan la planicie y siguen durante kilóme-   El choque es inimaginable. Es una idea —sólo
          tros hasta perderse en el otro extremo de la cordillera.  una idea—, ella ni siquiera estará para entonces. No. El
          Ella no puede creer todo ese espacio; se abre por los  horror no proviene de ahí. Viene de la amplitud, de la
          hombros y el pecho. Las ondas que emanan de sí y se  apertura, de preverse disuelta en lo que no tiene límite.
          expanden a través de la inmensidad duelen, apenas   Da un paso atrás.
          un poco, pero duelen, y ella no sabe qué hacer consigo   Luego otro.
          misma y con ese grito táctil que sale de su piel, de toda   Y otro.
          ella, sin generar eco alguno porque no encuentra con-   Tropieza y, hecha temblor, cae sobre la piedra.
          tra qué topar.                                    Es capaz de rozar el infinito, saberlo, pero no de
              Descubre que la cima es más ancha cuando unos  entregarse a él.
          muchachos cruzan. Camina en dirección contraria a
          ellos y encuentra una saliente que asoma al vacío. No



                                                        Karla es profesora en la uacm. Hace poco descubrió que su vesícula no está a la derecha.
                                                        Disfruta escribir, leer y caminar.
                                                                                                                67
          PALABRIJES 13 • ENERO-JUNIO 2015
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